Una antorcha que se apaga
Después de casi veinte años de actividad en nuestro país es un secreto a voces que la Fundación Antorchas cierra sus puertas, no sólo en la Argentina sino también en su brazo extendido a Chile y Brasil, por medio de las fundaciones Andes y Vitae.
Es una mala noticia para la cultura. Durante todos estos años, la fundación creada por iniciativa del empresario Paul Hirsch -que no tiene ningún parentesco con la familia ligada a Bunge & Born-, fue un estímulo para la la creación y la investigación en la búsqueda de estándares de altísima calidad.
Lo que la fundación de la calle Chile puso en evidencia es que se podían hacer las cosas de una manera distinta; sin favoritismos ni concesiones, eligiendo los mejores en cada disciplina y, al hacerlo, levantar la puntería. Solamente en cultura se invirtió más de un millón y medio de dólares por año, y se sentaron las bases de experiencias que han modificado de manera visible el mapa de las artes visuales en la Argentina, con la puesta en marcha de las "clínicas" en el interior del país. Cuando la educación formal acosada por presupuestos magros perdió en actualización, la Fundación Antorchas impulsó los talleres Kuitca y Barracas, que resultaron un semillero de jóvenes artistas.
No ha habido una comunicación oficial acerca de las causas que determinaron la discontinuidad de una iniciativa que alentó el mecenazgo, el coleccionismo, la investigación y la formación de jóvenes científicos. Quienes más cerca están de la fundación esgrimen como argumento que "la misión está cumplida" y "los fondos agotados".
Pero hay también otra punta para el análisis. Los directivos de Antorchas, cada vez que tuvieron oportunidad de hacerlo, dijeron públicamente que el objetivo era orientar esfuerzos en pos de un efecto multiplicador; apostaban al efecto "contagio". En algunos casos lo lograron, como lo prueba la sinergia con la fundación Bunge & Born en proyectos sociales, o con el Smithsonian y la Fundación Getty en programas de índole cultural.
Paul Hirsch era un alemán que llegó a Bolivia de la mano del empresario del estaño Mauricio Hochshild cuando el nazismo condenó a su familia a la diáspora. Vivió en Potosí un par de años y se convirtió luego en la mano derecha de Hochshild, que, como los Patiño, había hecho fortuna con las minas de estaño. Los Patiño fueron, tal vez, los más grandes coleccionistas de pintura impresionista del siglo XX. En su departamento de la avenue Foch, en París, tenían colgado "Mata-mua", un poderoso Gauguin que hoy integra la colección Thyssen de Madrid. Horchshild no dejó cuadros, pero sí los activos suficientes para que Paul Hirsch, nombrado su heredero, creara el fondo que dio vida a la Fundación Antorchas. Si los fondos se han agotado, queda la enseñanza. Con su estilo de trabajo, Antorchas logró romper el lado oscuro de alguna dirigencia, empeñada en emparejar hacia abajo. El consejo directivo, los gerentes, asesores y administradores cumplieron con el objetivo de fijar metas posibles y, siempre, mejores.





