Una bisagra en la historia
Por María Sáenz Quesada Para La Nación
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TRES semanas antes de los comicios nacionales que le dieron el triunfo a Raúl Alfonsín, The New York Times publicó una nota editorial que comenzaba así : "La Argentina se acerca a los tumbos a las elecciones del 30 de octubre, día en que elegirá un presidente que supuestamente tomará el mando en enero. Pero no hay que contar con eso. La Argentina tiene tantas deudas, está tan herida y aturdida que nadie puede asegurar que las elecciones se harán, que el presidente electo tome el mando o que el gobierno elegido pueda ejercer real autoridad. Si la Argentina quiebra y se esparce el caos, las miserias de América Central parecerán rosas en comparación".
El periódico enumeraba a continuación los problemas del país tras siete años de gobierno militar: el aislamiento internacional como consecuencia de la guerra librada el año anterior con Gran Bretaña; el descenso abrupto del salario real de 1975 a la fecha; la inflación récord (409 % en los últimos doce meses), los 40.000 millones de deuda externa y, lo que era peor, la mal llamada "ley de pacificación nacional", que absolvía a las Fuerzas Armadas de toda responsabilidad por los crímenes ocurridos durante la campaña antiterrorista de los años 70.
Las víctimas, lideradas por las Madres de Plaza de Mayo, reclamaban justicia y castigo, pero (continuaba la nota) si un gobierno futuro anulaba la amnistía se arriesgaba a una explosiva confrontación con los militares determinados a protegerse. Preocupaba asimismo la posible decisión del futuro presidente de no pagar la deuda, cosa que obviamente el comentarista deploraba.
Temores militares
La cita repasa brevemente los arduos problemas en que se debatía el país quince años atrás, pero no logra transmitir la sensibilidad de la época. Un estado de ánimo colectivo de apasionado compromiso cívico se había instalado en la sociedad una vez superados los miedos y los silencios cómplices que habían comenzado desde antes del 24 de marzo de 1976.
Porque la intolerancia caracterizó al clima político de los años 70, socavó la democracia reinstalada el 25 de mayo de 1973 y resultó el mejor aliado del proyecto militar ultra: descomprimir la situación mediante el llamado a elecciones, dejar al nuevo gobierno estrellarse frente al cúmulo de problemas y a la demanda exacerbada y volver cuando estallara la próxima crisis.
A mediados de 1983, también había militares duros dispuestos a esperar sólo el lapso imprescindible para regresar, y otros moderados, mejor dispuestos hacia el gobierno civil, pero temerosos de la apertura de juicios por responsabilidades en la represión. De modo que nada estaba asegurado cuando, en los últimos días de octubre, la participación ciudadana alcanzó una intensidad no recordada en las últimas campañas electorales.
No había una sola fuerza política en carrera. Sin duda, ya Alfonsín se perfilaba como el candidato favorito en la calle y en muchas encuestas, que carecían de la confiabilidad que hoy se les otorga. El peronismo, cuya fórmula, encabezada por Italo Luder se proclamó más tardíamente, también había realizado un importante esfuerzo de movilización.
Campaña sin indiferentes
Los simpatizantes de cada candidato, porque entonces no había indiferentes, discutían cifras de asistencia a los actos masivos. Los del radicalismo en el conurbano bonaerense (Lanús, Tigre) sugerían un vuelco en el electorado tradicional del peronismo.
Alfonsín, a lo largo de una campaña agotadora, se presentó como el candidato más distinto del Proceso, y denunció el pacto militar-sindical como una forma del continuismo. Logró tener la iniciativa política desde que en el invierno de 1982, después de la derrota en las Malvinas, tomó la delantera en cuanto a expresar a la opinión civil luego de siete años de militarismo.
En un mismo discurso que reiteró ante públicos diversos, pero siempre entusiastas y pacíficos, se mostró como el representante de esa mayoría ciudadana que deseaba volver al Estado de Derecho. De ahí el rezo laico del Preámbulo de la Constitución con el que concluían sus presentaciones. Su actitud convocó a quienes, desde una dura experiencia personal, habían aprendido que la tolerancia es el primer valor de la democracia. Prometió que si llegaba a la presidencia le pondría una bisagra a la historia. Y efectivamente así fue.
La voluntad del pueblo
Cuando en la madrugada del 31 de octubre el presidente electo saludaba a sus partidarios desde el balcón del Comité Nacional, no sólo había manifestaciones pacíficas y alegres en las ciudades argentinas: miles de personas se volcaron a las calles en las ciudades del Uruguay. También en Brasil, Chile y Paraguay las elecciones del 30 de octubre tuvieron una repercusión favorable: la derrota de las armas era un anhelo colectivo después de dictaduras crueles que habían agudizado los conflictos entre países vecinos. La expectativa de contar con gobiernos civiles en la región alejaba el horizonte de la guerra y abría perspectivas de cooperación.
"Hemos ganado pero no hemos derrotado a nadie." Las palabras de Alfonsín en esa hora de euforia en que triunfaba con el 51,80 por ciento de los votos daban el tono a una victoria completa pero de ningún modo aplastante. El peronismo, con el 40 por ciento de los sufragios, perdía su bastión de la provincia de Buenos Aires, pero obtenía varios gobiernos del interior y la mayoría relativa en el Senado (serio obstáculo para los proyectos de renovación sindical del nuevo gobierno).
Mientras el gobernador electo de La Rioja, Carlos Menem, achacaba la derrota a la conducción del justicialismo, Alfonsín y su equipo daban los primeros pasos en el camino de la democracia. Ese camino no estaría sin duda sembrado de rosas, pero tampoco alcanzaría el sombrío pronóstico del diario neoyorquino, cuya visión parcial excluyó a la voluntad pacifista de una mayoría de argentinos que había sabido utilizar el voto para apostar al futuro.



