
Una sociedad vigilada
Las tecnologías altamente sofisticadas y la eventual unificación de todas las bases de datos existentes sobre cada ciudadano darían al Estado un poder de control casi absoluto.
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EL detective del film "Pecados Capitales", un modesto investigador de comisaría, carece de rastros sobre un asesino múltiple. Para salir de las tinieblas apela a un recurso que solo él parece conocer. En una pizzería de mala muerte se encuentra con un marginal sucio y mal vestido, al que entusiasma con un módico soborno. Después del encuentro, Morgan Freeman, el detective jefe, susurra a su joven ayudante:
-El tipo de la pizzería era del FBI.
-¿El del mal olor? -pregunta Brad Pitt.
La eficacia de la escena reside en los detalles. El agente del FBI (gigantesca maquinaria omnímoda y omnipresente) es, en verdad, un maloliente deshilachado que vende información por 50 dólares. Quien compra esa mercancía es el clásico policía solitario a punto de jubilarse, escéptico y harto. Ambos son piezas de un engranaje que los supera infinitamente, pero una cualidad los distingue: conocen ciertos secretos. Por eso la escena también relata un rito iniciático:
-Hace años que el FBI monitorea las bibliotecas. Para vigilar hábitos de lectura. Algunos libros están marcados. El que lee un libro marcado pasa al registro del FBI- explica el veterano. Está susurrando, no quiere que nadie más lo escuche.
En la trama de "Pecados Capitales", la vigilancia secreta de las bibliotecas conduce al noble fin de desenmascarar a un asesino. En la trama del poder político, el fichaje de libros conduce al fichaje del lector, destino algo menos noble que remite a una sugerente idea del pensador italiano Norberto Bobbio: "El poder es secreto de por sí" -ha dicho-. Controlar a los otros sin ser controlado siempre fue un fin antes que un medio del poder. Bobbio parece decir: el fin del poder es la autoperpetuación.
Producto, tal vez, de la imaginación paranoica de un guionista, a estas alturas es seguro que la idea de llevar un registro informático secreto sobre los hábitos de lectura de quienes asisten a las bibliotecas ha sido puesta en práctica en varios países del mundo. Según lo ha revelado el diario The Washington Post, ya lo hace la empresa estadounidense Acxiom.
Omnipotencia informativa
Tema recurrente de la ciencia ficción política (desde George Orwell hasta Philip K. Dick y William Gibson), la combinación entre conglomerados de poder y tecnologías avanzadas está ahora mismo durmiendo con nosotros. El 15 de marzo último, la señora Carola Pessino -que no hace películas sino que trabaja como secretaria de Equidad Fiscal de la Jefatura de Gabinete del gobierno argentino- formuló un interesante anuncio: "Antes de que finalice el siglo, la Argentina contará con un registro tributario y social que permitirá conocer hasta el último dato de importancia de los 36 millones de habitantes del país". El proyecto Pessino consiste "en la unificación informática de las bases de datos existentes... para la utilización, por parte del Estado, de datos civiles y socioeconómicos". Toda la información existente será barrida, digerida y seleccionada por esta nueva divinidad tecnofenicia. "La propuesta de registro unificado se presenta como el proyecto integral en materia de identificación ciudadana", informó la prensa. La condición tributaria de cada ciudadano y su grupo familiar será metabolizada por la "gran computadora" junto con los datos originados en las coberturas de seguridad social y de salud, la información bancaria y los archivos de la Policía Federal y de la Anses.
Es evidente que el montaje de semejante base de informaciones con todos los datos disponibles de cada ciudadano (incluidos los "civiles") para su empleo "por parte del Estado" es un asunto que trasciende la materia impositiva y las intenciones personales de Pessino. Si se trata de "un proyecto integral en materia de identificación ciudadana" que permita conocer "hasta el último dato de los 36 millones de habitantes", lo que estaría naciendo es una monumental concentración informativa que pone en manos del Estado la vida entera de los ciudadanos, los recovecos más íntimos de su personalidad, sus inclinaciones políticas, sus hábitos, sus puntos fuertes y débiles.
Dos millones por minuto
El FBI quizá no controle aún a los lectores de las bibliotecas, pero la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos está en condiciones de monitorear dos millones de conversaciones telefónicas por minuto en cualquier parte del planeta, según se lee en un informe del Parlamento Europeo sugestivamente titulado Evaluación de Técnicas de Control Político.
La Europa de la moneda única pretende quebrar el unipolarismo norteamericano y ha descubierto que una antigua creación de 1949 llamada Escalón e inventada para espiar a Moscú, ha centuplicado su poder y sus aplicaciones. El eurodiputado Alain Pompidou, cabeza del organismo que investigó el tema, dijo que la tecnología de Escalón "fue reforzada después de la caída del Muro de Berlín" con el propósito de husmear en los secretos económicos, políticos y técnicos de las empresas europeas y japonesas, rivales de las norteamericanas. Pompidou asegura que la renovada y alucinante capacidad de Escalón deriva de las redes satelitales. El programa norteamericano funciona desde seis bases terrestres (dos están en Gran Bretaña) aptas para succionar todas las comunicaciones de 25 satélites Intelsat.
