
Violencia en el deporte
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LOS disturbios que con frecuencia alarmante son la ingrata secuela de diversos acontecimientos deportivos -en particular, los encuentros de fútbol profesional- inducen a intuir la existencia de serios trastornos de conducta que, aquí y en otras partes del mundo, desencadenan tan ingratos episodios.
La plaga del barrabravismo es, al parecer, altamente contagiosa. Hace varios días se produjeron por lo menos tres de esos estallidos de violencia inaudita. Hubo riñas _verdaderas batallas campales_ en varias de las ciudades en las cuales fueron disputados encuentros del certamen de fútbol por la Eurocopa: los tristemente célebres y al parecer incorregibles hooligans ingleses tuvieron activa participación en los encarnizados enfrentamientos; tras el cotejo decisivo de la serie final del más encumbrado nivel del basquetbol norteamericano, los simpatizantes del equipo triunfador, Los Angeles Lakers, arrasaron los alrededores del estadio, y en San Pablo se registraron algunos incidentes entre argentinos y brasileños, antes, durante y después del segundo partido decisivo por la copa Libertadores de América. Por último, también se produjeron tropelías diversas en las inmediaciones del Obelisco, en Mar del Plata y en Neuquén, cuando los hinchas de Boca Juniors se lanzaron a las calles para celebrar la conquista de ese trofeo.
No fueron los únicos incidentes. Ayer provocó justificado estupor la noticia de que el lunes último un joven simpatizante de Rosario Central fue encontrado, en coma, bajo la tribuna norte del estadio de esa entidad, donde el sábado por la noche se habían enfrentado el equipo local y el de Independiente. Otro aficionado rosarino, amigo del anterior, fue internado con politraumatismos, tras el mismo cotejo, como consecuencia de la agresión de partidarios del visitante. ¿Cuál es la seguridad existente en ese estadio si un herido grave permaneció 41 horas abandonado y sólo fue atendido al ser divisado desde una entidad deportiva aledaña?
Ningún argumento puede convalidar la perversa coexistencia del deporte y la violencia. Ni siquiera la desalentadora declaración de algunas autoridades inglesas en el sentido de que son impotentes para controlar a sus exaltados compatriotas.
En realidad, no hay cómo explicar por qué razón el deporte, sinónimo de bienvenido y grato esparcimiento _afortunadamente así lo entiende la mayor parte de los aficionados_, les abre las compuertas del salvajismo a esos grupos ínfimos que, sin embargo, se bastan para desnaturalizarlo incluso cuando sólo se trata de celebrar una victoria.
Tan oprobiosos y reiterados ejercicios de la violencia hasta darían pie a temer que ese patoterismo impenitente se haya convertido en incurable lacra universal. Pero esa aprensión será infundada, en definitiva, si la sociedad no baja los brazos y, por el contrario, se empeña en exigirles a todos los responsables de enfrentarla que hagan cuanto fuera necesario _con sinceridad y en forma solidaria_ para que la violencia y sus protagonistas sean desterrados del deporte para siempre.




