
Una ayuda redituable
Por Peter Hakim (para La Nación )
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NUEVA YORK.- Desde hace un par de meses, las economías latinoamericanas se han visto muy castigadas por la crisis financiera mundial. Ahora ven aumentar, día tras día, las perspectivas de un colapso total similar al experimentado por las economías de Asia y Rusia. Los gobiernos de la región, por sí solos, poco más pueden hacer para evitarlo. Ya han agotado la mayoría de los instrumentos políticos de que disponían; están perdiendo aceleradamente sus reservas de divisas y enfrentan un éxodo de inversores. La única solución que resta es un gran paquete de apoyo internacional, de 100.000 millones de dólares o más, que tranquilice a los acreedores, asegurándoles que América Latina no caerá en la insolvencia. Sólo Washington puede proporcionar el liderazgo necesario para reunir este tipo de fondos.
La región ha venido padeciendo las consecuencias de los traspiés económicos de Asia y el consiguiente deslizamiento global desde su comienzo, en octubre de 1997. El mercado bursátil ha caído en picada.En Brasil, ha descendido de 13.000 a unos 6500. En México, la Argentina y Chile, las acciones han bajado más del 40 por ciento. Los préstamos externos están casi agotados. Las exportaciones han declinado, afectadas por la contracción mundial de los precios de los productos primarios y la desaceleración de las ventas a Japón y otras naciones asiáticas muy deprimidas. Aumenta la desocupación y se han recortado drásticamente las proyecciones de crecimiento.
Los esfuerzos de Brasil
La depresión latinoamericana corre peligro de transformarse en un colapso económico. Hay que observar a Brasil. Lo que allí suceda repercutirá prontamente en el resto de la región. Si Brasil tuviese que devaluar el real en forma perentoria o dejar de amortizar su deuda, arrastraría a una crisis a casi todas las demás naciones latinoamericanas. Lo mejor sería cerrar su enorme déficit fiscal, pero eso no puede hacerse con presteza.
Las autoridades brasileñas han hecho cuanto podían (o casi) para seguir resistiendo. En un mes han gastado unos 25.000 millones de dólares (casi un tercio de sus reservas) en defensa del real. Para frenar la fuga de dólares, han elevado las tasas de interés a casi el 50 por ciento. Es un nivel astronómico que, de mantenerse, constreñirá peligrosamente la actividad económica, llevará a la quiebra a muchas empresas e incrementará aún más los gastos excesivos del gobierno. Los dos instrumentos políticos disponibles _las tasas de interés y las reservas de divisas_ no se pueden utilizar por un lapso muy prolongado. Los funcionarios saben que imponer controles extremos al flujo de capitales, como hizo Malasia, resultaría contraproducente. Daría la señal de alarma para que todos pusieran a salvo sus capitales y borraría la esperanza de nuevas inversiones.
La situación podría cambiar. Las medidas enérgicas y persistentes del gobierno brasileño tal vez terminen por convencer a los inversores de que el real no será devaluado, Brasil podrá pagar a sus acreedores internacionales y lo hará. Tal vez también los reconforte la reelección del presidente Fernando Henrique Cardoso. Así volverá a ser creíble su compromiso de reducir radicalmente el déficit e implementar otras reformas decisivas. No obstante, es peligroso confiar en una conversión tan súbita. Es más seguro apostar a que habrá más ataques intensivos contra la moneda y la Bolsa brasileñas.
Para tranquilizar a los acreedores
La única salida segura es que la comunidad internacional reúna un paquete financiero cuya magnitud tranquilice a los acreedores (externos e internos) y los induzca a mantener su dinero en el país. O, mejor aún, que se forme un paquete más amplio, igualmente accesible a otras naciones latinoamericanas. Si no lo están haciendo ya, los gobiernos de Washington y Brasilia deberían abocarse a movilizar los recursos necesarios recurriendo al Grupo de los Siete, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones financieras internacionales, así como a los grandes bancos privados y compañías inversoras. Pero esta jugada sólo saldrá bien si el Tesoro de los Estados Unidos puede acudir con un importante aporte propio. Y si Washington presiona con firmeza a los demás participantes.
La iniciativa tendiente a evitar el colapso financiero de México, encabezada por los Estados Unidos, fue uno de los logros más impresionantes del gobierno de Clinton en política exterior. Cuando el Congreso se rehusó a aprobar la asignación de los fondos de salvamento, la Casa Blanca actuó por sí sola de manera rápida y decisiva, utilizando un fondo especial administrado por el Tesoro, y luego galvanizó el apoyo internacional necesario. Las cosas salieron bien. México empezó a recuperarse casi de inmediato y, a poco, recobró su posición económica. Los Estados Unidos recuperaron todo su dinero antes de lo previsto e incluso obtuvieron una buena ganancia. Ahora es el momento de repetir esa actuación.





