Volver a la infancia
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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“A veces es saludable volver a ser niños, sobre todo en Navidad, cuando su Divino Fundador era niño también.” Charles Dickens, Una canción de Navidad
La Navidad está llamando a nuestra puerta. El árbol, seguramente, ya está armado. El pesebre, acaso, también. Los regalos ya están esperando las manos que los recibirán. En una fiebre consumista típica de estos tiempos (con sabor y sinsabor a estrés, corridas y vacilaciones) ya recorrimos montones de tiendas y elegimos cosas para cada miembro de la familia. Pero muy particularmente para ellos, los niños. Hijos, nietos, sobrinos, los más chiquitos... Esta fiesta es de ellos. Papá Noel fue inventado por ellos. Su bolsa llena de sorpresas, su trineo y sus renos imaginarios fueron fantaseados porque existen ellos, los “locos bajitos”, como los llama Serrat.
Y está bien que así sea. La Navidad es un sentimiento. Celebra un nacimiento sagrado y lo comparte en familia. En Nochebuena todos parecemos llevarnos bien y amarnos, aunque los otros días del año no siempre sea así. Pero toda esta alegría ocurre porque están los niños. Su fascinación ante los regalos, a medianoche, es nuestra fascinación. Vibramos con ellos, volvemos a ser como ellos, mimados, agasajados. Regalamos y nos regalan, damos y recibimos. Otros piensan en nosotros y buscaron para nosotros el obsequio que, presumen, nos va a gustar. Porque conocen nuestros gustos, o los adivinan, o los averiguan.
Ya no importa que Papá Noel sea un personaje infantil creado hace décadas por los alemanes o por los publicitarios de una bebida cola, y que se lo comercialice; lo que importa es que en esa noche mágica que es la Nochebuena él se corporiza para todos nosotros. Para ese jardín de infantes que formamos los adultos junto a los más pequeños y que espera su misteriosa llegada por los techos, por las chimeneas o a través de las tinieblas, colgado de una estrella.
¿Por qué la Navidad se ha convertido en un género literario, cinematográfico y discográfico? ¿Por qué hay cuentos de Navidad (desde Andersen y Dickens hasta Bradbury y Paul Auster)? ¿Por qué, antes de las Fiestas, en el cine y en la televisión abundan los films cuya temática es la Navidad? ¿Por qué aparecen grabadas en CD canciones navideñas de famosos intérpretes populares? Porque, más allá de su importante sentido religioso, la Navidad es un sentimiento. Tiene, además, un hechizo especial, que tiene éxito: el aroma de la infancia. Esa infancia que para Rilke constituía un país aparte, un territorio propio. La Navidad está llena de adornos y elementos festivos, de brillos, de colores, de ángeles y duendes, de personajes maravillosos, dignos de los cuentos de hadas. La Navidad viste de fiesta a toda la ciudad.
Vamos a transcribir, en la traducción de Ana Alcaina, un cuento sufí de Hazrat Inayat Kahn (1882-1927). Dice el cuento: “Cierto día, un niño se dirigió a su tutor, muy perplejo, porque un chico le había dicho: «¿Crees en Santa Claus? Si es así, haces mal, porque Santa Claus nunca ha existido». El niño estaba muy disgustado porque le acababa de escribir una carta a Santa Claus justo antes de Navidad. Y en su desesperación se acercó a su tutor y le preguntó: «Existe o no existe Santa Claus?» Suponiendo que el tutor le hubiera contestado: «Sí, existe», al cabo de cuatro o cinco años el niño le habría dicho: «No, no existe», y suponiendo que el tutor le hubiese contestado: «No existe», la fe del niño habría desaparecido por completo. [...] Pero el tutor le dijo: «Escucha bien lo que voy a decirte: todo cuanto la mente puede concebir existe. Si no existe en el plano físico, existe en la esfera de la mente. Así que nunca digas que no existe. A quien te diga que no existe, respóndele que existe en la esfera de la mente», y el niño se quedó muy impresionado con esta respuesta”.Nosotros también. Agregaríamos al cuento sufí que Papá Noel existe no sólo en la esfera de la mente, sino en la del corazón. Papá Noel representa el Amor (con mayúscula), sin condiciones, y por eso es lo que es para grandes y chicos.
Sería lindo que en esta vuelta a la infancia que implica la Navidad –según el acápite de Dickens– reaviváramos a ese niño interno, a esa niña interna que están dentro de nosotros y que nunca se fueron de nuestro interior. A veces esa criatura está dolida, herida, triste, necesitada, porque no hay infancia sin golpes, temores y enojos, estigmas. Esa criatura ya casi no tiene voz en nuestra vida de hoy. La tenemos tapada, olvidada, abandonada.
La Nochebuena es una buena oportunidad para decirle a esa criatura un poco dormida que la queremos. Que la queremos igual que a los hijos, los nietos, los sobrinos, etc. Y para sellar este afecto, reafirmarlo, con un regalo, lo que a él o a ella –es decir, a usted– le gustaba cuando era un niño, cuando era una niña. Quizá le pueda regalar un chupetín, un libro para colorear, una muñeca de trapo o una nave espacial. Podemos colocar ese regalo junto al árbol de Navidad, como regalo de Papá Noel para nuestro “loco bajito”. Sería una nueva manera de festejar la Nochebuena, regalando a los demás, recibiendo regalos de ellos y también regalándonos “juguetes” a nosotros mismos. Reconociendo así a esos enanos que fuimos y seguimos siendo más allá de los disfraces, las máscaras y las imágenes que hemos construido de nosotros, para nosotros y para el mundo externo: los otros.
En esta nueva celebración, seríamos todos niños, jugando un nuevo juego. Volveríamos así a una comarca encantada, de la cual salimos, pero no tanto. ¡Feliz Navidad para todos!

