La política bajo las reglas del show

Adriana Amado Suárez
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13 de mayo de 2015  

Como comunicador experimentado, Marcelo Tinelli consigue como nadie manejar el monopolio que la política disputa sin pudor: el de la conversación. Especialmente cuando sirve para abonar los mitos que circulan alrededor de su programa, como ese que extiende a todos los días del año el rating excepcional que consigue en su primera emisión. O el que sostiene que "todo el mundo" ve ShowMatch, aunque en su mejor marca apenas alcance a un tercio de los televidentes. O ese que repite que pasar por el programa mejora las chances electorales. Como toda creencia, no necesita de pruebas fácticas. Alcanza con los renovados actos de fe de aquellos que asisten al programa a ver si consiguen ser parte del milagro.

Cada año electoral se renueva la pregunta de qué les aporta a los candidatos presentarse en un programa como ShowMatch. Pero la pregunta incómoda es la contraria: cuánto le aportan a Tinelli los candidatos. Más allá de la contribución publicitaria que le tributan hace años, en esta primera emisión el conductor logró exhibir un ascendente que no tiene ningún otro medio ni periodista. Consiguió que tres presidenciables fueran a medianoche con sus esposas a participar del show, como un participante más del concurso de baile. Como tales, se sometieron a las bromas habituales y al tono sarcástico del programa con una docilidad que no muestran en otras circunstancias. Para las audiencias, que sólo ven a esos políticos en avisos publicitarios edulcorados o en declaraciones altisonantes, fue una oportunidad para verlos en una humanidad desusada y bastante poco favorecedora, que por eso resulta más creíble.

Tinelli mostró, una vez más, que se hace más política cuando no se habla de política. En un paso de comedia en apariencia inocente, un conductor de televisión hizo desfilar por su escenario a tres candidatos que aspiran a la Presidencia. Y a otro a montar su reality diario en un horario desusado, a ver si el programa de andar en tren a medianoche le restaba alguna audiencia al otro. La madrugada encontró a la política argentina reconociendo que no sabe cómo comunicar si no es a través del espectáculo.

En algún momento, candidatos y funcionarios aceptaron como ley ineluctable que todo tenía que mostrarse en los medios. Hasta los decretos parecen menos decretos si no se presentan en cadena nacional con nombre ganchero, eslogan y logotipo. Pero cuando la política se somete a las reglas del entretenimiento, acepta quedar encerrada en las estrechas dimensiones de una pantalla que la delata más que la favorece. El único que se beneficia con el mito de que el poder está en los medios es el que lo factura publicitariamente. Y la política narcisista paga, sin pedir pruebas fácticas de los efectos milagrosos de la visibilidad mediática, como si el rating se tradujera en votos o la celebridad fuera condición de democracia.

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