
Una alianza para el consenso
Por Luis Gregorich Para La Nación
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La difícil situación que atraviesa el país se va pareciendo cada vez más a un callejón sin salida. Además de enormes dificultades objetivas por integrarnos al nuevo mundo globalizado, nuestra clase política sufre de anomia y falta de imaginación para asumir riesgos y presentar a la sociedad iniciativas inteligentes. Tal vez lo positivo sea la multiplicación de llamados al consenso que se han oído últimamente. Pero consenso, ¿entre quiénes? ¿Para qué?
Existen y han existido en el mundo, en las últimas décadas, desde el Pacto de la Moncloa hasta la Concertación chilena, distintas variantes de consensos, acuerdos o pactos políticos que, en la mayoría de los casos, han servido para la estabilidad y el progreso de sus respectivos países.
Entre nosotros el abanico de modelos disponibles está lógicamente limitado por la realidad sociopolítica y la historia argentinas. Hay dos formas casi obvias de consenso político que han sido mencionadas durante las últimas semanas. Una se refiere a un pacto de gobernabilidad anterior a las elecciones, a través de un acuerdo que pondría bajo un paraguas cuestiones de Estado esenciales, diferenciándolas de las meras acciones de gobierno. Otra, en una hipótesis pesimista para el Gobierno pero razonable según las encuestas, supone, para después del acto electoral, una virtual cohabitación entre el Presidente y un jefe de gabinete del partido opositor (la Constitución reformada lo permite). Las dos estrategias parecerían complementarse y potenciarse.
Otras conjeturas se refieren a un relanzamiento de la Alianza gobernante, o a nuevos alineamientos o coaliciones con la participación del partido del actual ministro de Economía. Por fin, el eventual surgimiento de un partido transversal ya aleja la idea del consenso y obliga replanteos diferentes.
Ejercicio intelectual
Ninguna de estas variantes, lamentablemente, implica acumulación de poder político, ni tiende a formar un nuevo bloque histórico, ni a garantizar un golpe de timón, una salida democrática estable, y la adopción de inevitables decisiones estratégicas para los graves problemas que padecemos.
Por lo menos a modo de ejercicio intelectual, proponemos explorar la posibilidad de una alianza grande, es decir, la constitución de una coalición por parte de los dos partidos históricos, el radicalismo y el justicialismo. El modelo más cercano (aunque con distintos matices) sería el de la Concertación chilena. Los dos partidos presentarían, a partir de 2003 o cuando correspondiera, una fórmula presidencial única, cuyo orden se establecería en una interna abierta. Los bloques legislativos se unificarían. El resto de los cargos ejecutivos también se elegiría en internas abiertas. Los gabinetes (nacional y provinciales) serían compartidos. Se buscarían mecanismos equitativos para formar listas legislativas. La duración de este acuerdo podría establecerse en tres o cuatro períodos presidenciales o, mejor aún, hasta alcanzar objetivos precisos: porcentajes de crecimiento económico sostenido, baja sustancial en los índices de desocupación, éxitos mensurables en la lucha contra la pobreza y la exclusión.
Ya se sabe: la política no es un ejercicio intelectual. Desde ahora se pueden adivinar los gritos de indignación y el natural listado de contraindicaciones. Con un ex presidente detenido y procesado, no hay peor momento que este para hablar del tema; la fragmentación y la falta de liderazgos claros impedirán cualquier negociación seria; si los dos grandes partidos se unen, se acabará la oposición y no habrá más democracia; los que hoy piensan que ganarán mañana no serán tan tontos como para hipotecar su futuro; los boinas blancas no votarán jamás a los descamisados, y viceversa; incluso si el consenso se alcanzara, lo aprovecharían las oligarquías partidarias, muy desprestigiadas, para perpetuarse en el poder.
Grandes decisiones
Aunque cada punto puede ser contestado en particular, la respuesta a estos rechazos y dudas es una sola: las grandes decisiones, tomadas para romper la inercia y superar crisis históricas, no están hechas para quienes tienen incrustadas en su cerebro la camiseta y la marchita de su partido. No están hechas para quienes ven solo los intereses partidarios y el corto plazo, y no piensan en el fin de la decadencia y en la reconstrucción -social y ética- del país.
En realidad, lo que separa a los dos partidos no son sus diferencias sino sus semejanzas. Son herederos de una misma tradición popular, son movimientistas, están situados en un ancho centro ideológico (más cerca de la izquierda que de la derecha, si esto aún significa algo), aspiran -en buena parte- a conquistar al mismo electorado, descontando sus respectivos votantes cautivos. Esta curiosa forma de competencia, ¿no podría ser la base de un acuerdo creador?
La imagen que viene a la mente es el abrazo de Perón y Balbín, que se frustró rápidamente porque su marco era el del hegemonismo peronista y porque otros intereses no deseaban que se concretara. Pero su simbología es válida.
La plataforma de lanzamiento de una alianza grande solo podría ser un proyecto común de país sumado a un programa de gobierno de estricto cumplimiento, articulado sencillamente en cuatro o cinco puntos: combate frontal contra la exclusión social, crecimiento económico, transparencia de la política, inserción en el mundo, justicia respetada. La agenda está abierta, pero no conviene saturarla.
Es cierto que se terminaría el "voto opción" y los dos partidos juntos sumarían menos que separados. Brotaría, seguramente, una oposición por izquierda y otra por derecha. Pero, por lo menos como ejercicio intelectual, podemos imaginar que esta nueva alianza tendría la fuerza y el apoyo suficientes para vencer a la crisis e instalarnos en un mundo que nos espera sin hostilidad ni complacencia: que espera, fríamente, que tomemos nuestras propias decisiones.





