Una pregunta polémica: ¿es democrático el peronismo?

Las reivindicaciones laborales establecidas en Europa a mediados del siglo XX fueron impulsadas aquí por Perón con una concepción populista que marcó la historia reciente
Luis Alberto Romero
(0)
16 de septiembre de 2018  

Hay quienes se plantean si el peronismo es democrático. La pregunta, tan común, no está bien formulada. ¿Qué es democracia? En primer lugar, conviene distinguir entre democracia política y democracia social, o más bien democratización, dos cosas que no necesariamente van juntas. Ya Tocqueville señaló que, luego de la Revolución francesa, las tendencias igualitarias terminaron favoreciendo el despotismo napoleónico.

En cuanto a la democracia política, hay muchas versiones y solo un denominador común mínimo: es la autoridad legitimada por la voluntad popular. Más allá de esto, la familia democrática se divide en diferentes ramas, todas con derecho al apellido. Personalmente, prefiero la variedad democrática liberal e institucional, y la defiendo como ciudadano. Pero reconozco que casi ningún régimen político contemporáneo se priva de alegar que, de algún modo, es la expresión de la voluntad popular.

Por otra parte: ¿cuál peronismo? En sus 72 años de existencia, el peronismo fue muchas cosas, e incluso más de una a la vez. Sin romper la continuidad, sus componentes sociales, discursivos y políticos han ido variando, mostrando la plasticidad del movimiento y su capacidad para adaptarse a los cambios.

Antonio Cafiero y Carlos Menem, protagonistas de la histórica interna peronista de 1988, en una imagen de 1999
Antonio Cafiero y Carlos Menem, protagonistas de la histórica interna peronista de 1988, en una imagen de 1999 Fuente: LA NACION - Crédito: CESAR CICHERO

Se trata, en suma, de una pregunta ambigua sobre un tema polémico, que admite respuestas diferentes e igualmente aceptables, aunque esta amplitud de criterio no suele ser habitual. Para esclarecer el tema, el Club del Progreso convocó a dos destacados especialistas: Enrique Peruzzotti, politólogo, y Juan Carlos Torre, sociólogo e historiador.

En el primer gobierno peronista (1946-55) coincidieron la democratización social acelerada y la adopción de una forma política democrática que no era liberal ni republicana. El cambio más contundente y perdurable fue la solución para el conflicto en el mundo laboral, intensificado en los años 30 por el crecimiento industrial y el activismo sindical. Entre 1943 y 1945, como funcionario del gobierno militar, Perón cambió sustancialmente la relación entre los trabajadores y el Estado, con sindicatos reconocidos, convenciones colectivas, tribunales del trabajo, aguinaldo y vacaciones pagas.

Pero el peronismo fue más allá, promoviendo lo que Torre denomina "democratización del bienestar", es decir, el acceso de los nuevos trabajadores a bienes y servicios que ya estaban al alcance de los sectores medios. Entre ellos, el "turismo social", que tuvo un símbolo: Mar del Plata. El Estado promovió y facilitó el turismo marplatense. Debió vencer la "timidez" de los trabajadores, para quienes veranear en un hotel playero era algo difícil de imaginar, pero finalmente generó el hábito, que luego se convirtió en un derecho y en una expresión de la igualdad. Una más, dentro de un conjunto de manifestaciones que, por su velocidad, produjo crujidos y rechazos en el resto de la sociedad.

Cambios semejantes se habían producido en la Europa de posguerra, impulsados por gobiernos democráticos con participación socialista. En la Argentina, el cambio se produjo por una vía autoritaria. Pero fueron derechos, conquistados o concedidos, cuyo significado social no fue en el fondo muy diferente de aquellos.

