
Votos sinceros, votos mentirosos
Por Orlando Barone
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VOTAR en primavera no es lo mismo que votar en invierno. Las ventajas de la estación respecto del estado de ánimo de los votantes en el momento de decidir su futura administración política son obvias. Al menos en la elección de la oportunidad hay un acierto. El sol calienta para todos.
También es previsible que poder desembarazarse en paz, y hasta con algún tardío resto de reconocimiento por los servicios prestados de quien fatigó durante diez años la conciencia colectiva, es un alivio psicofísico para la gran mayoría. Aunque sin descartar adioses genuinamente melancólicos y otros genuinamente protocolares.
Les ha pasado a los españoles con Felipe González y eso que había sido tan simpático; a los franceses con Mitterrand, tan querido; a los rusos con Gorbachov, hoy imperdonable; a los ingleses con Thatcher.
Así que ahora hay gente que aquí sería capaz de ir a comprar el libro Universos de mi tiempo , de Carlos Saúl Menem, para poder entender, ya sin el temor a que se quede otro período, a quien como escritor demuestra en su testimonio personal una inesperada familiaridad con citas de Goethe, Gide,Victor Hugo, Tocqueville, Rousseau, Mateo, Lucas, Mahatma Gandhi y Teresa de Calculta. En este libro, en cuyo título el plural de la palabra universo permite deducir que el singular no le basta aunque es amplio, el autobiografiado se confiesa más borgeanamente que Borges. "Lo cierto -dice imitando su estilo- es que fue una obra vasta y plural, y que, como toda obra humana, está incompleta." Dios debe estar aplaudiendo tan modesta autodimensión biológica de Menem al hablar de su gestión.
Imposible separar del próximo voto argentino su figura centrípeta: si algo enmarca al nuevo acto eleccionario es la disconforme actitud del saliente por abandonar su función; interrupción constitucional asumida con desafortunada resistencia y con displicente desdén hacia los candidatos que se disputan reemplazarlo -según él- sin comparársele en dones. Naturalmente fue la sociedad la que usó sus atributos para disuadirlo.
Hay quienes, con argumentos, consideran que el voto obligatorio es demasiado indiscriminado e impone decidirse a quienes no tienen ningún interés en involucrarse; hay otros que, al contrario, estiman que la obligatoriedad es inherente a la todavía inmadura conciencia democrática colectiva. El country, el club, el miniturismo, el asado, la siesta y el picado de fútbol suelen surtir al escenario del día del sufragio con tentaciones vitales distractivas que, en algunos casos, apurarán votos sin demasiada introspección ideológica ni geopolítica. Hay casos en que la vocación por distanciarse a 501 kilómetros, resume la fervorosa distancia a que el absuelto votante se encuentra de la urna. Encuestas y análisis de especialistas demuestran, en los últimos tiempos, un desapego ambiental respecto de los políticos y de la política, pero no del sufragio. La globalidad tiende a jibarizar el localismo. Tanta cosmovisión puesta sobre individuos nativos, que viven a la vuelta de la esquina, tiene sobre éstos efectos empequeñecedores a veces injustos. Todos en este mundo somos pigmeos, incluyendo a los protagonistas del staff protagónico.
Como herencia democrática aquel desinterés por el destino político no parece un mérito de la administración saliente; aunque tampoco los herederos deberían ponerse en el rol de damnificados indefensos. Si el shopping llegó a adquirir más atracción por lo que ofrece que por lo que quita, cada uno sabe lo que siente. Admitirlo es una señal de sinceramiento.
Hay diez fórmulas presidenciales: veinte individuos (sólo dos mujeres) -de los cuales más de la mitad son desconocidos para la mayoría- que aspiran, sueñan, se ilusionan en que podrán repartir más justicia que injusticia.
Objetivo imposible pero esperanzador. Aunque los votantes argentinos de hoy son modestos: después de una década de grandezas sólo aspiran a poder disfrutarlas en la realidad, aparte de que luzcan presumidas en los balances económicos. De los veinte candidatos únicamente serán dos los que triunfen y apenas cuatro los que protagonizarán la definición. No hay izquierda relevante; ni siquiera en un toque cultural: y eso es ya una elección. Se asume un concepto cristiano generalizado de piedad por los desposeídos, que están ya tan cerca de uno que incomodan. Sólo por usar una palabra elegante.
Cuando uno vota no está solo. Sería necio creerlo. Aunque el tipo vote lleno de un egoísmo animal y él mismo crea hacerlo únicamente por él solo, votan con él su crianza, su educación, su familia, sus sueños, sus rencores. Votan su cuerpo y su corazón, su hipocresía y su autenticidad.
Nadie lo dice pero el voto es el acto en el que uno se sincera como ciudadano ante sí mismo. Es en el voto cuando tiene conciencia de cómo es respecto del todo social: cada uno sabe la canallada que comete cuando vota contrariando lo que manifiesta públicamente o cuando sabe que vota sin saber por qué emite ese voto en vez de otro. O peor, si al votar es consciente que entierra el destino de muchos teniendo la certeza de que él obtiene beneficios. La insignificancia de la decisión personal en medio de una masa de millones suele aliviar la culpa o la responsabilidad: es un atajo demasiado cómodo, y cínico. El destino de uno está ligado al de los otros. En el desgraciado caso de Villa Ramallo se vio un ejemplo en menor escala de esa interrelación social. Rehenes y ladrones, autoridades, empresa y sociedad todos juntos en un mismo escenario representaron una obra desafortunada. El voto de uno tiene que ver. Albert Camus decía: "Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo".
En su libro, Menem dice: "Cuando hablo es porque estoy dispuesto a ser esclavo de mis palabras".
Que nuestro voto no mienta.





