Acá hay gato encerrado.
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Y para continuar con la catarsis: guay si se olvidaron de abrir la mochila, el bolso o lo que sea que transporte esos harapos con los que jugaron.
Si llegamos a tener la mala suerte de abrir el cierre y encontrarnos con la difícil tarea de sacarlos (¡nosotras!)! a la superficie, se pudre todo (en realidad lo que parece estar podrido es ese manojo de ropa).
No entiendo por qué insisten en hacer las camisetas de fútbol de esa tela sintética que apenas entra en contacto con la piel y el calor corporal huele a chinchilla con problemas hormonales.
No lo sé, para mí es un misterio. Por qué no usan una camiseta de algodón. El algodón es noble, no traiciona.
Pero bueno, así es. Como el ciclo del agua, se repite y se seguirá repitiendo infinitas veces. Todo esto termina cuando se tira todo al lavarropas: un poco de jabón, un poco de chuavechito y aquí no ha pasado nada.
La ceremonia del fútbol y la convivencia ¡da para mucho!






