
Violencia en la televisión
Por Roxana Morduchowicz Para La Nación
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Semanas atrás, el caso de la docente muerta en Olavarría apuñalada por su alumno despertó una vez más el debate sobre las causas de la violencia juvenil. En este debate, la televisión apareció nuevamente como una de las posibles responsables de las conductas violentas de los niños y jóvenes.
Con frecuencia, cuando la sociedad quiere explicar ciertas conductas de los chicos y los jóvenes, recurre a la televisión. Así, cuando se trata de hablar de la violencia, una de las primeras dimensiones del debate es la programación audiovisual: "Demasiadas series excesivamente agresivas", suele argumentarse.
La conclusión, sin embargo, no puede ser tan lineal. En todo el mundo, los discursos implacables y condenatorios hacia la televisión comienzan hoy a cuestionarse. Sucede que las nuevas tendencias no se detienen más en analizar los efectos aisladamente, sino en sus contextos de recepción. La relación con el medio de comunicación no es vista como una relación individual de cada niño, sino como una relación generacional, familiar y social.
Se condena con ligereza
La condena a la televisión por la violencia de sus programas ignora a la sociedad en la que esas emisiones circulan. Decir que los chicos que ven programas violentos son violentos es pensar en un receptor pasivo que absorbe lo que ve, lee y escucha del mismo modo en que recibe el mensaje. Y que todos los chicos son igualmente "débiles" e influenciables ante la pantalla chica.
Estas ideas, sin embargo, han perdido actualidad. El receptor pasivo no existe. Y los chicos no son iguales ni "débiles" ante los mensajes televisivos. Pensar en los chicos como víctimas de una televisión que no hace otra cosa que devorárselos es hoy irreal.
Una investigación de origen francés recientemente publicada explica que, frente a imágenes violentas de diferentes programas y géneros televisivos, los chicos no sólo no expresan actitudes violentas, sino que responden activamente a las imágenes: desarrollan estrategias individuales y de grupo para procesarlas sin reflejar en ningún caso, una conducta agresiva.
Un estudio italiano, realizado hace pocos meses, cuya intención fue relevar la respuesta acerca de "quién es más violenta, la televisión o la realidad", encontró que un 85 por ciento de jóvenes de doce a catorce años optó por "la realidad".
Los chicos y los medios
¿Quién puede asegurar que la violencia de una serie o telenovela influye más sobre los chicos que la violencia de una guerra que se ve en el noticiero? Los estudios internacionales no aseguran que la violencia de la ficción sea más negativa que la violencia de la realidad reflejada en la calle, en la ciudad o en el país.
En los Estados Unidos, según una muy reciente investigación, el 60 por ciento de chicos de dos a dieciocho años tiene televisión en su cuarto. En ese país, el debate se centra hoy en la "privatización" que sufrió el uso de la TV entre los chicos, es decir, en el acto privado que supone ver televisión para cada vez más niños y jóvenes. El 60 por ciento de los chicos norteamericanos tiene en su pieza, además de la TV, grabadores, aparatos de CD, radio y videojuegos. Los chicos viven gran parte de su relación con los medios dentro de su habitación y al margen de la presencia adulta. Y esta ausencia de los adultos es hoy, en Estados Unidos y Europa, el eje del debate social. Hacer de la práctica televisiva un acto compartido, "lo más público posible", es el principal llamado de atención.
La televisión no es ni buena ni mala. En todo caso, deberíamos decir que, para algunos chicos en determinadas condiciones, la televisión puede ser beneficiosa. Para otros chicos en las mismas condiciones o para los mismos chicos en otras condiciones, la televisión puede ser perjudicial. Más que preguntarnos qué hace la televisión con los chicos, el interrogante hoy es qué hacen los chicos con la televisión.
Esta parece ser la nueva pregunta para el debate. Sin miradas apocalípticas. Sin culpar a los medios. Y, ciertamente, sin idealizarlos. Lo bueno y lo malo. Pero siempre, en el contexto social que los produce, vehiculiza y resignifica.
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