Golpe democrático al corazón de la República

Nicolás José Isola
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20 de febrero de 2015  

Frente a tanto ruido mediático, el miércoles asistimos a una cadena de silencios. El silencio no es lo contrario a la palabra. El silencio es lo contrario al griterío. El silencio y la palabra se abrazan.

Marchar físicamente es una necesidad. Lo fue para las Madres. Lo fue para los catamarqueños. Cuando se marcha, el cuerpo avanza y eso se transforma en una metáfora del deseo que el caminante quiere que se haga realidad. El miércoles, el cuerpo social entristecido y desilusionado avanzaba.

Quienes recorrieron aquellas calles rezaban una letanía laica de nuestro país: Nunca Más. Esa oración era impensada en democracia. Esa marea de gente marchó para decir que las diferencias en la Argentina no pueden procesarse de un modo mafioso.

Los que caminaban no eran de la abadía de los justos. Los abrazos en un velorio sólo susurran una cercanía humana. No quiere decir que quienes se abrazan comulguen en su moral. Sin dudas, esta marcha tuvo oportunistas políticos y mediáticos de diversa índole. Sin embargo, el dolor de aquel cuerpo inerte y su familia merecían un gesto democrático rotundo y no lo habían recibido por parte de las autoridades.

Una multitud se acercó a la República con el respeto con el que alguien se acerca a una persona sufriente. A ese gentío le dolía la injusticia y los efectos siniestros de tanta Inteligencia cruzada. Le afligía, también, la distancia entre los discursos y la realidad, la malversación de la palabra oficial, la falta de sentido común y la frialdad.

Esa ciudadanía, a la que casi con desprecio le dejaron el silencio, lo atesoró como quien cuida al fuego del vendaval. Con un nudo en la garganta lo abrazó durante aquel cortejo fúnebre nacional, encabezado por una adolescente desestabilizadora de 15 años que jamás olvidará dos cosas: que alguien le enrostró el silencio y que tantos la acompañaron para transitar sobre él.

En ese culto por la justicia, eran miles los cuerpos que a una vez componían y rondaban sigilosamente el gran cuerpo de esta Nación tan debilitada. En medio de aquel silencio punzante como la lluvia, hubo un clamor de indignación. La muchedumbre dio un golpe. Un golpe seco y democrático en el corazón de la República. En el silencio, se escuchó el regreso de un latido. Entró una bocanada de aire cívico. Alguien emocionado comenzó a cantar el Himno. Tenemos Patria.

La multitud sembró una semilla democrática que fue copiosamente regada. Ahora es tiempo de cosechar las palabras, hijas de la sabiduría de aquel silencio. La clase política ya no puede desentenderse irresponsablemente de semejante aguacero. A esa muchedumbre empapada le dejaron el silencio y lo supo usar.

El autor es filósofo y doctor en Ciencias Sociales

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