Una muerte que estremece
En pocos países las verdades políticas están directamente ajustadas a las verdades judiciales
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Nunca sonó tan cruda aquella frase que solía usar Carlos Menem que dice que nadie se muere en la víspera. La frase echa mano al determinismo para aliviar la angustia que produce un riesgo concreto de muerte temprana, sobre todo cuando la enuncia el beneficiario. Pero este no es el caso: Alberto Nisman, literalmente, murió en la víspera. En la víspera del que prometía ser uno de los días más determinantes de toda su carrera, o el más importante, ya fuera por lo contundente de su comparecencia o por haber conmocionado al mundo con una denuncia explosiva, lacerante, sin pruebas suficientes.
Aferrado a la causalidad, el determinismo sostiene que los acontecimientos responden a una lógica inexorable, que lo aleatorio no existe, que el futuro se puede explicar a través del presente. O que el presente se explica en forma lineal a través del pasado. La tragedia, o la imposibilidad de que suceda, es algo que está escrito. Lógica de considerable arraigo popular que favorece la versión heroica de quien muere en la víspera, no la atribuible a un accidente imprevisto o un presunto disturbio individual.
Alberto Nisman, literalmente, murió en la víspera. En la víspera del que prometía ser uno de los días más determinantes de toda su carrera
Es evidente que la muerte del fiscal tendrá un alto impacto político, no sólo en la oposición sino dentro del oficialismo. En pocos países las verdades políticas están directamente ajustadas a las verdades judiciales y, como es sabido, el nuestro no está entre ellos. Mucho menos desde que el Gobierno atribuye las investigaciones judiciales de las que sus miembros son objeto a manipulaciones enemigas.
De modo que para la salubridad del sistema, el problema que introduce la estremecedora muerte de Nisman no es uno, son dos. La Justicia tiene que determinar qué pasó y demostrarse ajena a la atmósfera contaminada que hoy la enchastra, tarea nada sencilla. Nisman mismo era un fiscal especial debido a que la causa AMIA sólo se volvía más laberíntica en manos de la manipulable justicia estándar, pero ¿acaso podría crearse un estamento especial también para investigar su muerte? Otra cosa es que una sociedad propensa como la nuestra a llenar grietas de la información oficial con un determinismo plastificado esté entusiasmada en honrar el principio jurídico que dice que la verdad está por encima de todo.








