William Smith: "La lógica K de hiperconcentración de poder supera al kirchnerismo, y es recurrente en el país"

Para el politólogo norteamericano, estudioso de la política argentina, el fin de la gestión de Cristina Kirchner no implica necesariamente el fin de un modo de ejercer el gobierno
Raquel San Martín
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24 de noviembre de 2013  

William Smith no tiene que ir mucho más allá del diario para buscar un ejemplo de lo que llama la "lógica K": "Los cambios de gabinete ejemplifican una lógica de poder que explica los éxitos y los fracasos. En los momentos buenos, la lógica K redobla la apuesta, pero lo mismo hace en los momentos malos", dice. "Estamos llegando al fin de un gobierno, pero no se sabe si es el fin de un ciclo", apunta. En rigor, completa, esta ausencia de "mecanismos de autocorrección de rumbo" trasciende los gobiernos kirchneristas, y también a la matriz peronista de la que surge y de donde, pronostica, provendrá casi con seguridad el próximo gobierno. Es más bien una marca de la cultura política argentina: la concentración de poder en el Ejecutivo, el hiperpresidencialismo, los horizontes temporales acortados para proponer políticas y candidatos, que explican hasta las crisis económicas.

Politólogo, profesor del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad de Miami, editor de la prestigiosa revista Latin American Politics & Society y estudioso de la política argentina y latinoamericana desde los años 70, Smith pasó una semana en el país, invitado por la embajada de los Estados Unidos, que le organizó un verdadero tour de conferencias en distintas instituciones, entre ellas, la Universidad Torcuato Di Tella, donde analizó los 30 años de democracia argentina.

En perfecto español –aprendido en familia y practicado en la ciudad en la que vive desde hace 25 años–, Smith despeja mitos. "El votante argentino es hiperracional, sabe y quiere elegir. Pero votar no siempre es elegir, porque las políticas que implementa el gobierno después con frecuencia no tienen mucho que ver con las opciones electorales que se mostraron a los ciudadanos", dice.

"Hay una especie de complicidad, entre políticos y ciudadanos, que deja al votante sin opciones claras", dice en diálogo con LA NACION, en el que criticó el discurso de la gestión como argumento electoral –"No prepara el terreno para gobernar"– y alerta sobre la necesidad de tener una política exterior que esté pensando en escenarios si, por ejemplo, Brasil mejora sus relaciones con los Estados Unidos.

–El término "democracia" puede ser polisémico. A juzgar por las transformaciones que usted ha venido viendo en los sistemas políticos latinoamericanos en los últimos 35 años, ¿qué definición de democracia prevalece en la región?

–El concepto de democracia ha tenido varios significados. En los años 60 y 70, con las dictaduras y los movimientos sociales por la redemocratización, para la izquierda la democracia era casi algo despectivo: la democracia formal, burguesa. Pero después de las experiencias desastrosas de las dictaduras, la más violenta en la Argentina, hubo una convergencia más allá de diferencias ideológicas hacia una conceptualización de la democracia como un sistema de arreglos institucionales, que muchos dicen es una definición minimalista, centrada en elecciones y partidos. En el caso de la Argentina y de otros países, rápidamente y a raíz de las reformas neoliberales, surgió el problema de una democracia consolidada, pero de mala calidad institucional, la "democracia delegativa" que caracterizó mi amigo Guillermo O’Donnell, el problema de la transparencia, el juego constitucional, la movilización de la sociedad civil, y los medios, que tienen su papel específico en controlar y exigir transparencia. La democracia fue ganando significados adicionales y no es sólo votar, sino la expansión de los derechos, de todo tipo, a los grupos subalternos, históricamente excluidos. No es apenas crecimiento con inclusión socioeconómica a través del mercado.

–Hay muchos analistas aquí que dicen que en la Argentina predomina la idea de que democracia es ir a votar, pero luego los ciudadanos se desentienden de lo que hacen los dirigentes.

–Es un problema universal. En Estados Unidos tenemos también una desconexión entre el ciudadano que no se siente representado en el juego competitivo electoral de los republicanos y demócratas. El colapso partidario es un problema típico de América latina y, aunque aquí el problema no es tan grave como en otros países de la región, después de las experiencias desafortunadas de las salidas precipitadas de presidentes radicales del gobierno dos veces, y la erosión de las identidades partidarias, lo que sobrevive es la identidad peronista, que también ha sufrido fuertes transformaciones. Si bien con los Kirchner el sindicalismo reapareció después de haber sido domesticado bajo las presidencias de Menem, el partido se ha transformado con un fuerte componente clientelístico y de política territorial. Todo eso dificulta el juego ciudadano de elecciones y partidos.

