Un viaje insólito

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
¿Mala fama de los argentinos? No creo. ¿Estrés por la crisis española? No es para tanto
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15 de julio de 2014  • 01:11

El que firma es un viejo usuario de los vuelos 1160 y 1161 de Buenos Aires a Barcelona, por Aerolíneas Argentinas. Tomé el de ida el viernes 4 de julio a las 23 y el de regreso el sábado 12 de julio. Disponía de sólo una semana para visitar a mis hijos, nietos y amistades.

Me han tocado en estos periplos toda clase de sucesos, después de 25 años de viajar a mi segunda patria. Pero lo de este 2014 fue especial. Primero, porque se desarrollaba el Mundial 2014. Segundo, porque Ezeiza está estrenando su nueva terminal, francamente muy agradable. Entretanto, Barcelona hace ya años que luce su espléndido aeropuerto de Llobregat, con el gigantismo acostumbrado en estos tiempos.

Aparecieron los calzoncillos, las remeras y las zapatillas de rigor, algún libro, el cepillo de dientes. En fin. Nada muy emocionante

Bien. El vuelo es un tanto largo (13 horas) pero uno agradece que no haya escalas. Aunque llega descangallado, mal dormido y con los horarios en caos. En mi caso, sólo llevaba una maletita individual con ruedas, ya que se trataba de siete días en España. De manera que pasé rápidamente los controles de migraciones y aduanas.

Encaraba ya el hall con paso resuelto, dentro de lo que cabe, cuando empezaron las situaciones insólitas.

- ¿Trae sólo esa maleta? - me preguntó un policía.

- Sí, es que vengo por una semana.

- ¿Una semana? mmm...Permítame su pasaporte.

Se acercó en ese momento una mujer policía, de buen aspecto, y entró en la conversación.

- ¿Y viaja sin su esposa?

- Bueno, sí.

- Mmm...Vamos a ver, abra la maleta.

Abrí, obediente, la maletita, sobre una mesa que me señalaron, y allí aparecieron los calzoncillos, las remeras y las zapatillas de rigor, algún libro, el cepillo de dientes. En fin. Nada muy emocionante.

- ¡Mira el pasaporte, mira! Este hombre viene mucho a España. Oiga, usted ha viajado muchas veces.

- Sí - respondo-...Es que tengo familia y amigos...

- Y muy poca ropa, casi nada -comenta la mujer policía mirando con las cejas alzadas a su compañero-.

- Es que vengo por siete días.

- Vale -dice el hombre – Nos va a tener que acompañar.

Sigo a los policías hasta una oficina donde se encuentran demorados cinco africanos con sus túnicas y bonetes de colores, protestando airadamente. El jefe sale de su despacho y los tranquiliza.

- ¡A ver, calma mis amigos, que sólo han perdido de momento media horita! ¿Vale? Y usted pase -me dice -A ver si me firma esto. Es la autorización para una radiografía.

¿Qué sospechan, que soy una mula, de esos tipos que se tragan un paquete lleno de cocaína y luego de pasar por la aduana se tienen que operar para venderlo?

El jefe me extiende un formulario, que firmo sin leer, pues quiero terminar cuanto antes con la demora.

- ¿Está de acuerdo?

- Claro.

- Pues vale.

Ya en la sala, me llevan a un consultorio radiológico con un profesional de blanco. Me ordenan sentarme mientras todo se prepara. Hablo con la chica policía.

- Dígame, señorita...¿Qué sospechan, que soy una mula, de esos tipos que se tragan un paquete lleno de cocaína y luego de pasar por la aduana se tienen que operar para venderlo?

- Pues sí.

- Ajá. ¿Y le parece que yo estoy para esas cosas? Tengo casi setenta años.

- Esos son los peores, no crea. Usted tiene todo el tipo.

- Ajá. Bueno.

Al rato me hacen pasar al consultorio y me toman la placa, con la camisa levantada y los brazos estirados a lo largo del tórax.

- ¡No se mueva hasta que oiga el clic de la foto! ¿Vale? – Me indica el radiólogo-.

Bien. Hecho todo esto, me sientan de nuevo en la sala de espera. Pasan unos cinco minutos. El policía y la chica entran al lugar. La puerta está abierta. Oigo lo que dicen.

- ¡Oye, no ha salido nada!

- Pues tómale otra.

- ¡Oiga, venga otra vez!

Regreso al consultorio y me toman la segunda placa, que también les da negativo. Vienen y me devuelven el pasaporte, que retenían en su poder.

- Vale, a casa...

- No voy a mi casa, señores, voy a mi hotel, soy un turista.

- Vale, vale.

Terminado el episodio, me doy por conforme: después de todo, esta gente hace su trabajo. Existen el terrorismo y la droga, tienen que vigilar lo mejor que puedan. Ahora bien: más conforme estaría con un: "Disculpe las molestias, señor". Por otra parte: ¿Cómo será "todo el tipo" de narcodealer internacional? ¿Tal vez con tatuajes por todo el cuerpo, piercing en las tetillas y la nariz, cara de loco o de maleante? Creo que no es mi caso. Me pregunto cómo pasan el escrutinio los artistas de rock, los futbolistas, los "alternativos".

¿Mala fama de los argentinos? No creo. ¿Estrés por la crisis española? No es para tanto

¿Será sospechoso un hombre que viaja solo y por pocos días? ¿Acaso no hacen eso mismo los representantes de futbolistas y otros hombres de negocios? ¡Qué sé yo!

Todavía desconcertado y un poco molesto, voy a mi hotel de siempre, donde estoy como en casa. Llamo a un taxi para comer con amigos, en el pueblo de San Pedro de Ribes. A la salida, tomo otro taxi. Al llegar al hotel, veo la cuenta que indica el taxímetro y ofrezco un billete de cien euros. Sobre siete que debía pagar.

- ¡Oiga, no tengo cambio para cien euros!

- Ajá. ¿Y entonces qué hacemos?

- Nada. Usted baja al hotel y consigue cambio.

- No. Usted baja al hotel y consigue cambio, porque yo soy el cliente y usted está trabajando.

Se da vuelta y me mira.

- ¿Tendremos follón?

- Como quiera. Aquí le estoy pagando con un billete válido.

- ¡Caray, es que no podemos tener siempre todo eso!

Reflexiono. El billete es demasiado alto y en Buenos Aires me pasaría lo mismo. Sin embargo, España antes no era así. Revuelvo en mi bolsillo y encuentro cinco monedas de un euro y una de dos, de manera que resuelvo al instante:

- ¡Tome, ya está, aquí tiene!

El taxista me da el vuelto, que rechazo, y me bajo mientras él se aleja rechinando las gomas y maldiciendo a gritos. Pienso: este viaje a España viene mal aspectado.

Lo confirmo a los siete días, cuando tras pasar los controles, ya regresando a Buenos Aires, me vuelve a detener la policía por los salones interminables del Prat.

- ¿Me permite su pasaporte?

- Sí, cómo no, tome.

- ¿Tiene alguna otra identificación?

- Sí, claro, el DNI.

- Démelo. Debo hacer una verificación documental.

Otros diez minutos de espera, y luego: "Adiós, don Rolando".

¿Mala fama de los argentinos? No creo. ¿Estrés por la crisis española? No es para tanto. Me miro al espejo y no me veo cara de dealer. En fin, un misterio. Fin de la historia.

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