
Verdi, un hombre entre los hombres
Por José Luis Sáenz Para La Nación
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Hablar de Giuseppe Verdi parece fácil, pero no lo es. Hasta el mismo Carducci fue cauteloso, al decir: "Gloria a él, inmortal, sereno y triunfante como la idea de la Patria o del Arte. Yo soy religioso, y ante los dioses, adoro y callo".
Callar sería lo más prudente. Verdi parece simple, pero al mismo tiempo es gigantesco, inabarcable. Otro gran poeta, D´Annunzio, prefirió una definición metafórica, comparándolo con el pan, el pan nutricio, que es imprescindible y es el mismo tanto en la mesa del pobre como en el banquete del poderoso, y en ningún lado falta ni desentona. Porque Verdi es de todos: del pueblo y de las elites, de los iletrados y de los exquisitos, de una banda de pueblo y de una orquesta de Toscanini, de quien lo canta mientras trabaja o camina y de una diva suprema como Claudia Muzio. En suma, es un bien de la humanidad.
Aunque italiano hasta la médula, su universalidad resuena hoy en todos los lugares, con una vigencia cotidiana, que sigue siendo la misma (si no más) que hace cien años, y esto a pesar de todos los cambios en los gustos que hayan podido acaecer a lo largo del siglo XX. Ya en vida fue aclamado por todas las naciones, y sus óperas, estrenadas en los lugares más distantes de Italia, como en San Petersburgo y en El Cairo. Nuestro primer Teatro Colón se inauguró en 1857 con una ópera suya ( La traviata , estrenada cuatro años antes), y en 1908 fue Aída la que inauguró el segundo y actual Colón, cuya estadística (1908-1999) consigna 1030 representaciones de óperas verdianas.
Lo paradójico es que si fue tan viajera toda su producción, en cambio no lo fue él: temía los viajes marítimos (lo más lejos que llegó por barco fue a Londres, y eso una sola vez). Nunca viajó a América (pensemos que Wagner no desdeñaba el plan de ir a estrenar su Tristán a Río de Janeiro, y que luego Puccini cruzaría el Atlántico en repetidas oportunidades). Por esa causa rechazó asistir al estreno de Aída en Egipto.
Alguna vez Arrigo Boito (que lo conoció quizá como nadie) dijo que para hablar de él era necesario "comenzar por un himno a la vida, pues nadie comprendió mejor, ni expresó mejor el sentido de la vida. Era hombre entre los hombres y osaba serlo; le hubieran ofrecido ser un dios, y él habría rechazado esa ventaja, pues quería sentirse humano y vencedor en el círculo ardiente de la prueba terrestre".
"Belleza a llamaradas"
Quizás, entonces, habría que comenzar hablando de ese caserío de Le Roncole, perdido en medio de la llanura del Po, a siete kilómetros de un pueblo (Busseto), pues él era hijo de la tierra misma, de campesinos incultos, nacido en la encrucijada de dos caminos de campo. Aprendió música con una sumaria espineta (pariente muy pobre del piano) y fue rechazado como alumno del Conservatorio de Milán (que hoy lleva su nombre, a pesar de su oposición: "No me quisieron de joven, no me tendrán de viejo"). Fue educado gracias a la beca del montepío de beneficencia de sus paisanos. La consagración le llegaría de improviso, cuando ya nada esperaba tras la trágica muerte de su primera esposa e hijos. Pero alguien que conocía el paño como nadie, el mismísimo Donizetti en el pináculo de su fama, escribía: "Muestra su belleza a llamaradas. Verás el resto. Envidia aparte, que yo no la siento, es el hombre que brillará".
Y brilló, ¿qué duda cabe?, en los siguientes cincuenta años. En 1848 le escribía a Giuseppe Mazzini : "He tratado de ser lo más popular y fácil que me fue posible". Fue el artista-campesino, capaz de componer un Macbeth y de ir a las ferias a discutir en dialecto el precio de sus caballos con los paisanos. O capaz de anotar una cuenta de su finca en la misma página del manuscrito de Rigoletto con su "tremenda vendetta".
