El difícil camino para llegar a la cima
Por Graciela Fernández Meijide Para La Nación
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No recuerdo bien el año, pero tiene que haber sido más o menos en 1968. Toda la familia hacía campamento en San Luis, una zona muy linda cercana a Rincón del Este.
Yo, por la política, conozco mucho la República, y aunque viajo también al exterior, ésta fue una de las experiencias que mejor recuerdo.
¿Qué tuvo de conmocionante para mí ese viaje? Un día, amistades que hicimos en la zona nos invitaron a realizar una cabalgata hasta la cumbre de los Comechingones. Fuimos solamente Enrique -mi marido- y yo, porque los chicos tuvieron miedo... y tiempo después nos alegraríamos de no haberlos llevado con nosotros.
Partimos con un grupo de ocho personas, dos baquianos y una mula, que transportaba la comida; emprendimos el ascenso por una zona llamada la Cuesta del Tren.
Para empezar, salimos un día de mucho calor y, en pleno enero, había tramos en los que era necesario bajarse del caballo y agarrarse de su cola para trepar hasta retomar el camino. Por momentos, los senderos se hacían muy, muy estrechos, que, sumado al olor del sudor de los caballos mezclado con hierbas semejantes a la peperina, fueron una de las impresiones más fuertes que tuve.
Mientras ascendíamos se podía ver todo el valle Grande, que trepaba por la sierra alta. Un espectáculo emotivo, no sólo por el paisaje, sino también por la exigencia física, el temor, la agitación del animal de carga y el aliento que nos dábamos entre los integrantes del grupo. En ese instante, sólo pude expresar en voz alta un sentimiento muy fuerte: todo esto es mi país. Por el camino llegamos a una planicie que se despliega 12 kilómetros hasta la ladera del lado de Córdoba, transitando por distintos asentamientos de cuidadores de ganado vacuno y ovino. Hasta allí se extendían diversas estancias, limitadas no con alambres, sino con parecitas de piedra.
Finalmente, paramos a descansar en la casa de uno de aquellos cuidadores. Era una construcción de piedra amasada con barro, techo de chapa de zinc, y una cocina con chimenea. Nos sirvieron cordero asado, y comimos casi en estado de coma.
Para entonces, algunos integrantes de la expedición ya habían abandonado a mitad del camino, y el resto nos preguntábamos cómo íbamos a hacer para regresar. Era la casa de una familia joven, que había heredado el trabajo de sus padres y con hijos tan pequeños que apenas conocían el valle y jamás habían sido revisados por un médico.
La sensación fue notable, no solamente por el esfuerzo -que resultó igual de duro en el descenso como en el ascenso-, sino también por la emoción de haber conocido a aquellos chicos que, cuando crecieran, tendrían que recorrer 12 kilómetros para llegar hasta la escuela.
En definitiva, una experiencia física y emocional inolvidable.