Hasta cierto punto, el sistema emplea la misma lógica de marcacaje y seguimiento imaginada por el guionista de "Pecados Capitales". La diferencia es que, en este caso, en lugar de libros se marcan palabras. El informe del Parlamento Europeo enfatiza que después de reunir las informaciones que circulan en las redes telefónicas mundiales, Escalón sube otro peldaño, quizás el más importante: una serie de computadores en red analiza ese caos mediante el uso de "palabras clave" previamente marcadas ( por ejemplo: droga, misil, dólar o cualquier otra que interese a los investigadores). Acto seguido, organiza un archivo que sigue indicaciones de importancia y jerarquía preestablecidas de acuerdo con las urgencias informativas de quien maneja el programa. Algunos investigadores conjeturan que, en realidad, Escalón es capaz de comprender el contexto general de una comunicación y que, por lo tanto, no sólo se activa cuando se pronuncia una determinada palabra, sino cuando la conversación se orienta en sentido también previamente marcado por los programadores.
El celular está escuchando
Si, en la actualidad, Escalón es capaz de capturar, analizar y archivar de ese modo dos millones de conversaciones telefónicas por minuto, ¿hasta dónde llegará en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el vertiginoso avance de la llamada "era digital"? El caso de los teléfonos celulares tal vez anticipe algo. El 21 de abril último, la prensa informó que había sido detenido en Buenos Aires un grupo de once personas dedicadas a duplicar teléfonos, pinchar comunicaciones y hacer escuchas transformando los aparatos celulares en micrófonos ambientales. No se dijo si el grupo pertenecía a una agencia privada o integraba una red de inteligencia estatal, pero su modus operandi consistía en emplear un escáner para ubicar la frecuencia del teléfono celular elegido como blanco y pincharlo. Para hacer su tarea, el espía debe instalarse en la misma "celda" o "célula" de su víctima (un radio de veinte manzanas a la redonda), algo que lo obliga a tener consigo una notebook y un grabador. Si, además, pretende emplear como micrófono el teléfono que está vigilando, antes debe apropiarse del aparato durante unos segundos para insertar en su memoria un código secreto. Activando ese código (mediante una simple llamada al aparato, discando antes la clave inyectada clandestinamente) puede escuchar todo lo que se diga en los alrededores del teléfono cuando éste se encuentra apagado.
Las redes satelitales empleadas por Escalón también se usan en sistemas de prevención de robo de vehículos y para monitorear convictos con arresto domiciliario o sometidos a restricción de movimientos. La precisión del dispositivo de localización ultrasensible ubicado en el satélite argentino Nahuel I, usada para detectar vehículos robados, admite un error máximo de 100 metros, pese a que el aparato órbita a 36.000 kilómetros de altura. La policía bonaerense decidió aplicar este sistema para la localización de una parte de sus propios patrulleros. En los Estados Unidos, el legislador republicano Jay Kim viaja diariamente de su casa al Congreso con una pulsera magnética alrededor de su tobillo. Según The New York Times, un juez impuso este particular castigo a Kim por haber aceptado 250.000 dólares en contribuciones ilegales. Por las características del delito, Kim goza de libertad condicional, pero la pulsera que se anuda a su tobillo emite ondas satelitales que son captadas por una central.
Más cerca, en la provincia de Buenos Aires, el mismo sistema fue aplicado a un interno, Alejandro Leguizamón, beneficiado por el juez Omar Pepe con esta clase particular de excarcelación vigilada. Si Leguizamón se aleja más de 50 metros de su casa, la tobillera acciona una sirena muda que, por vía satélite, avisa a la comisaría de la zona. En casa del preso fue instalado un aparato telefónico parecido al fax, a través del cual pueden llamarlo sin previo aviso en cualquier momento del día y de la noche. El hombre debe entonces aproximar la tobillera al auricular y dejarla allí durante tres segundos para que la central detecte su clave. En los siguientes siete segundos (toda la operación no puede durar más de diez segundos) debe responder a la llamada, diciendo su nombre y la fecha y hora de la comunicación. El sistema es verdaderamente completo: la policía bonaerense ha informado que en el tubo de ese teléfono especial hay una abertura capaz de analizar el aliento del preso y determinar si tomó drogas o alcohol.
Saltan a la vista las ventajas de este conjunto vigilante cuando es manejado por gente noble con fines virtuosos. Lo contrario también es evidente. La tecnología del programa Excalibur empleada para rastrear sospechosos en el asesinato de José Luis Cabezas mediante la detección de conversaciones telefónicas anteriores al crimen podría también emplearse para investigar con retroactividad las relaciones personales de cualquier ciudadano y espiar su vida social, económica y política. También es posible pinchar un fax y desviar copias de la documentación transmitida por esa vía hacia otra máquina.
En el film "La Conversación", el director Francis Ford Coppola narraba una intriga que se disparaba cuando el personaje principal, protagonizado por Gene Hackman, asistía a un congreso de especialistas en técnicas sofisticadas de espionaje. Las disyuntivas morales y políticas insinuadas por aquella historia son hoy más sugerentes que entonces: un congreso denominado Advanced Surveillance Technologies (Tecnologías avanzadas de vigilancia) se realizó, efectivamente, en Copenhague, en 1995. Los servicios de inteligencia no han podido determinar aún si Gene Hackman anduvo por allí, lo cual habilita cierto margen para la esperanza: finalmente, ellos no lo saben todo.
Por Ricardo Cámara





