
San Ceferino bendice el domingo
A 70 kilómetros de Buenos Aires, esta estancia es un hotel de lujo sobre la ruta 6
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No se trata de un casco antiguo con historia ni una propiedad rural que, de paso, recibe turistas. San Ceferino -cuyo nombre evoca a uno de los primeros papas de la Iglesia Católica- era un modesto establecimiento que se transformó en un complejo hotelero de varios edificios erigido en un campo de cien hectáreas y con un definido perfil turístico sobre la ruta provincial 6.
Incorporó un nuevo edificio para convenciones, tiene una capilla para los casamientos tranqueras adentro y está a casi 6 kilómetros de la ruta nacional 8, a 15 de Luján y a 70 del centro de Buenos Aires.
A todo confort
Hebe Knobel de Eleta, la anfitriona, admite la diferencia con los modernos hoteles que surgieron en la zona.
La ventaja de San Ceferino consiste en haber construido tres edificios con gran confort, diseñados para su destino turístico pero en medio de un campo con pasturas y ganado, además de un parque de nueve hectáreas diseñado para el recreamiento de los hospedados y visitantes.
Fue uno de los primeros establecimientos adheridos al turismo rural, con otro casco -de 1920 y ahora en el sector privado de la estancia- en una extensión colindante menor.
Cuando los Eleta compraron el campo vecino, la visionaria construcción hotelera mereció el diseño del Cóndor, el edificio de tres plantas, y veinte habitaciones dobles en suite, con nombre de pájaros (desde el refinado colibrí hasta el plebeyo chimango), calefaccionados y con ventanales para ver el modesto driving de golf y la piscina, así como la laguna donde retozan los patos de alimentación ecológica.
Su magret suele terminar en el menú 14 (su plato central: pato a la naranja) de las 29 variantes numeradas que diseñó la experimentada cocinera y hace servir en los diferentes comedores, el principal en el edificio Alamo, donde funciona la gerencia y varios salones para encuentros empresarios. Lo más reciente para esas convenciones es el edificio Lapacho, con cuatro salones, uno VIP y otro de 720 metros cuadrados.
Valeria Eleta -hija del trío de vástagos de los dueños- comanda la cocina, pero detesta asignarse la condición de chef, aunque estudió y experimentó la cocina profesional, incluido un prolongado stage en Imola, Italia. Produjo periodismo gráfico gastronómico durante seis años, actividad que alternó con una labor similar en TV, además de cocinar en Utilísima. Nómada incansable, plantea una comida de estilo casero invadido por sus convicciones humanísticas (que lo abarca todo), sin obsesión estética y exigencia de productos.
Un aceite extravirgen que destilan en Córdoba con olivos sanjuaninos, carnes de un proveedor garantido, verdura orgánica y cerdos, pollos y perdices del propio establecimiento.
También mermeladas caseras para el desayuno con scones, tostadas y medialunas frescas (jugo natural y frutas). La mozzarella la manda a buscar a 15 km -cerca de Torres-, en La Salamandra (02323-49335, atiende Alicia), donde los hospedados llegan en sus paseos en carro en demanda del souvenir para la heladera: compran, por ejemplo, bufarela. Pero como no sólo de búfalas vive el hombre, se empaquetan envases de su codiciado dulce de leche.
Los paseos en carro en San Ceferino son de rigor: el dueño de casa coleccionó durante veinte años 45 unidades entre señoriales berlinas, algún landau, calesas, jardineras y hasta una diligencia.
Los hospedados más deportistas prefieren los paseos de a caballo. También disponen de bicicletas y canchas de voley y fútbol (tres). Para los chicos (entre los 3 y los 11 años pagan el 50 por ciento de la tarifa) abundan juegos para musculosos. En los salones hay libros a mano, televisores y juegos de mesa.
La pensión en base doble con cuatro comidas y todas las actividades cuesta 150 pesos y el día de campo 70 (reservas por el 02322-491469/64). A las familias se les recomienda reservar en los chalets Perdiz, Ñandú y Liebre -los dos últimos para familias numerosas-, desde los cuales y durante el verano se corre por la gramilla hasta la piscina. Allí esperan níveas reposeras y un quincho-vestuario, con bar y promesas de buenos asados.
Desde Buenos Aires se llega por la Panamericana (ramal a Pilar y un peaje de 1,50 peso) en una hora. Ese camino es autopista hasta Fátima, sigue en dos manos y un solo pavimento como ruta nacional 8 hasta el cruce con la ruta provincial 6, con rotonda. Allí se toma brevemente a la derecha para girar hacia la izquierda. El pavimento de la 6 tiene serios deterioros, pero son apenas 5 kilómetros y medio hasta la tranquera, que aparece a la derecha.





