
Una vieja y misteriosa casa
Cristina Bajo Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Me gustan las librerías de viejo, porque además de hallar autores desconocidos, títulos que hace cien años no se editan o tomos encuadernados en tela y con una cinta por señalador, suelo encontrar cosas dentro de los libros. A veces, flores secas, que me hacen pensar, bajo la pantalla de la lámpara de noche, en aquel día especial en que alguien la resguardó entre sus páginas. Y a veces, aunque no se crea, encuentro lágrimas -unas gotas grises, desvaídas- sobre el papel amarillento. O la marca carmín de un beso dado por una joven -imagino, por darle una edad- sobre la estrofa final de un poema: "Y entre los labios dulcemente presos/ Se nos deshoja el corazón en besos/ Como una rosa demasiado abierta".
El poema era de Lugones y completaba la antología poética de una editorial rústica y fea, que jamás había oído nombrar. No tenía fecha de edición y lo habían titulado con lo que sospeché era una invención de fantasía para hacerlo más atractivo a personas sin demasiadas lecturas. Tuve que recorrer -fue antes de que existiera Internet- las obras poéticas completas de Lugones para dar con él: pertenecía a Los crepúsculos del jardín . Don Leopoldo lo había bautizado "Andante". En el librito figuraba como "El beso de la rosa".
Cierta vez fui a San Telmo, entre semana. Casi a la hora de cerrar, entré en lo que parecía un antiguo conventillo, con patio central y piso de alto rodeado por un barandal donde exponían manteles, alfombras y mantones, que prestaban al lugar un aire a mercado persa.
Era tarde y no quise demorarme, así que me detuve cerca de la entrada, en una pieza que aún estaba abierta, donde vi un cajón lleno de papeles. Revolviendo, rescaté unas láminas en sepia de La porteña en el templo , de Monvoisin, y una hoja de un documento auténtico, quizá de fines del siglo XVIII o principios del XIX, sobre un juicio por envenenamiento; aunque no estaba completa, me dio la clave para continuar con una novela que hacía años tenía encajonada: El jardín de los venenos .
Pero mi más grande hallazgo sucedió unos años antes, durante una visita a San Luis del Palmar, en la provincia de Corrientes, en medio de lluvias torrenciales y caminos intransitables. Por algún motivo que ahora no recuerdo, poco después tuvimos que viajar a la ciudad capital y nos recomendaron un camino de tierra que había dejado de usarse cuando se hizo la ruta provincial, que por entonces continuaba inundada. Nos internamos en él a través de un monte espeso, donde no se veían viviendas, ni gente de a pie o a caballo.
Después de conducir durante media hora, el camino se abrió en una amplia rotonda y nos encontramos frente a una casa vieja, imponente, de grandes puertas y muchas ventanas; la rodeaba un bosque alto, que sobresalía al monte natural. Por las tapias, desbordaban enredaderas florecidas.
Bajamos del coche admirados por la construcción. Las ventanas tenían más de dos metros de alto, eran anchas y estaban protegidas por buenas rejas, aunque oxidadas. Las hojas de la puerta eran más altas aún, la madera sobriamente trabajada, y muy sólidas. Creo que terminaban en un abanico de hierro y vidrio, pero no estoy segura de ese detalle. La puerta, con cadenas y candados, no parecía haber sido forzada nunca.
Era una mansión de respetables dimensiones y, aunque deteriorada por el abandono, tenía el aura que suele transformar la decadencia en belleza.
Fascinada por la aparición de lo imprevisto en un viaje rutinario, me detuve en medio de la plazoleta para admirarla desde lejos: nunca había visto una casa como aquella, con trazos europeos y un algo -poco, pero notable- de lo que llamamos arquitectura colonial. Sentí un escalofrío, más de emoción que de inquietud; el entorno ayudaba, pues no se oía el viento ni el canto de los pájaros. Mi hermana recordó que por allí colindaban los campos de dos antiguas familias de la zona.
Continuamos el viaje y llegamos a Corrientes sin problemas. Al atardecer nos avisaron que podíamos regresar por la ruta, pues las aguas habían bajado.
Por varios días hablamos del tema y mi cuñado, criado cerca de allí, no recordaba haber oído nada sobre una mansión en medio del monte.
Antes de regresar a Córdoba quise fotografiarla, pero no dimos con ella. Pasó el tiempo y en otra visita volvimos a intentarlo. En esa oportunidad, nos extraviamos. Luego, por la edad, mis achaques y demás realidades, las visitas a mi hermana se espaciaron, aunque amigos y desconocidos que conocían mi inquietud me escribieron dándome claves, acercándome nombres, contándome historias de aquella propiedad.
A veces paso años sin recordarla y de pronto, al dar con alguna de esas casonas perdidas en las sierras de Córdoba -que no se le parecen en nada, salvo en ese silencio, en esa respetable soledad, en la incógnita de quiénes la habitaron, de las circunstancias en que fueron abandonadas- recuerdo la del monte correntino y siento de nuevo la inquietud de buscarla e indagar su pasado, de imaginar fantasmas e inventarle poesías que hablan de la melancolía de morir, como los árboles, de pie.





