Una sociedad fragmentada

Por Manuel Mora y Araujo Para LA NACION
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12 de diciembre de 2001  

Uno de los aspectos en los que la sociedad argentina ha sufrido más transformaciones en los últimos años es la mayor fragmentación social. Los fenómenos que causaron esta fragmentación explican muchos de los problemas políticos y de desempeño económico de nuestro país en los tiempos que corren.

La Argentina ha sido tradicionalmente una sociedad de clases medias, en el sentido de que por encima de las diferencias de ingresos o de educación, que siempre existieron, una gran parte de la población compartía estilos de vida y gozaba de oportunidades relativamente similares. Algunos nacían "más abajo", pero la movilidad social ascendente era una vía posible para mejorar la situación de muchísimas personas. A los extremos de esa gran clase media la Argentina tuvo desde siempre una clase alta muy rica y una clase baja extremadamente pobre -ambas, menos expuestas a las fluctuaciones de la movilidad social y de las coyunturas económicas-. La franja muy pobre abarcó establemente durante décadas alrededor de un 10 por ciento de la población.

La mayor fragmentación que se constata en los tiempos que corren presenta tres fenómenos novedosos. El primero es que la movilidad social ascendente parece haberse detenido, y eso ha generado en parte de la población una visión del país y su futuro profundamente pesimista. El segundo es el proceso de empobrecimiento de la clase media baja. De acuerdo con las estimaciones recientes, aproximadamente un 35 por ciento de la población argentina vive en condiciones de pobreza. Si aceptamos que el número de personas extremadamente pobres, cuyo nivel de vida es subestándar, se mantiene en el 15 por ciento, se concluye que un 20 de la población se ha empobrecido en la última década.

El tercer fenómeno distintivo de estos tiempos es que se ha producido un hiato en la clase media. Mientras una parte de ella alcanza niveles superiores de educación y adquiere las aptitudes necesarias para desempeñarse en una economía competitiva, otra parte queda rezagada en términos de formación y capacidades. El diferencial de oportunidades entre uno y otro segmento es muy grande. Los primeros sienten que pueden desenvolverse y aspirar a un futuro mejor; incluso la opción de emigrar está abierta para ellos. Los segundos sienten que lo mejor que pueden esperar es no empeorar: sus ingresos caen, el desempleo los afecta y los amenaza permanentemente, su nivel de vida se deteriora al mismo tiempo que sus esperanzas. Para la clase media competitiva, la Argentina de hoy es un freno a sus proyectos de vida; para la clase media tradicional, es una amenaza.

Tres capas diferenciadas

En consecuencia, donde antes existía una amplia clase media relativamente homogénea tenemos hoy el cuadro de una clase media fragmentada en tres capas netamente diferenciadas: la competitiva, la no competitiva y la empobrecida. Además, en el seno de la clase media no competitiva se va perfilando con matices muy diferenciados un núcleo protegido corporativamente por sindicatos y organizaciones políticas: esas personas logran, merced a esa protección, que sus ingresos no caigan y su estabilidad laboral esté asegurada en mayor medida que la de los demás. Ese núcleo se localiza en los gremios de empleados públicos y docentes, y también en algunas industrias tradicionales.

Estos distintos segmentos sociales están generando distintas subculturas, las cuales van teniendo cada vez menos elementos en común. Hay una cultura de la clase alta, una cultura de la clase media competitiva, una cultura de la clase media tradicional -no competitiva-, una cultura del sindicalismo activo, una cultura de la pobreza. Sus comportamientos políticos también difieren.

La clase media competitiva siente que carece de representación política. Votó a Raúl Alfonsín, votó a Carlos Menem, votó a Fernando de la Rúa, algunos de sus miembros se ilusionaron con el Frepaso, confió en Domingo Cavallo: todos esos liderazgos la han decepcionado. Este año, el suyo fue el "voto bronca: en blanco, nulo, por partidos menores. Espera más de las fuerzas que mueven el mundo globalizado que de la política y los gobiernos de su país.

La clase media tradicional, por el contrario, teme al mundo globalizado (aunque muchos de sus miembros piensan también que no hay alternativas a éste). Se ha sentido siempre representada ante todo por la Unión Cívica Radical, y en menor medida por el justicialismo; ésas siguen siendo sus principales opciones, con alguna presencia de la izquierda.

La clase media empobrecida ha tendido a sentirse representada por el justicialismo, pero ahora está abierta a acoger nuevas ofertas políticas de signo populista o nacionalista, ya sean más de derecha, como Luis Patti, o más de izquierda, como el Frente Social.

Las franjas más pobres de la Argentina siguen siendo predominantemente peronistas. No se advierten señales de que eso esté cambiando.

En el plano político, el mayor problema que genera esta fragmentación social de la Argentina actual es que torna muy dificil la emergencia de liderazgos políticos con capacidad de conformar amplias coaliciones para gobernar. Tanto el gobierno del presidente De la Rúa como el de Menem en su segunda presidencia padecieron la novedosa situación de una fragmentación de sus bases sociales, que generó corrientes de intereses contrapuestos, difíciles de conciliar. La fórmula más exitosa en respuesta a esa dificultad es la que encontró el justicialismo en la década pasada: una coalición entre la clase media competitiva y las clases más bajas, sumada a la capacidad de neutralizar al sindicalismo activo.

No está dicho que ésa sea la única fórmula posible. Pero hay un hecho que no debe perderse de vista: cualquier coalición de gobierno que excluya a la amplia franja de la clase media competitiva de la Argentina actual difícilmente podrá poner en marcha una economía dinámica abierta al mundo. Un proyecto político de economía cerrada es una invitación al continuo drenaje de energía social que se va con los capitales y con las personas que poseen las capacidades para un desempeño económico moderno. En el mundo de hoy no parece viable la idea de un país que excluye o desestima a su sector más moderno y dinámico, el que está más próximo a la economía de la "tercera ola". Reconstituir la representación política de la clase media competitiva es uno de los mayores desafíos de estos tiempos difíciles.

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