Fue también el artista patriota, que ya a los veinte años escribía aquello de "¿Hasta cuándo te veré dividida y esclava del extranjero, Italia mía?" Verdadero padre de la patria, se adhirió a las jornadas revolucionarias de 1848, representó a Parma en la creación de Italia, fue diputado al primer Parlamento, y también senador (esto, no por cobrar dietas, sino por los impuestos que pagaba). Rechazó horrorizado el título de marqués, confirmando las palabras de Boito de querer ser sólo un hombre entre los hombres.
Fue huraño, de carácter difícil, "más orgulloso que Lucifer" según algunos, que solían llamarlo "el oso de Busseto". Llegó a enemistarse con la Scala y no le concedió ningún estreno entre 1845 y 1869. Pero allí terminó octogenario su gloriosa carrera con Falstaff . Tuvo relaciones conflictivas con sus padres, su primer suegro y benefactor, y aun con todos sus paisanos, por defender su vida íntima con Giuseppina, la mujer que había logrado que estrenase su primera ópera, y que luego inspiraría su inmortal y escandalosa Traviata , para convertirse con los años en su inseparable segunda esposa. Fue meticuloso como para llenar volúmenes de su copialettere , donde transcribía cada carta suya junto a las que recibía, y fue sumario como para recurrir a todo tipo de abreviaturas para poder seguir con su escritura musical el vertiginoso vuelo de su inspiración (en la que creía... y, sin duda, ella también creía en él). Cerca estaba siempre Giuseppina, diciéndole: "Esto es hermoso, Mago; esto, no... Detente, repite, que esto es original".
Expresión de alegría
Hablar aquí de su obra sería imposible. Pero, además, ella no necesita ni comentario ni defensa. Habla -o, mejor, canta- por sí sola. Poco dado a las disquisiciones teóricas o formales, cuando una vez le preguntaron cuál era el elemento más importante en la ópera, respondió: "A mí me parece que para hacer zapatos hace falta cuero". Movido por su infalible sentido teatral, afirmó también: "Para el teatro es necesario algunas veces que los poetas y los músicos tengan el talento de no hacer ni poesía ni música".
Así logró, al decir de Boito, esa maravilla de "hacer resonar todos los gritos y los lamentos del corazón humano, para terminar luego con una expresión de alegría". Y cuando no compuso más, dedicó sus esfuerzos a la creación del Ricovero , el asilo para cantantes pobres y ancianos que aún hoy funciona en Milán, y demandó tanto de su fortuna que hasta declaró en broma que él terminaría siendo su primer huésped.
Una breve carta de 1884, registrada en el laberíntico copialettere , parecería insignificante pero que nos lo pinta de cuerpo entero. En ella el inmenso artista (que está creando Otello ) se distrae para pedirle a su devoto Franco Faccio que "si pasa por el hotel Trombetta le dé estas cinco liras que le adjunto a ese pobre diablo del cochero de ese hotel. Es verdad que por su culpa casi perdimos el tren, pero ahora se me pasó la furia, y me desagrada no haber dejado nada para él".
Y por último rescatemos esta desgarradora confesión de 1895: "Nacido pobre, en un miserable pueblo, no tuve los medios de instruirme en nada. Me pusieron bajo las manos una miserable espineta y poco tiempo después comencé a escribir nota tras nota, ¡nada más que notas! ¡Eso es todo! Lo peor es que ahora, a los ochenta y dos años, dudo terriblemente del valor de todas esas notas. ¡Es para mí un remordimiento, una desesperación! Afortunadamente, a los ochenta y dos años queda poco tiempo para desesperarse".
Por suerte, hoy sabemos el valor de todas esas notas. Lo sabe el mundo entero. Lo supo ya aquella multitud de más de cien mil milaneses que detuvo el ritmo de la ciudad para acompañar sus restos hace cien años, cantando enfervorizada las estrofas del inmortal "Va´, pensiero!" con que sesenta años antes había nacido de la derrota a la gloria. © La Nación






