Una luz a través del tiempo
Por Michael Wines The New York Times
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KHOR VIRAB, Armenia
No hay tradición cristiana sin historias dolorosas, desde los pesares de Job hasta el sacrificio de Jesús, pasando por el exilio de Moisés en el desierto. La historia de San Gregorio el Iluminador y la Iglesia Armenia es menos conocida, pero igualmente desgarradora. Basta visitar Khor Virab, un afloramiento rocoso entre matorrales, unos 48 kilómetros al sudoeste de la capital, Ereván, para comprobarlo prontamente.
En la cima del promontorio hay una mazmorra, una cueva de menos de un metro cuadrado, penumbrosa y tiznada de hollín, en el fondo de un estrecho pozo de seis metros. Es uno de los lugares más sagrados de este país profundamente religioso, y el que da pie a que Armenia celebre este año el 1700° aniversario de su adopción del cristianismo como religión nacional.
Gregorio pasó trece años en ese pozo, para luego emerger de él y hacer de Armenia el primer Estado cristiano del mundo. Quien entre en la mazmorra (cualquiera puede hacerlo) percibirá la clase de vida que deben de haber llevado quienes se atrevieron a desafiar al poder diecisiete siglos atrás.
El 31 de diciembre pasado, al toque de medianoche, Karekin II, sumo patriarca de la Iglesia Armenia, inauguró el año de observancia descendiendo a la cueva por una escalera de acero, muy desgastada, en presencia de una multitud entre la que se contaba la mayoría de su alto clero de su iglesia en el mundo. "Trajo la luz del sitio en que San Gregorio había expiado los pecados de la nación. Aquella noche fría había miles de personas en el monasterio. Fue la experiencia más conmovedora", recuerda el obispo Paren Avedikián, máximo funcionario de la Iglesia Armenia para asuntos locales.
La llama, que simbolizaba la fe de San Gregorio y de todos los cristianos armenios, fue compartida con muchos de los cuarenta y tantos obispos del mundo entero que habían peregrinado hasta Khor Virab. Encendieron con ella sus linternas y las llevaron consigo al regresar a sus países de origen. En enero, los fieles del área neoyorquina y otras partes de los Estados Unidos se reunieron para el encendido ritual de velas individuales que podían llevar a sus hogares.
Para el visitante ocasional, la cueva es un santuario modesto al final de un sinuoso camino asfaltado que domina un pequeño grupo de casas ruinosas y fábricas improvisadas. Un vendedor ambulante de bigote a lo Nietzsche y anteojos plásticos sin patillas, varios niños que venden palomas blancas y un equilibrista se han adueñado de la diminuta playa de estacionamiento. Sin embargo, la doctrina cristiana dice que aquí ocurrieron grandes acontecimientos.
Sangre de mártires
Grigor Loussavorich nació hacia el año 257. Meses después, su padre asesinó a Khosrov (Cosroes), rey de Armenia. La familia puso a salvo al niño en territorio romano hasta que la situación se aquietara. Eso llevó unos veinte años, en cuyo transcurso Gregorio se hizo cristiano. De regreso en Armenia (c. 280) su prédica ofendió al rey Tirídates III, que, para peor, era hijo de Cosroes y aún le guardaba rencor. El monarca ordenó que lo torturaran y lo arrojaran a la mazmorra de Khor Virab.
En su estado actual, la cueva es más accesible y, hasta cierto punto, menos incómoda. Sus muros están revestidos de piedra y las velas encendidas por los creyentes dan buena luz. Nada de esto existía en 287, cuando encarcelaron a Gregorio: entonces era, literalmente, un pozo en tinieblas. Según las enseñanzas de la Iglesia Armenia, se le apareció un emisario celestial que le anunció su salvación.
En 301, Tirídates III fue rechazado por una virgen cristiana; despechado, la hizo matar junto con treinta y seis amigas, también vírgenes. Luego enloqueció. Poco después, su hermana soñó que se curaría si liberaban a Gregorio. Así lo hicieron: Gregorio curó a Tirídates y lo convirtió al cristianismo, que pasó a ser la religión oficial. Gregorio fue el primer obispo de la Iglesia Armenia. Ese mismo año tuvo una visión: Cristo se aparecía en una aldea cercana a Ereván, actual capital de Armenia, golpeaba la tierra con un martillo de oro y de ella surgía una catedral imponente. Gregorio la hizo construir. Diecisiete siglos después, y con bastantes añadidos, es la sede de la Iglesia Armenia.
Avedikián traza un paralelo entre los padecimientos de Gregorio y la historia reciente de su iglesia. En la era soviética, fue reprimida, y sus fieles, vigilados estrechamente por la KGB. Transformaron su sede central en oficinas militares. Premiaron con sus reliquias a burócratas comunistas. A comienzos del siglo XX, había miles de iglesias; a mediados de los años 80, cuando Gorbachov suavizó las restricciones religiosas, solo funcionaban dieciséis. "Quizás hayan sobrevivido las costumbres asociadas con la fe, pero no la fe en sí. La fe sobrevivió únicamente dentro de la casa madre. Solo ahora comienza a volver", admite Avedikián.
En septiembre, los jerarcas celebrarán este renacimiento a su modo. Piensan consagrar en Ereván una nueva y grandiosa catedral de San Gregorio. Además, volverá una reliquia: el monasterio napolitano de San Gregorio el Iluminador ha donado los grillos de hierro que el santo habría usado en sus trece años de prisión. Karekin II ha invitado a líderes religiosos de todo el mundo (Juan Pablo II piensa asistir) y ya está visitando diversos países para compartir los festejos con las comunidades armenias.
Khor Virab no ha sido remozada para la ocasión; tal vez sea lo correcto. La pequeña iglesia del siglo XVI está enmarcada por un puñado de edificios de piedra, menos antiguos. Uno de ellos aloja la mazmorra. El padre Tadevos Terteryán, custodio del lugar, cuenta que Gregorio se habituó a la soledad. Gobernó la Iglesia Armenia durante veinticuatro años; luego, "abdicó" en su hijo y se retiró a una ermita, a meditar, por otros trece años. Terteryán comprende, quizá, su decisión. Lleva veintitrés años en Khor Virab, la mayor parte del tiempo solo en la pequeña iglesia, recibiendo donaciones y respondiendo a preguntas ocasionales. "Es mi servicio, mi deber", dice. © La Nación




