Una fotografía

Marcos Zimmermann Para LA NACION
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12 de diciembre de 2009  

En medio de un viaje que realicé en 1995 para tomar algunas de las fotografías de mi libro Norte argentino , tuve noticias de que el pai Antonio Martínez, jefe espiritual de los mbyá-guaraníes de América del Sur, me recibiría en su casa. En aquel momento, cruzábamos con Jorge, mi asistente, el interminable tramo de casi ochocientos kilómetros de la ruta 16 que une Salta con Resistencia, y que se extendía al costado de una vía muerta, sólo frecuentada por el sol y por los caranchos.

Inmediatamente pusimos rumbo a Fracran, una pequeña comunidad situada en la cordillera de Misiones, donde habitaba Martínez. Llegamos una tarde húmeda, en el momento justo en que el sol luchaba en el horizonte contra unas nubes enormes, mientras al Este se esbozaba el nacimiento de la luna. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de perros cimarrones pequeños y esqueléticos que salieron a recibirnos, cuya existencia conocía por algunas descripciones de Schmidel y que hasta aquel día había visto sólo esporádicamente en naciones mocoví, pilagá y wichi.

Luego, saludamos a algunos hombres y mujeres que vinieron a nuestro encuentro. Pero llegar hasta aquel "rey" no fue tan fácil. Ante todo, hubo que atravesar el cuestionario del jefe de la comunidad, su hijo, quien nos inquirió acerca del motivo de nuestra visita. Le expliqué entonces que deseaba fotografiar a su padre para mi nuevo libro. Se retiró y nos dejó solos por un momento. Cuando volvió, pidió mirar mis libros anteriores, que observaron en ronda con los demás integrantes del grupo. Luego volvió a retirarse y retornó después de un rato. Entonces me comunicó que la visita había sido aceptada por Martínez. Es que en la arquitectura del protocolo guaraní hay un jefe que se ocupa de las cosas terrenales, mientras que el chamán se ocupa del espíritu de su nación. El posee la última palabra en todos los aspectos y es consultado siempre que hay alguna cosa que pueda afectar de alguna manera a la comunidad.

Acompañados de un pequeño grupo que encabezaba el jefe de la comunidad, bajamos una barranca que nacía oculta detrás de unas plantaciones de mandioca, hasta encontrarnos con una choza baja, típicamente guaraní, con techo de paja a dos aguas y paredes de adobe.

Pequeño, pobre, antiguo y ciego, el pai Antonio Martínez nos esperaba frente a aquella casa, sentado en un diminuto banquito de madera. Su indumentaria distaba mucho de la de un "rey", a pesar del altísimo rango que ostentaba. Vestido con una camisa desabotonada, pantalones grises deshilachados, arremangados y descalzo, se asemejaba a un segundo Cristo olvidado por Dios en América del Sur, más que al mayor chamán de los Mbyá-guaraníes del continente, tal como era. Mi inmediata reacción fue arrodillarme ante aquella majestad paupérrima. Y comenzar a temblar.

Recuerdo que, al agacharme, alcancé a ver las uñas de sus pies mordidas por los gusanos de las uras. Pero enseguida él tomó mis manos y me habló mirando hacia ninguna parte. Sus ojos, a los que la ceguera había vuelto completamente grises, conservaban, a pesar de todo, una gran expresividad. Hablaba con un hilo de voz, y sus palabras, que emitía con tono casi inaudible en un guaraní corto y cerrado, eran traducidas por su hijo. Mientras tanto, yo permanecía hincado. Conversamos por largo rato, siempre a través del hijo, en un triángulo de lenguas que respetaban sus tiempos y jamás se superponían. En un momento se detuvo y, como diciendo algo que parecía provenir de algún lugar arcano, pareció mirarme y sentenció: "Estaré siempre aquí... esperándolo". Creí entender inmediatamente la frase. Pedí permiso y le tomé la primera fotografía frente a su humilde casa, pero en ese momento se puso a llorar y disparé una segunda.

La fotografía es para mí un fantástico trabajo para acercarse y alejarse constantemente de la verdad. Es un enorme trabajo interior, pero también muchas veces físico, para penetrar, o por lo menos rozar, esa verdad.

Sé que no hay fotografía perfecta ni absolutamente fiel. Pero estoy seguro de que mucho después de que pase nuestro tiempo y con él la histeria conceptual que agita hoy a la fotografía de arte argentina -y excita tanto al mercado que la sigue- una Argentina verdadera, que ya ha sido antes expuesta por grandes autores de nuestra tradición fotográfica volverá a ser rescatada por los nuevos fotógrafos. Entonces, nuestra fotografía podrá hacer su aporte a la República, contribuyendo a la construcción de una imagen de nosotros mismos que nos muestre cómo somos y que nos ayude a comprendernos mejor como nación, una materia en la que siempre estamos en deuda.

Y quizás entonces, también un pueblo entero resucitará del olvido de la mano de un pequeño chamán que lloró su verdad en una fotografía tomada en Fracran, a la espera de un mejor tiempo. Así, el pai Antonio Martínez atravesará las épocas, se reirá de las modas del arte y, por supuesto, también de este fotógrafo, cuyo único mérito fue el haber detenido el temblor que le producía su presencia durante una fracción de segundo, en el momento en que fotografiaba a aquel soberano diminuto y en desuso, que con su enorme sabiduría supo utilizarme para quedar impreso en una foto y así volar hacia el futuro y llevar una imagen de su pueblo y su verdad hasta otro tiempo.

Parafraseando lo que él mismo me dijo: esa Argentina real todavía está allí, esperando ser fotografiada. Basta sólo con hacerlo.

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