Ventanas que se abren como libros, ¿o al revés?

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24 de octubre de 2020  • 00:26

Cuando terminé Los nombres epicenos, el nuevo título de Amélie Nothomb, quedé con esa sensación que solo a un fan puede conformar: por un lado, la novelita de la mujer con sombrero se me escurrió entre los dedos y, por otro, me dejó con ganas de más. Venían días sin tiempo a la vista para próximas lecturas, así que me decidí a explorar otra modalidad de literatura: el zapping de entrevistas con escritores. No podría haber ejercitado este nuevo vicio de no ser por el #Filba2020, que en su edición virtual por la pandemia consiguió reunir a gran número de autores participantes de todo el mundo.

Así, las trasnoches se pasaron con los auriculares puestos y la luz apagada, para no despertar a nadie en la intimidad de mis encuentros. De alguna manera me fui acostumbrando en estos meses a la sensación del extranjero inoportuno que entra y sale de territorio ajeno a través de las pantallas, aunque no dejo de sentir una rara forma de pudor por ver al otro en la cocina o el comedor; tampoco puedo evitar distraerme si hay una biblioteca en el encuadre, papeles sobre la mesa, portarretratos.

Como los videos están disponibles en el canal de YouTube del festival, la maratón se fue armando a la carta, igual que un menú. De ninguna otra manera le cabría la categoría de "aperitivo", pero el primero en esta experiencia fue para mí Mircea Cartarescu, con toda la belleza de su mundo, no desprovisto de sufrimiento, como Solenoide, su novela mayor. El narrador rumano, que volvió en la cuarentena a la poesía que había dejado hace 30 años como quien regresa a su "primer amor", confirmó el mito de lo fecundo que puede ser el confinamiento (ya sabemos: Shakespeare escribió Rey Lear y Mary Shelley, Frankenstein). Quien tiene a Kafka por Dios y adora a Cortázar por ese insuperable cuento fantástico que es "Axolotl" se explayó sobre el regalo enorme que alguien le dio a la humanidad, la posibilidad de soñar, incluso hasta manifestó su agrado de tener pesadillas y ungió a su madre, hoy de 91 años, como "la genia del sueño": una mujer que le ha contado cada mañana lo que la noche anterior pasaba en su mente. Siempre se trata de narrar historias.

Traté de no perderme en su larga melena canosa: todo en Sharon Olds me parece encantador. Inés Garland -su traductora entre nosotros - no disimuló tampoco la admiración por la poeta. De algún modo se podría decir que cada invitado al festival tuvo a su mejor lector como entrevistador. También lo advertí en la masterclass de Guillermo Arriaga, que en su estilo bestial se explayó sobre formas y tiempos de escritura para la literatura y el cine. Expresó su fervor por Borges y maldijo a Faulkner por lograr un libro en tres semanas cuando a él le puede tomar cinco años. "Una obra es como un animal, no solo salvaje sino peligroso". El mexicano fue desde el amor por la Argentina a "la" frontera donde querría vivir, de la niñez de un chico con trastorno por hiperactividad a un adulto declarado incapaz de ser breve, de la convivencia con campesinos a las alfombras rojas, de su relación con la cacería a ese acto ritual profundo que espera saber reflejar con toda su complejidad en la escritura. "No tengo ninguna idea ni quiero llevar a la gente a ningún lugar. Yo quiero contar una historia", sentenció.

Jamaica Kincaid me esperó la noche siguiente en la pantalla como sé que lo hará Vivian Gornick hoy, cuando termine el festival: ¡qué ilusión! La candidata al Nobel me había conquistado con su obra más difundida, Autobiografía de mi madre, del mismo modo que la neoyorquina lo hizo con Apegos feroces -otro de progenitoras-. A Susan Sontag, que hace unos años la llamó "jardinera" y "pintora", Kincaid la convenció desde el comienzo con "Girl": su primer texto publicado en The New Yorker, en 1978, cabe en una carilla y tiene un solo punto. Ahora cuando Jamaica se pierde en la charla, bromea: "Parece que estoy escribiendo una de mis oraciones largas". Al leerla -dice Sontag- pienso en alguien que hace vidrio soplado, que vuelve esa transparencia en sustancia peligrosa. Kincaid prefiere decirlo así: "Siempre tengo miedo de compartir mi escritura porque la gente va a saber lo que estoy pensando y no sé si realmente quiero que se sepa lo que pienso".

La invisibilidad de la mujer en el arte, la declaración de una "emergencia" (y no precisamente sanitaria) para su país así como la cultura de la cancelación tan en boga son aspectos interesantes sobre los que escuchar a Siri Hustvedt. Ella nos recuerda también sobre el carácter incorpóreo de los libros y el acto de la lectura: "Cuando lees traes tus experiencias, tu realidad emocional, tus historias de familia. Porque los textos están muertos a menos que cobren vida con el lector".

Celebro hoy esta modalidad de literatura: con ventanas que se abren como libros, ¿o al revés?

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