El pueblo nacional

En cuanto a la democracia política, ya en 1946 Perón distinguía entre una democracia "formal" o liberal, y otra "real", declaradamente iliberal, que Peruzzotti llamó "populismo moderado". En esta concepción, de raigambre romántica, la soberanía no se funda en el "pueblo ciudadano" -conjunto de individuos iguales, unidos por un contrato político- sino en el "pueblo nacional", orgánico, homogéneo y unánime, expresado por un líder de autoridad ilimitada. El pueblo así concebido excluye a sus enemigos ("la oligarquía"), con quienes no hay conciliación ni acuerdo posibles. El Estado de derecho no se funda en una Constitución, como creían los liberales, pues la ley debe ser la expresión contingente e irrestricta del poder popular. Las elecciones no son el lugar de la competencia de partidos sino un ritual, un plebiscito que confirma lo que el pueblo ya ha elegido.

¿Democracia? Solo en ese sentido del mínimo común: alegar que el pueblo legitima la autoridad. Antes de 1945 muchos habían adherido a ese tipo de democracia autoritaria, y volverían a hacerlo luego. En la época, para quien no era peronista, significó la ausencia de libertades políticas y la resignada aceptación de las decisiones de la mayoría.

La promesa de 1983

Podemos saltar por sobre el período entre 1955 y 1983, con escasísimos elementos democráticos, e instalarnos en 1983. Por entonces, a la salida de la última dictadura, se construyó un sistema democrático republicano, liberal y pluralista, con el sólido fundamento ético del movimiento de derechos humanos. Otra novedad: por primera vez el peronismo fue derrotado en una elección libre, poniéndose en cuestión la suposición, natural para muchos, de que peronismo, pueblo y mayoría eran sinónimos. Tampoco su eventual vencedor, el radicalismo, podía aspirar a esa representación unánime. En la nueva democracia hubo una masa electoral independiente, competencia y resultado incierto.

La otra gran diferencia con respecto a 1946 fue la enorme escisión social, que seguiría profundizándose, y que limitaba la constitución de la ciudadanía, imprescindible en una democracia republicana. A la vez, en el vasto mundo de la pobreza había una oportunidad, de enorme potencial, para una renovada manipulación electoral.

Asimilada la derrota, el peronismo se adaptó a las reglas del juego democrático. Renovó su dirigencia, construyó un partido, discutió, negoció y acordó con los otros. La elección interna de 1988 fue memorable por su transparencia. Ese año recuperó el poder presidencial, que ejerció hasta 2015 -salvo el breve paréntesis de la Alianza (1999-2001)-, y gobernó en la mayoría de las provincias. En el gobierno volvió a mostrar su capacidad para adecuarse a circunstancias cambiantes.

También reaparecieron otras características que fueron minando la dimensión liberal y republicana de la democracia de 1983. Siguiendo viejos precedentes, los gobiernos intervinieron activamente en las elecciones y construyeron, con fondos estatales, máquinas electorales muy eficientes, especialmente en el mundo de la pobreza, donde el subsidio estatal se trasmutaba con naturalidad en votos. Por otro lado, la republicana división de poderes fue desechada gradualmente por un régimen que los doctos llamaron, algo eufemísticamente, democracia delegativa. Con ella, la corrupción gubernamental creció y se naturalizó.

No hubo fuertes resistencias, porque la democracia de 1983 no había logrado demostrar que era eficaz, algo que ofrecía el peronismo. Tampoco sobrevivió el espíritu inicial de los derechos humanos, cuyas organizaciones viraron hacia la reivindicación de las luchas de los años 70.

El kirchnerismo fue la fase superior de este peronismo en democracia. La concentración del poder llegó al decisionismo schmittiano, la corrupción se convirtió en cleptocracia y la causa de los "derechos humanos" se integró en un relato que le devolvió al peronismo algo perdido desde 1976: la épica facciosa.

¿Es democrático el peronismo, en definitiva? Sí y no, al igual que la sociedad argentina, que puede un día defender los derechos humanos y la democracia, luego tolerar un régimen autoritario, corrupto y faccioso, y en un cierto momento ponerle un freno. Quizá podamos decir que el peronismo -al que probablemente le queda una larga vida- será lo que la sociedad ciudadana quiera que sea.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.