
Vil metal
"Poderoso caballero Don Dinero", así lo dijo un poeta en el siglo XVII y todo sigue igual. No es ningún descubrimiento comprobar el poder de ese metal calificado de vil, pero reverenciado más que al más santo de los santos.
Verdadero tirano que decide quién es más importante, quién es desechable, imprescindible o indispensable. Motor que activa o paraliza sectores vitales de países, familias o individuos. No trae necesariamente felicidad, pero calma los nervios, como suele decirse con cierto cinismo irónico. Es factor decisivo en casamientos entre futbolistas multimillonarios y jovencitas mediáticas con una máquina registradora como cerebro e hijos concebidos como futuras inversiones en caso de divorcio. Más tarde o más temprano todos estaremos atados a su carro triunfal, todos vamos a necesitarlo para darnos el gusto de viajar, gozar, curar nuestras enfermedades y las de nuestros seres queridos y, por qué no, para invertirlo, ahorrarlo, depositarlo en cuentas con o sin garantías, ganarlo y perderlo en especulaciones, casinos, prodes, tómbolas o jueguitos eróticos más o menos frecuentes. Ya sabemos que a pesar de su poderío no puede comprar el amor verdadero, el afecto real, la vida eterna o la ilimitada impunidad de hacer lo que se nos cante para siempre. Desata guerras, pero no puede pararlas; envenena mentes, pero no sabe fabricar el antídoto que pueda frenar el deterioro moral que a la postre nos hundirá en el caos y la decadencia. Puede ilusionarnos con el espejismo de la eterna juventud mediante cirugías, cremas, tratamientos y carísimas técnicas de recauchutaje, chapa y pintura más propios de modernos monstruos de Frankenstein que de eternos Narcisos, Venus con brazos o Apolos de bíceps brillosos y siliconados. Es también el vehículo de cosas buenas y de causas solidarias, bien utilizado para fomentar ciencias, educación, inclusión social, cultura y esparcimiento, puede redimirse de sus pecados de ostentación y abuso de poder.
Cuando se convierte en el único objetivo de vida suele ser letal y despiadado, y conduce a los hombres y mujeres de este mundo al descontrol, el delito, el asesinato y sobre todo a la anulación drástica de cualquier freno moral. En su aspecto más diabólico y perverso, borra vínculos sagrados y no habrá padres, hijos, amigos y afectos que no sean violados en la vorágine asesina de conseguir el poder por el poder mismo. Corrompe a jueces y policías, a funcionarios y a políticos, a ultra ricos y a paupérrimos y reina impune en palacios, congresos y villas miseria con la misma ferocidad.
La lucha eterna que debemos entablar para no hundirnos en la ciénaga inmunda de tener por tener, acaparar por codicia y no por real prevención de males mayores o por ejercer un poder mafioso sobre nuestros semejantes, es una lucha que vale la pena asumir, pues de eso depende en gran parte la futura y verdadera felicidad. Usarlo con mesura, compartirlo con los que amamos, gozarlo para acariciar nuestro espíritu con lo que más nos guste sin despreciar a nadie, ayudar a los que menos tienen dentro de nuestras posibilidades sin fomentar vagos ni ceder ante aprovechadores arribistas, evitando caer en el círculo vicioso de acumular y acumular especulando al soberano cohete y, en suma, usarlo nosotros y no ser usados por él, es una labor del día a día que merece ser asumida por los que ostentan el gran privilegio de tener más que la inmensa mayoría de seres humanos que navegan entre la estrechez y la total carencia de ese poderoso caballero tan necesario como cruel y despiadado.
Y, como siempre, la filosofía popular, la que se aprende sólo en la universidad de la vida, esa que no cobra otro arancel de ingreso que no sea el del sentido común, tiene su frase simple para los asuntos complejos y, en este caso, es aquella que nos dice sabiamente algo tan obvio como olvidado frecuentemente: las mortajas no tienen bolsillos.
* El autor es actor y escritor







