Yofre, cien años después

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15 de diciembre de 2009  

El embajador doctor Felipe Yofre, de cuyo nacimiento se cumple el centenario, tenía los modos pausados, el claro decir, la postura sencilla, la cordialidad sin esfuerzo y el valor personal y la cultura disimulados, natural en las antiguas familias criollas de las que provenía por los lados paterno y materno. Muchos de sus hijos, desde los albores de la Revolución de Mayo y después, se habían propuesto en medio de reyertas y tribulaciones una tarea casi imposible: instalar en el inmenso territorio argentino, desprovisto de casi todo lo que podríamos denominar "civilización", una nación destinada a vivir en libertad dentro del orden.

También querían una nación unida por la historia de los afanes comunes de la guerra de la independencia y la voluntad de gozar de instituciones políticas que aseguraran la propiedad, la libertad de transitar, trabajar, pensar y transmitir sus ideas y convicciones, creer en el dios que les pareciera y tener derecho a un juicio justo resuelto por un juez imparcial.

El gran enemigo era el desierto, ocupado por indios salvajes dedicados al pillaje, manadas de perros cimarrones tan peligrosos como los indios, carencia de autoridades que pudieran imponer ley alguna y masas carentes de la más elemental educación, en un país sin límites precisos ni aceptados internacionalmente.

Para construir el destino anhelado, adoptaron, con sus más y sus menos, la Constitución de los Estados Unidos, impusieron la educación primaria obligatoria, crearon todas las escuelas que pudieron, incluso las de educación superior, se aliaron con Gran Bretaña, que era la primera potencia mundial de aquella época, y construyeron ferrocarriles, pensando que sus brazos de acero pondrían en contacto a unos y otros y constituirían la estructura de la unión nacional.

Aquellos hijos de la Patria convocaron a nuestros antepasados europeos, les ofrecieron más libertades, más posibilidades de ascenso social, económico y cultural que las que ellos y sus descendientes jamás habían gozado en sus patrias de origen.

Esos inmigrantes y aquellas familias criollas tenían algo en común, que constituyó la amalgama de una unión de formidable eficacia. Era el sentido heroico de la vida, que hizo a los primeros arrostrar los peligros del mar y de esta tierra desconocida, y a los segundos, arriesgarlo todo al servicio de su país.

Felipe Yofre perdió a su padre a los tres años. Fue educado por su tío, también llamado Felipe Yofre, de arraigada familia cordobesa y cuya impresionante carrera política lo había llevado a las puertas de la presidencia de la República. Había sido antes, amén de brillante abogado, diputado nacional, juez de la Cámara de Apelaciones, nuevamente senador nacional y, finalmente, ministro del Interior y de Relaciones Exteriores de ese excelente catador de hombres que fue Julio A. Roca.

Aquel personaje formó el carácter del doctor Felipe Yofre, fiel exponente de esa educación. El se sumó a la generación de dirigentes que se unieron a los conservadores desalojados del gobierno por la revolución del 4 de junio de 1943. Sabían que con esa decisión les aguardaba el sacrificio de una lucha casi temeraria.

Esa revolución, de indudable corte fascista, prohibió la actuación de los partidos políticos, encarceló opositores, degradó la libertad de prensa e intentó someter a sus designios a universidades y a profesores. Varios de sus mentores querían aliarse con el nacionalsocialismo y crear un polo antialiado en América del Sur durante la Segunda Guerra Mundial. El resultado de tal actitud en el campo internacional originó que, para comienzos de 1944, la Argentina estuviera aislada del sistema interamericano.

El 2 de agosto de 1944, el líder del mundo libre Winston Churchill dijo: "Nosotros sentimos gran pena y también ansiedad como amigos de la Argentina en este tiempo de prueba para las naciones, porque no se ha comprometido a declarar sincera, claramente y sin reservas que está del lado de la libertad y ha elegido enredarse con el mal y no sólo con el mal, sino con el lado perdedor". Desde esa revolución, la Argentina ha declinado su importancia y gravitación en el mundo, de los primeros puestos en que se hallaba en 1943 hasta la bajísima calificación actual, que la ubica alrededor de la posición 70, o aun inferior, respecto del concierto mundial de naciones.

Yofre fue presidente del Partido Demócrata y secretario del comité nacional. Fue el factor de unión de fuertes personalidades, merced a su impecable tacto y diplomacia. En horas de prueba, Felipe Yofre conoció la cárcel, a la que fue arrojado en varias oportunidades sin motivo alguno, todo lo cual soportó con singular entereza, apoyado moralmente por su compañera, la sin par Cristina Bonorino de Yofre. En otra oportunidad, no tuvo más remedio que esconderse varios meses en Corrientes, al amparo de su amigo Elías Abad. Después de la revolución de 1955, Yofre fue embajador en Paraguay, primero, y posteriormente en Perú, destinos en los que puso al servicio del país sus conocimientos históricos, el estilo propio de un político de primer orden y la simpatía que moderaba su robusta manera de ser.

Falleció prematuramente, a raíz de una operación quirúrgica, a los 50 años. Dejó muchos amigos consternados, a los conservadores sin un dirigente de su talla y a la nación argentina sin un hombre de la democracia que hubiera sido particularmente útil para afianzarla. Sus siete hijos continúan con honor una estirpe de servicio a la Patria.

El Partido Demócrata de la Capital Federal honrará hoy a la República en la figura del embajador Yofre, en Rodríguez Peña 525, a las 19. Hablarán los doctores Alberto Allende Iriarte, Oscar Camilión, Enrique Pinedo y el autor de esta semblanza. © LA NACION

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