
Uso y abuso de la memoria
Los grandes historiadores y pensadores europeos contemporáneos han vivido de modo muy profundo la relación entre la memoria y la historia. Aquélla como proceso de evocación del pasado, y matriz de esta otra, la historia, que nos trae el relato de los hechos evocados por la memoria, su encadenamiento inteligente hecho desde la perspectiva del tiempo para entender lo que ya pasó.
El no olvido del fascismo, del franquismo, el nazismo y el comunismo, con sus horribles crímenes, ha llevado a reflexiones trascendentes sobre el “deber de la memoria”, el “uso de la memoria” y el “abuso” de ella. Los debates han sido muchas veces apasionados, no sólo dentro de cada país, sino, aún, en el seno de la Iglesia, que en 1998 publicó un documento de reflexión sobre el Holocausto judío, condenatorio del antisemitismo y sus horrores a la vez que “explicativo” de la distante actitud del Vaticano en aquellos tiempos terribles.
Paul Ricœur nos habla de una memoria obligada. Es la que se sustenta “en el deber de hacer justicia, mediante el recuerdo, a otro distinto de sí”. Supone, a la vez, una deuda: “Debemos a los que nos precedieron una parte de lo que somos”. Sin embargo, al mismo tiempo nos previene, de su posible abuso, cuando se impone “una dirección de conciencia que se proclama a sí misma portavoz de la demanda de justicia de las víctimas. Es esta captación de la palabra muda de las víctimas la que hace cambiar el uso en abuso”. Las sociedades tienen ese deber de memoria, asumido responsablemente como una obligación colectiva, pero no como un alegato propagandístico que pone al que lo usa en una presunta superioridad moral sobre aquel otro que, aún compartiendo la misma obligada evocación, no se asume como dueño de la verdad, pretende narrar los hechos con la mayor honestidad y nunca erigirse en el heredero exclusivo del derecho de la víctima al reclamo.
Todorov, en su luminoso trabajo El abuso de la memoria, nos previene también de aquel abuso al señalar que el control de la memoria no es sólo propio de los regímenes totalitarios sino que es patrimonio de todos “los celosos de la gloria”. De allí que, cuando el discurso oficial se apropia del discurso de la víctima y pone a todo el resto en actitud deudora, esta abusando del pasado.
Bien legítima es la asociación de la idea de justicia con el pasado. “Es la justicia la que –prosigue Ricœur– al extraer de los recuerdos traumatizantes su valor ejemplar, transforma la memoria en proyecto; y este mismo proyecto de justicia es el que da al deber de memoria la forma del futuro y del imperativo”. La manipulación viene cuando esta asociación no está al servicio de un proyecto de futuro compartido, sino de una justificación del presente, de una presunta legitimación que ubica al titular del discurso por encima de todo aquel que le escucha.
Un buen ejemplo de manipulación nos aporta Giovanni Levi, autor italiano, que comenta una obra histórica sobre la participación de dos compatriotas suyos en la guerra española; uno, que abandonó el Frente Republicano en 1937, por sus excesos, y otro, que se enroló con Franco en 1938, por su enfrentamiento al comunismo. Del uso de los hechos resulta que la guerra pasa de ser una lucha entre un frente fascista y otro antifascista a una confrontación entre fascismo y comunismo, que provoca un mar de dudas en el que ya no se sabe dónde queda la razón moral. Debate en pequeño, de otro muy grande, que generó el historiador alemán Nolte, cuando explicó la aparición del nazismo como una réplica al comunismo más que como una ideología totalitaria y racista que repugnaba de la democracia liberal.
De esto resulta que el pasado, cuando se lleva a las aulas por el Estado educador, debe formularse con el rigor máximo de la historiografía, lo que viene muy a cuento cuando se proclama, en estos días, en nuestros países, la necesidad de enseñar a la nueva generación los hechos recientes de la historia contemporánea. Ella, por tan cercana, por falta de perspectiva, muy fácilmente puede caer en la crónica interesada, el panfleto o “el abuso” de memoria del que venimos hablando. Podría decirse que es una lección de política –con toda su carga de debate parcializado– más que de historia.
¿Es bueno que los jóvenes argentinos conozcan los excesos que cometió el régimen militar que en 1976 dio el golpe de Estado contra Isabel Perón? Parece saludable, pero no estoy seguro de si es el Estado quien deba asumir la tarea, por su difícil imparcialidad. Pero, si lo hace, debe reconocer que nada tiene sentido si no se narra también la situación preexistente, con una violencia desatada desde el Gobierno mismo con grupos paramilitares y desde la clandestinidad por las organizaciones guerrilleras. Quienquiera que haya vivido aquella época negra –aun desde mi condición de uruguayo– recordará aquel 1975 como algo irrespirable, con asesinatos, el ominoso final de López Rega, una inflación galopante (del orden del 800%), la matanza en la víspera de la Navidad.
¿Esto justifica el golpe de Estado? No, pero explica cómo se llegó a él, pese a la lucha denodada y solitaria de los demócratas, náufragos en aquel mar tormentoso. Esa explicación, a su vez, jamás puede validar la espantosa represión que produjo 30.000 desaparecidos. Es un pasado muy difícil de narrar, pero si se evoca, debe mostrarse en toda su complejidad, para que el proyecto de futuro sea que nunca más a los golpes, como nunca más a las guerrillas y, sobre todo, nunca más al desprecio a las formas del Estado de Derecho, que tanto se deleznaron en aquel tiempo en que bastaba la invocación a la justicia para estar por encima de la ley.
Algo parecido digo de mi país, donde también se está proyectando la enseñanza del pasado reciente, para que se asuma el repudio al golpe militar de 1973 y sus consecuencias. La cuestión es que ese condenable acto resulta inexplicable si no se expone que antes hubo una guerrilla marxista, que por medio de la violencia intentó quebrantar la larga tradición democrática del país, alterando su paz con secuestros, asaltos y asesinatos. Nada excusa a quienes dieron el golpe, pero tampoco nada excusa a quienes sacaron a los militares de los cuarteles después de casi un siglo de paz y libertad. Contar una historia sin la otra, es falsear la comprensión histórica y abusar de la memoria.
Cuando los actores estamos vivos y cada uno tiene su relato distinto, ¿por dónde pasa la frontera de la imparcialidad histórica? A la memoria le corresponde el reconocimiento de los hechos del pasado; a la historia la mirada más amplia en el espacio y en el tiempo, el análisis racional de las fuentes y, sobre todo, el deber de equidad en el relato frente a visiones confrontadas y a memorias heridas, ciegas muchas veces a la desgracia de los otros. Lo único que no puede quedar en la confusión es que tan antidemocrático fue quien abusó con uniforme como quien pretendió quedarse con el poder por la bomba y no por el voto; que los únicos inocentes son los que siguieron al pie del Estado de Derecho, y que todo el resto, que despreció la legalidad, fue tan antidemocrático así se llamara a sí mismo antifascista o anticomunista.




