
El varoncito
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Me gustan los niños, sí. Pero no todos despiertan en mí el deseo de interactuar, de jugarles, de hacerles upa, de mirarlos a los ojos. Ese deseo caníbal que tenemos los adultos de comerlos. No lo digo en serio. Lo menciono porque siempre me llamó la atención la expresión "ay, me lo morfo"... ¿Cómo que querés comértelo?
Yendo al grano, hay niños que me enloquecen.
Bueno, mis hijas lo hacen.
Desde que llegaron a mi vida mi mirada hizo foco en ellas, por razones obvias: son mis nenas, no sólo quiero, sino que debo.
Pero más allá del deber, les reconozco la capacidad de actualizar a diario, o día por medio... ese poder de encantamiento.
Son muchas las veces que me veo admirando cierto movimiento corporal, o la libertad y gracia brutal de sus palabras.
Ahora bien, fuera de mis hijas, por razones de administración de atención y energía, son pocos los niños en los que me detengo y como ellas, me cautivan.
Uno de esos pocos niños es él... Dante.

Ah, sí, no des tantas vueltas. Decilo nomás. Lo digo. Estoy enamorada de Dante.
Ya lo sabe su madre, lo sabe su padre. O si no lo sabía, ya se va a enterar.
Dante me despierta un grado de ternura que me recuerda al primer niño con el que conecté siendo adulta. Un sobrinito político. El sobrino de un ex novio. Tobías se llamaba, ¡se llama todavía! Hoy es un adolescente de 12 o 13 años, podría leer este texto incluso.
Lo recuerdo vívidamente porque fue uno de los primeros niños que me activó el deseo de maternidad... ya hace tiempo.
Y con Dante me pasa similar. Rasca un deseo que está al fondo bien escondido, bien tapado debajo de una montaña de sentido común y racionalidad. Tiene ese poder.
Estoy hablando de un niño de un año que no sólo estimula esa "locura" (no tengo otro término que "locura" ahora), sino que, además, estimula otro deseo, bastante superfluo pero no por ello menos real... me da vergüenza decirlo... bueh, lo digo... el deseo de un varoncito.
Ojo, no soy de las mujeres que, embarazadas, andan diciendo públicamente: "yo quiero un nene o nena". No. Me parece imprudente.
En esa circunstancia, trato de conectar con el ser humano en proceso y lo único que deseo es una evolución sana, y que esa criatura llegue al mundo sintiéndose deseada, amada, sin importar su sexo.
Dicho de otro modo, me ne frega el sexo de un hijo... cuando ese hijo está en camino.
Pero eso no quita que hoy, que no tengo planes de maternidad a corto plazo, no viva esa FANTASÍA... ¡Sí la vivo!
Muchas veces me encuentro preguntándome: ¿cómo sería un hijo mío varón?
También me pregunto: ¿la maternidad de un varón desplegará en mí otras potencialidades? ¿Seré el mismo tipo de madre?
Probablemente las madres de niños y niñas sean las que mejor puedan responderme.
De momento sólo juego y seguiré jugando con el hijo de mi amiga y disfrutando esta etapa de no-bebés, de niñas que son un pelín más auto-suficientes que antes.
De hecho, hace unos años no habría tenido ni tiempo de interesarme por otro niño fuera de ellas.
Con los bebés, además, un poco pasa como, según Romero, le pasaba al hombre de la Modernidad en relación a la Naturaleza: vista desde una ventana deviene bella, deviene paisaje.
Ya sé, criar un bebé es una experiencia única, maravillosa, poética. Pero hay un momento para cada cosa.
Hay momentos para ponerle el cuerpo.
Y momentos para admirarlo(s), como en este presente.
¿Qué piensan?


PD: Como siempre, para contactarse por privado o por taller "Un cuerpo que dicta" (se reabrieron vacantes para noviembre), me encuentran en inessainz@msn.com o vía FB ¡Muy buen martes!





