La versión macrista de La Moncloa

Joaquín Morales Solá
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31 de agosto de 2016  

No ser como Cristina Kirchner. Ése es el propósito que más réditos (y algunas desventajas) le dio al gobierno de Mauricio Macri. Vuelve y profundiza esa estrategia cada vez que la política se torna ingrata y esquiva. La última moda del macrismo consiste en convocar a diálogos variados y simultáneos con políticos, sindicatos y empresarios.

El momento no es una casualidad. Macri está atravesando su período de mayor fragilidad desde que accedió al poder, hace casi nueve meses. El problema irresuelto de las tarifas de luz y gas y la renuencia de la economía para volver al crecimiento han colocado al Presidente en una situación más defensiva que proactiva.

La pertinacia de la recesión económica tocó a los sectores sociales más desprovistos de ideologías. De hecho, las últimas encuestas muestran que la preocupación por la economía no se advierte tanto en la franjas kirchneristas o de simpatizantes de Pro, que tienen su posición tomada irreductiblemente a favor o en contra. La preocupación creció en las franjas más indiferentes a los compromisos políticos. Justo donde Macri cosechó gran parte de sus votos en las presidenciales de octubre.

La reactivación de la economía deberá esperar hasta fin de año o principios del próximo. Demasiado tiempo. Los gestos políticos podrían reemplazar la falta de resultados económicos. Diálogo contra confrontación. Consensos contra obstinados desacuerdos. Macri contra Cristina. Ésa es la estrategia, que lo llevó incluso a cometer algunos errores.

Uno de ellos fue no explicar en tiempo y forma la herencia del arrasado sistema energético para "no profundizar la grieta", según un consejo de Jaime Durán Barba. La grieta la terminó profundizando el peronismo cuando estalló el conflicto de las tarifas.

Ayer se escenificó la primera etapa de una tanda de eventuales acuerdos. Es el más fácil si se trata de juntar voluntades. Es el más difícil para encontrarle la vuelta. Refiere a la vocación de combatir el narcotráfico. Macri le hizo un homenaje silencioso a la Corte Suprema de Justicia cuando invitó como parte del acuerdo político al presidente del tribunal, Ricardo Lorenzetti. La Corte Suprema fue la única instancia de los poderes constitucionales que denunció, durante el mandato de Cristina Kirchner, el increíble avance del narcotráfico en el país y la porosidad de la fronteras argentinas. Sucedió poco después de que la misma denuncia fuera hecha por la conducción de la Iglesia Católica en un documento histórico, porque por primera vez se dijo en público lo que sólo se nombraba en privado. De paso, el Presidente dio ayer por superado su malestar con el máximo tribunal de Justicia por su resolución sobre las tarifas de gas.

Vale la pena detenerse en la composición política de la asistencia de ayer en Tecnópolis, otrora centro de los discursos más duros de Cristina Kirchner contra enemigos reales o imaginarios. Asistió y habló Sergio Massa, el jefe de la franja peronista que más lo ayudó a Macri en la Cámara de Diputados. También acudieron los gobernadores más cercanos el gobierno federal. Entre los más destacados, estaban los peronistas Juan Schiaretti, Juan Manuel Urtubey y Juan Manzur, además del radical Gerardo Morales. Y el jefe real del socialismo santafesino, Hermes Binner.

Macri le dedicó a Margarita Stolbizer un encuentro a solas en Olivos pocas horas más tarde, dos días antes de que la popular diputada (es, después de María Eugenia Vidal, la política con mejor imagen en el país) presente si libro Yo acuso, una historia de la corrupción kirchnerista. El contraste con los actos cristinistas cargados de aplaudidores perpetuos no podía ser más nítido.

El Gobierno es renuente a aceptar que cambió su lógica de principios de año, cuando suponía que los megaacuerdos correspondían a viejas mañas de la política. Hizo trascender esa idea cuando el presidente del decisivo bloque de senadores peronistas, Miguel Pichetto, pidió un "acuerdo del Bicentenario" que incluyera propuestas del oficialismo y de la oposición. Dice que lo que ha puesto en marcha ahora son varios y paralelos acuerdos. Pero ya no habla de política nueva o vieja. "No hay política nueva o vieja. Hay políticas buenas y políticas malas", se explayó en las últimas horas el jefe de Gabinete, Marcos Peña.

Sin embargo, el oficialismo se inspira en el célebre Pacto de la Moncloa, que significó la hoja de ruta para la transición de España entre el franquismo y la democracia. Peña aseguró haber estudiado el acuerdo español y señaló que éste no fue un gran acuerdo nacional, sino la suma de muchos acuerdos sectoriales. La aseveración es relativa. Si bien en los acuerdos de La Moncloa hubo coincidencias económicas y sociales (España atravesaba una grave crisis económica), la columna más importante del pacto fue la convergencia de todos los dirigentes políticos de entonces, desde los que representaban al posfranquismo hasta el Partido Comunista.

El Gobierno debe resolver todavía dos cosas. Una de ellas es qué hará con las leyes que necesitará el próximo año. No pocos integrantes de la administración están proponiendo que los acuerdos en marcha incluyan la aprobación inmediata de las leyes que se necesitarán hasta 2018. Descuentan que el año próximo, cuando se celebrarán las cruciales elecciones de mitad de mandato, el peronismo no estará en condiciones de hacerle favores al gobierno. No sólo lo espoleará el instinto de la victoria, como a cualquier partido político, sino también la necesidad de establecer un liderazgo nuevo después de Cristina Kirchner. En esa carrera ya se anotaron Massa, Urtubey y José Manuel de la Sota. Habrá más.

La otra asignatura que le falta aprobar al Gobierno es la compatibilidad entre los sectores políticos y tecnócratas de la administración. Se sabe que incluso en el equipo económico conviven halcones y palomas. Los primeros están más volcados hacia una política de shock y los segundos son más proclives a sostener en el tiempo el gradualismo que, por ahora, apoya Macri.

El ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, es una figura complicada porque consiguió la unanimidad en su contra, la de halcones y palomas. Las críticas se respaldan, en algunos casos, en sus políticas, pero en otros se relacionan con su forma de ser. Le reprochan una ostensible soberbia intelectual frente a sus compañeros de gabinete.

La única pregunta que se hacen cerca del Presidente es si el ministro de Hacienda actúa y decide con el pensamiento puesto en su proyecto presidencial. No es una novedad que Prat-Gay quiere ser presidente de la Nación. Hasta Macri considera que son ambiciones legítimas, pero nunca le perdonaría que resolviera los problemas actuales con la cabeza puesta en un todavía lejano proyecto presidencial. "El trabajo macroeconómico está terminado", dijo hace poco Prat-Gay, con cierta arrogancia, ante el gabinete económico ampliado. "¿Y de la micro quién se ocupa?", se preguntaron por lo bajo sus compañeros de equipo.

Otro aspecto son las peleas específicas entre políticos y tecnócratas. Unos son acusados de pasteleros inconducentes. Los otros son estigmatizados como figuras rígidas, carentes de cualquier ductilidad política. En realidad, los dos sectores desprecian lo que desconocen. Hay tecnicismos necesarios que los políticos relegan y hay acciones políticas indispensables que los tecnócratas no alcanzan a percibir en su importancia. Macri hace equilibrios entre las dos alas de su administración. Aunque le gusta hacer algunos paseos hablando con los tecnócratas, siempre vuelve a los políticos, sobre todo cuando su instinto le advierte que está por dar un salto al vacío.

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