
Vuelta al pasado
Hagan memoria: el 11 de septiembre pasado, científicos de veinte países europeos armaron flor de bambolla cuando, en las afueras de Ginebra, Suiza, pusieron en marcha un artefacto de ciencia ficción, bastante estrambótico, tan grande como media cancha de fútbol y emplazado cien metros bajo tierra. Lo llamaron "la máquina de Dios" y su misión consistía en colisionar partículas subatómicas (a razón de 600 millones de colisiones por segundo), con el propósito de remedar un fenómeno bastante extraño -singular, por lo menos- que los astrónomos denominaron Big Bang, o inauguración oficial del universo, o mutación de la antimateria en materia. Armar ese esperpento requirió, durante doce años, el trajín de cinco mil ingenieros nucleares, a cual más atacado de averiguar cómo había sido ese asunto de la Creación.
Cinco o seis días después, "la máquina de Dios" empezó a sufrir mareos. Un diagnóstico precoz permitió establecer que la tracalada de colisiones (sólo posibles a una temperatura de 271 grados centígrados bajo cero) le habían provocado una severa lipotimia.
Al octavo día, cuando la prensa mundial ya casi había agotado su repertorio de ditirambos, sucedió lo peor: el engendro empezó a echar humo, se le empastaron las bujías y el burro de arranque comenzó a remolonear. Lo cierto es que desde fines de septiembre nadie ha tenido más noticias del chiche, como no sea la de que su colosal telaraña de circuitos ha de requerir un examen clínico tan minucioso como el del sistema nervioso de los científicos allí congregados, sumidos en atendible frustración.
Paralelamente, una propuesta tanto o más afiebrada parece excitar a muy reputados biólogos de la Universidad de Pensylvania. Créase o no, se están tomando en serio el trabajo de volver a la vida al mamut, un elefante pelilargo, medio hippie, que pobló la estepa siberiana hacia el año 10.000 antes de Lenin.
Como quienes remedan a Steven Spielberg, tales biólogos han dicho que, gracias al avance tecnológico, basta disponer de un pelo, una pluma, una astilla de cuerno o un trozo de uña para decodificar el genoma de cuanta alimaña se haya extinguido en el transcurso de los últimos 600 siglos (lapso en el que todavía es posible sacarle jugo al ácido desoxirribonucleico, es decir, el ADN).
Pero nadie vaya a suponer que la necesidad de volver la vista al pasado es sólo manía de los científicos. En Buenos Aires, un Perón de bronce, de cuatro metros, a espaldas de la Casa Rosada, quizá contribuya a rastrear qué suerte corrió el peronista de más noble cuño, el descamisado auténtico. Para algunos historiadores -oligarcas, seguro- este asunto tiene concomitancias mitológicas.