–El panorama es confuso para los votantes.

–Durante mucho tiempo hubo gente que decía que en América latina el pueblo no sabía votar, sobre todo en Brasil por las fuertes desigualdades, y que los electorados norteamericanos y europeos sí eran racionales. La nueva ciencia política argentina ha mostrado definitivamente que el votante argentino no sólo es racional, es hiperracional. El problema no es que el ciudadano no pueda elegir o no sepa hacerlo, sino las ofertas que tiene enfrente, si realmente se le presentan opciones creíbles. Es posible que en 2015 tengamos una vez más una interna peronista en las elecciones presidenciales, junto con la dispersión y fragmentación de la oposición. Es probable que un candidato peronista oficialista o disidente pueda ganar casi por default.

–A veces se escucha aquí que el peronismo es el único partido que puede gobernar la Argentina. ¿Usted coincide?

–Es el relato oficial del peronismo, el que se ha instalado en el sentido común justamente a raíz de la salida precipitada de Alfonsín y de modo más desastroso de De la Rúa. Pero eso no quiere decir que las crisis económicas recurrentes hayan dejado de existir, por ejemplo. Me impresiona la manera ligera con que hoy se habla del fin del ciclo K. Con la imposibilidad de la reelección es verdad que estamos llegando al fin de un gobierno, pero no se sabe si es el fin de un ciclo, de una lógica. Dos tercios del crecimiento acumulado y de la generación de empleo sucedieron en los seis primeros años de la década K, es decir, estamos en un punto de posible inflexión del desempeño económico. Obviamente eso obedece, para bien o para mal, a políticas económicas del Gobierno, pero también al boom agroexportador que ha beneficiado a muchos países de América latina de izquierda y de derecha.

–¿Se puede terminar el gobierno de Cristina Kirchner, pero no el kirchnerismo?

–A cualquier gobierno le gustaría ver a su partido ganando y que se dé una prolongación de su proyecto. No sé si eso sería Capitanich, Scioli o un nombre desconocido. Sergio Massa y su coalición tienen una identidad peronista que busca cruzar las fronteras territoriales y hacia un electorado opositor. Alguna vertiente de la matriz peronista tendrá seguramente ventajas, sobre todo si la oposición sigue siendo tan inepta en articular una alternativa viable.

–¿Qué balance hace de los 30 años de democracia?

–Comenzaría por los grandes logros. Alfonsín avanzó mucho en el tema de derechos humanos y con el juicio a las Juntas; Menem y Cavallo, que no son de mi preferencia, bien o mal, con el neoliberalismo, la cirugía mayor sin anestesia y la convertibilidad acabaron con la hiperinflación, y hay que reconocer el mérito de Menem, por motivos distintos de los de Alfonsín, de acabar con las rebeliones militares. El primer logro de Duhalde y Kirchner fue estabilizar la economía luego de un colapso total y una crisis sin precedente. Hay que reconocer también el mérito de Néstor Kirchner de reconstruir la política y su autonomía, y la autoridad del Estado frente al mercado y los excesos del neoliberalismo. De Cristina Kirchner en términos comparativos diría que ha implementado políticas sociales, la Asignación Universal por Hijo, la expansión de derechos civiles y, por eso, de las fronteras de la democracia.

–¿Y del lado negativo?

–La contracara, sobre todo en la última década, es la concentración de poder en el Ejecutivo. Con las leyes de emergencia, los superpoderes, la capacidad del Ejecutivo de dominar las provincias, en la última década hay una lógica parecida a los 90 aunque con contenido diferente, sobre todo en cuanto a proyecto económico. Pero la lógica K supera al kirchnerismo; es una lógica de hiperconcentración de poder en el Ejecutivo, que es un fenómeno recurrente en la Argentina. Se habla mucho de un modelo K. Yo no sé si hay un modelo. Lo interesante es lo que algunos, como Marcos Novaro, llaman un método K, una lógica K, que en los momentos buenos, aprovechando los recursos generados con el boom económico, responde siempre "vamos por todo", redobla la apuesta o profundiza el rumbo, y también lo hace en los momentos malos: pasó en 2008 con la 125, y ahora mismo está pasando con los cambios de gabinete, que ejemplifican una lógica de poder que explica tanto los éxitos como los fracasos. Como describía O’Donnell, los hiperpresidencialismos pueden llegar al auge de popularidad y relato épico, pero por la misma lógica no tienen mecanismos de autocorrección de rumbo, sobre todo con una oposición débil y fragmentada.

–No parecen existir cambios estructurales que eviten las crisis recurrentes.

