
Sonidos renovados en las ex colonias portuguesas de Africa
Los ritmos populares, a casi 30 años de la independencia
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En 2005 se festejarán los 30 años de la independencia de las colonias portuguesas de Africa. El último de los imperios coloniales europeos en el Continente Negro se derrumbó junto con el sistema salazarista en Portugal. Las luchas en Mozambique, Angola, Guinea Bissau; los archipiélagos de Santo Tomé y Príncipe, y Cabo Verde fueron detonadoras de la Revolución de los Claveles, impulsada por militares que no querían combatir en lejanas colonias, sino detener el desgaste que provocó en el país la penúltima dictadura de Europa occidental (Franco, en España, sobrevivió unos meses más).
En toda Africa lusófona, muchos de los artistas actuales desempeñaron un papel clave en los primeros tiempos de las independencias, en 1975, como Zé Manel en Guinea Bissau (musicalizador oficial del régimen comunista que sustituyó a los portugueses), con su banda Super Mama Djombo.
Actualmente, se asiste a una renovación cultural de las ex colonias, y su sonido se hace cada vez más fuerte en el concierto de las músicas del mundo. Por supuesto, están las islas del Cabo Verde, un inagotable vivero de talentos y de ritmos. No hace falta presentar a Cesaria Evora, la estrella internacional que colocó a las pequeñas islas en el mapa de la música global. Su fama, sin embargo, no debe hacer sombra a varias generaciones de cantantes y compositores: Fantcha, Jovino dos Santos, Tito Paris, Boy Gê Mendes, Finaçon, Bana, y tantos, tantos otros.
Entre los numerosos ritmos de las islas, Cesaria Evora popularizó sobre todo la morna, esa hermana del fado, tan nostálgica, tan suave, pero con un toque más de exotismo y de mestizaje.
En Cabo Verde vive apenas un tercio de todos los caboverdinos del mundo. Por eso, hay que buscar a muchos de estos artistas en otras latitudes, en Lisboa sobre todo, pero también en París, Nueva York y Marsella. Su música es como su diáspora, universal.
Acento nostálgico
La gran mayoría de estos artistas canta en kriolu, un portugués matizado de dialectos locales africanos (más o menos según las islas, ya que hay distintas formas de kriolu). En términos musicales, las mornas son de ritmo lento y compuestas en claves menores, que les dan sus característicos acentos nostálgicos.
Sin gozar de la misma repercusión, la música de Santo Tomé y Príncipe apenas logra pasar las costas de estas dos islas que forman uno de los más minúsculos Estados del mundo. Se puede nombrar a Sum Alvarihnoes, uno de los pocos artistas que logró alcanzar cierto renombre en las comunidades lusófonas de Africa.
Mozambique, desvastado por años de guerras civiles, no está mejor dotado musicalmente. De hecho, la música no fue durante aquellos años la preocupación de una población cuya meta era apenas sobrevivir a las guerras y otros flagelos. Amoya es uno de los pocos referentes de aquel país.
Curiosamente Angola, que vivió una situación política muy similar, es mucho más activo musicalmente. Su geografía ofreció la posibilidad a los artistas de hacer carrera en los vecinos Congos y, durante años, Kinshasa y Brazzaville fueron los destinos de los músicos angoleños, como Filipe Mukenga, Teta Lando, Bonga y Ruy Mingas.
Samba y kizomba
En Angola se toca una samba muy parecida a la brasileña, que es un índice más de la terrible herencia de la esclavitud: muchos de los afro-brasileños son descendientes de esclavos capturados en las costas angoleñas. Otra música angoleña típica es el kizomba, que se toca con marimbas, una suerte de xilófonos.
Finalmente, Guinea Bissau, pequeño país de habla portuguesa enclavado entre vecinos franco y anglófonos de Africa del Oeste, vivió sus primeros años de independencia con las melodías impuestas por Zè Manel y el Super Mama Djombo. Luego de años de dictaduras y tragedias, se empieza a formar una escena local más nutrida, con la llegada de músicos como N´Kassa Cobra, Bidinte, Dulce Neves o Manecas Costa. En sus repertorios, el gumbe -el ritmo más auténtico de este país- figura en buen lugar. El gumbe fue un ritmo tocado con percusiones para acompañar cantos a modo de plegarias en acontecimientos importantes, como nacimientos, casamientos y funerales. Hoy, es una base rítmica perfecta para orquestas de música popular.






