
Refugio del fin del mundo
Memorias australes de Antonio Wallner, un pionero
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USHUAIA.- En el cincuentenario del Club Andino Ushuaia, nada mejor que recordar viejas anécdotas contadas por su principal impulsor y miembro fundador, Antonio Wallner. "Alrededor de 1950, mi padre, Wolfgang Wallner, austríaco de origen, nos incitó a que formáramos un club andino, ya que con mis amigos nos pasábamos todo el día en la montaña", recuerda Antonio.
La existencia del CAU se formalizó el 4 de noviembre de 1956, pero hay mucho trayecto recorrido antes de esa fecha. "El primer refugio lo hicimos en 1953, en la zona del glaciar Martial, adonde accedíamos después de tres horas de caminata", cuenta.
Para construir el refugio, Antonio y sus amigos arrastraban troncos montaña arriba. Como la tarea era harto ardua, un par de veces tomaron prestado un caballo de los que pastaban en el pueblo para subir materiales. "A la estufa, de unos 50 kilos, la cargué yo. Corríamos carreras para ver quién llegaba más rápido con la mochila más pesada", recuerda.
Los que creen que los after ski con Dj’s son una ocurrencia moderna, se sorprenderán al enterarse de que en ese primer refugio los jóvenes se divertían escuchando discos de pasta de 78 rpm en una vitrola donada por Wolfgang Wallner. "Usábamos púas de acero que, cuando se gastaban, reemplazábamos por unas hechas con espina de calafate que duraban medio tema", recuerda.
Había un único rito de iniciación. "El que llegaba por primera vez debía izar la bandera nacional", dice. Para Navidad, don Wallner, que como socio N° 1 también diseñó el logo del club, se disfrazaba de Papá Noel y repartía regalos.
Pero un día, después de 12 años, el refugio se incendió. "Enseguida construimos otro, que se lo llevó una avalancha en el año 76", agrega. Después siguió un tercero que duró sólo un mes antes de que sucumbiera por el viento. Y así, la implacable Tierra del Fuego se imponía sobre los tenaces montañistas.
En esos días de freeride obligado y tablas de madera, Antonio recuerda las carreras de disfraces que se hacían en primavera. Una foto de él vestido de bruja nos acerca a esos años felices. Antonio marcó la pista del glaciar Martial a pura hacha para que una topadora la concretara. Es una pista suave de 1200 metros, cuna del esquí y el snowboard fueguino. Y en 1973 inauguró la pista del Andino, que lleva el nombre de su padre. Hoy en desuso, esta empinada y céntrica pista tuvo su auge en los 80 y los 90, cuando las luces permitían descensos nocturnos. El y Juan Carlos Begué eran los únicos instructores. "¡Creo que entre los dos le enseñamos a esquiar a todo el pueblo!", se ríe.
Tras los recuerdos, Antonio desciende con elegancia las pistas del Castor, confundiéndose entre aquellos que no conocen, pero que tanto le deben a su espíritu aventurero, aún vigente a los 71 años.
F. M.






