
Soledad Villamil en La Angostura
Acodada en el marco de la puerta, la nena mira cómo la madre carga las cosas en el baúl del auto mientras vocifera contra los otros, la vida, los hombres. La nena no entiende nada y la madre en algún punto tampoco. Después se van hacia el Sur, a un pueblo que en la película nunca se nombra, pero que en la realidad fue La Angostura y alrededores.
Soledad Villamil es la actriz y La vida según Muriel, de Eduardo Milewicz, es la película. Fue rodada en 1997. Hoy, Soledad V. se prepara para seguir viajando con Glorias porteñas, el espectáculo que presenta en La Trastienda, en el que recupera tangos, milongas y rancheras de las primeras décadas del siglo. Avignon figura como certeza de viaje, en julio, y Biarritz y Estrasburgo como posibilidad.
Durante este año, por otra parte, Soledad V. formará parte del elenco de Vulnerables , una miniserie producida por Polka en la que se relatarán las vicisitudes que atraviesan los integrantes de un mismo grupo de terapia.
Al natural
"Este viaje fue muy distinto del primero que hice al Sur, hace muchos años. El hecho de estar ahí filmando, de pasar meses y adquirir una cierta cotidianidad vuelve todo muy distinto. Desaparece esa ansiedad del que llega y quiere conocer todo, uno va incorporando el lugar de a poco, con un ritmo mucho más calmo. Estábamos instalados justo frente al lago Espejo, en las Lomas del Correntoso."
En la película, el lago se traga el auto de la mujer harta, y con el auto todo: la plata, la ropa, las cosas. Ahí comienza un doble juego con la naturaleza: el paisaje como remanso, como belleza postal, y también como fuente de amenaza solapada.
"El hecho de estar instalados ahí por meses nos permitió también ver cómo el paisaje y sus cosas iban mutando. Llegamos a fines del verano y estaba todo verde, pujante, y día tras día veíamos cómo las lengas, los ñires y los cipreses viraban al amarillo, al colorado.
"Creo que el tema de la mutación funciona ahí, en el Sur, de alguna manera. Todo es tan distinto de la ciudad, de este mundo de aire acondicionado, de teléfonos; ahí todo se vuelve menos mediatizado, en cierto modo más cercano.
"La verdad es que aunque uno no lo quiera, aunque no haya ido pensando en eso, hay algo muy contundente que se da en medio de toda esa belleza. Uno comienza a tener la sospecha de que en verdad hay algún orden en la Creación, de que las cosas están exactamente donde y como deben estar." Dice Soledad V. que a todos los que formaban parte del equipo de filmación les pasaba lo mismo.
Dice también que en esos casos el lugar se impregna de los sentimientos encontrados que provoca en ella el filmar afuera de su ciudad: la posibilidad de que casi nada la distraiga del personaje, pero también la imposibilidad de llegar a casa y de encontrar el refugio, las personas queridas.
Las montañas mágicas
A veces no trabajaban. Cada vez que les tocaba toda una mañana sin filmar, por ejemplo, salían de recorrido. "Un día -uno de los últimos, me acuerdo porque hacía frío y nevaba- nos hicimos una escapada hasta el cerro Bayo para ver nevar desde ahí arriba.
"En la película se ve todo un plano desde el cerro, que es algo impresionante: desde ahí se ve todo el pueblo, todo el Nahuel Huapi. Ese día de la nieve, las aerosillas estaban vacías y aprovechamos para subirnos. Me acuerdo que era muy gracioso ver a Jorge Perugorria, el actor cubano, sumergido en medio de la nieve. Era una de sus pocas experiencias en el frío.
"Otro día fuimos hasta el cerro Tronador en auto, un viaje hacia el lado de Bariloche que ya en sí mismo vale la pena. Cruzamos un puente de madera, un arroyo y llegamos a una cascada lindísima. Lo mejor que nos pasó es que subiendo por una parte de la montaña se podía acceder a un recodo entre las piedras y ver la cascada desde adentro, desde un punto de vista inusitado.
"A veces nuestras aventuras tenían algo parecido al riesgo. Un día decidimos ir de excursión a una cascada que se llama Inacayal, que está en un lugar paradisíaco al que se llega después de una hora y media de ascenso por la montaña. Una vez que estuvimos ahí arriba nos pareció una buena idea bajar corriendo. El camino era terriblemente empinado y me acuerdo que lo más gracioso era ver el efecto que producía el trayecto sobre las piernas, que se veían en círculo, como en los dibujos animados.
"En un momento volé, literalmente. Lo único que me acuerdo es que mientras iba suspendida en el aire, que fueron apenas unos segundos, tuve tiempo de pensar que si algo me pasaba no podía filmar al otro día. Es curioso lo rápido que se puede armar todo un pensamiento en esas situaciones límite. Incluso en La vida según Muriel yo me doy cuenta, aunque nadie lo advierta, de que hay algunas caminatas sospechosas, algunos momentos en que se ve que no puedo doblar bien la rodilla." Antes, la primera vez que Soledad V. fue al Sur, no tenía que pensar en ese tipo de cosas. Tenía 16 años y la posibilidad de dedicarse a la actuación era remota, casi nula. No lo pensaba al menos en forma profesional; más bien creía que se dedicaría a la música o a alguna de las otras opciones que se le presentaban a esa edad en la que todo parece posible. Dice que en este viaje de 1997 se acordó mucho de ese primero y de las elecciones que había ido haciendo con el transcurso de los años, que este viaje a La Angostura fue como una manera de conceptualizar el paso del tiempo.