–Creo que, más allá de las lecturas económicas, esos problemas cíclicos siempre parecen tener origen fiscal, tanto en el menemismo como en el kirchnerismo, supuestamente modelos diferentes. Eso tiene que ver con la existencia de un partido hegemónico, la fragmentación partidaria, el hiperpresidencialismo… ¿Cuáles son los incentivos para que el Ejecutivo no sobreactúe en los momentos de boom? En esta lógica de los hiperpresidencialismos, sin un adecuado control del Parlamento o la sociedad civil, se da un achicamiento de los horizontes temporales, se piensa en el ciclo electoral, se hace todo para maximizar el voto a corto plazo; la oposición no habla de austeridad, pero si tuviera la chance haría lo mismo. Cada presidente para ser elegido tiene que demonizar al gobierno anterior y prometer una ruptura total. El problema es cómo alargar los horizontes temporales, también para el votante hiperracional que necesita alternativas por parte del juego partidario. En Chile, la democracia tiene muchos problemas, pero con la Concertación y con Piñera han sabido implementar políticas contracíclicas que implican autolimitarse en los momentos de boom para acumular reservas. Me parece que la lógica política en la Argentina lleva, independientemente del signo ideológico, a implementar políticas procíclicas.

–Otro de los legados que se marcan de la década K es la polarización, pero también hay quienes discuten ese punto.

–En una sociedad con pérdida de identidad partidaria y desalineamiento partidario, y con el partido dominante transformándose de un partido con fuerte componente obrero sindical en uno más clientelista y territorial, la polarización ideológica no parece ser el motor. En la sociedad norteamericana se habla mucho de polarización, por ejemplo, pero las encuestas muestran que son las elites y los partidos los que están polarizados y también un poco los medios. Por supuesto, eso tiene un efecto de derrame en la sociedad.

–Hay un discurso que ha sido muy exitoso en las urnas aquí, que es el de la gestión y el ocuparse de "solucionar los problemas de la gente".

–Es una manera de ganar elecciones y también se repite en todos los países, pero no prepara el terreno para gobernar. Hay una coalición electoral que luego no se traduce en una coalición para gobernar. El caso más extremo en la Argentina fue Menem proponiendo salariazo y luego vino la cirugía mayor. El votante argentino es hiperracional; sabe y quiere elegir. Pero votar no siempre es elegir, porque las políticas que implementa el gobierno después con frecuencia no tienen mucho que ver con las opciones electorales que se mostraron a los ciudadanos. También es responsabilidad de la oposición, que no hace campaña enfatizando diferencias. Nadie quiere decir que habría que implementar una devaluación, porque eso implica inflación y baja de salarios. Entonces, hay una complicidad de ambos lados, entre políticos y ciudadanos, que deja al votante confundido o sin opciones claras.

–¿Qué etapa atraviesan hoy las relaciones de Estados Unidos con América latina?

–Hoy, se está dando el fin de la pretensión hegemónica de los Estados Unidos, por varios motivos. América latina ocupa un lugar marginal en la agenda estratégica norteamericana por la obsesión con la guerra, Irak, Afganistán, el terrorismo, China, y también por el hecho de que América latina es una zona de paz, no representa ninguna amenaza. Por otro lado, Estados Unidos ya no tiene una política exterior igual para todos. El fracaso del ALCA fue una derrota para lo que yo llamaría el último esfuerzo de un proyecto hegemónico que englobaría la región. Con eso, Estados Unidos ha privilegiado relaciones bilaterales y ahora está muy interesado en la Alianza del Pacífico, México, Chile, Colombia, Perú, que incluye Japón y otras economías asiáticas, menos China.

–¿Y qué lugar tiene Brasil en ese contexto, y dónde deja eso a la Argentina?

–Brasil está emergiendo como líder regional, pero también como jugador global. La Argentina ha elegido a Brasil como su socio estratégico, pero en el nuevo tablero internacional los vecinos están un poco molestos con varias políticas erráticas de la Argentina, y Brasil empieza a cuestionarse si para su proyecto de jugador global los vecinos son una ventaja que fortalece su liderazgo o son un problema. Hay mucha gente que dice que la Argentina enfrenta un momento externo muy propicio, que de alguna manera se compara con la generación del 80. El país no ganó mucho con las relaciones carnales con Estados Unidos en los 90. Ahora, con la emergencia de China y el fin de la hegemonía norteamericana en el modo tradicional, de nuevo hay opciones, y ni Estados Unidos ni China pueden exigir la opción exclusiva. Uno puede jugar a dos puntas. Pero ¿qué sucede si Brasil logra establecer una relación más madura con Estados Unidos, profundiza su relación con China? ¿Dónde queda la Argentina? Percibo aquí una preocupación de muchos especialistas en la dificultad que hay en la Argentina para establecer una política exterior de Estado.

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