
Venezuela y la advertencia de Adenauer
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“Los pueblos del mundo libre no querrán someterse a ningún sistema en el que no puedan respirar libremente, ahora ni en el futuro”.
Así escribía Konrad Adenauer el 12 de enero de 1960, en el Saarbrücker Landeszeitung, bajo el título “Nosotros y el comunismo”. No era una frase retórica: era una advertencia. Adenauer, quien el 5 de enero hubiera cumplido 150 años, dejaba en claro que no se bajarían los brazos en la defensa de la libertad y que la República Federal Alemana no debía temer la competencia con sistemas autoritarios. La cooperación entre naciones resultaba trascendental.
El bravo pueblo venezolano resistió más allá de lo imaginable, sin claudicar, poniendo en riesgo su vida y su libertad.
Ese espíritu -el de la convicción y la claridad moral- que pone al ciudadano en el centro parece hoy más necesario que nunca. Adenauer no solo fue el canciller de la reconstrucción alemana; fue también uno de los primeros en comprender que la unidad europea no era un ideal romántico, sino una necesidad estratégica. “La unidad de Europa fue el sueño de unos pocos. Se convirtió en la esperanza de muchos. Hoy es una necesidad para todos”, afirmó en 1951. Seguramente hubiese empujado sin demora la ratificación del Acuerdo Mercosur–UE y hubiera alzado la voz sin titubear frente a las tragedias que interpelan.
Una de esas tragedias es Venezuela.
Durante años, la respuesta europea frente al colapso venezolano se ha apoyado casi exclusivamente en declaraciones de principios. La Unión Europea reafirma su compromiso con el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, como advierte el economista venezolano Jorge Jraissati, esa diplomacia explicativa resulta insuficiente frente a la magnitud de la tragedia.
Venezuela ha perdido cerca del 70 % de su producto interno bruto desde 2013, el mayor colapso económico de la historia moderna fuera de un contexto de guerra. Hoy, alrededor del 80 % de los venezolanos vive en la pobreza, y la mitad en pobreza extrema. La combinación de intervencionismo estatal, controles de precios, corrupción estructural y narcoterrorismo destruyó la economía productiva y consolidó redes de poder ligadas al régimen.
Se violentaron los derechos humanos de manera sistemática: se quebrantó la humanidad misma. ¿De qué otra forma se explica el éxodo de ocho millones de venezolanos? Las diferentes alertas tempranas presentadas ante organismos internacionales para mitigar la crisis humanitaria no surtieron efecto.
En este contexto, la reciente acción de Estados Unidos abrió una rendija para una transición política. No se trata de un escenario ideal. Ninguna transición desde un régimen autoritario lo es. Pero la historia demuestra que la cautela excesiva, cuando se confunde con neutralidad, suele terminar favoreciendo al opresor.
Jraissati lo plantea con claridad: la reticencia legal no puede convertirse en parálisis. El derecho internacional no puede ser invocado como escudo por quien lo ha violado sistemáticamente. El objetivo final debe ser inequívoco: un gobierno elegido por el pueblo venezolano, capaz de restaurar la seguridad, la legitimidad política y la estabilidad económica. Ese proceso será imperfecto, pero criticarlo sin ofrecer alternativas es una forma de renuncia.
Europa conoce bien esta experiencia. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no solo defendió militarmente al continente: lo sostuvo económica y moralmente. Alemania, devastada, pudo reconstruirse gracias a la ayuda externa y al esfuerzo propio, hasta convertirse en una democracia sólida y pilar del orden europeo.
La pregunta es inevitable: ¿quién sostiene hoy a Venezuela?
La cooperación internacional no es caridad ni injerencia indebida. Es una inversión en estabilidad, dignidad humana y valores compartidos. Así como Adenauer insistía en lo valioso de la ayuda externa, hoy debe entenderse que colaborar activamente en la reconstrucción venezolana es crucial para devolver dignidad a su pueblo y preservar la vigencia de la libertad y la democracia en la región. Ningún principio jurídico tiene sentido si no protege a las personas de carne y hueso que sufren bajo la opresión.
En todos los lugares del mundo donde se violan los derechos humanos, se quebranta la humanidad misma. Hoy, todo aquel que se reconozca defensor de los derechos humanos y de la libertad puede ayudar.
Directora Comité de Asuntos Europeos – CARI





