María Sáenz Quesada: "La clase política argentina está en franca decadencia"

La historiadora, en diálogo con lanacion.com para el ciclo de entrevistas por el Bicentenario, pidió a la dirigencia más "modestia"; cuestionó, además, la inacción de la ciudadanía; acceda al especial multimedia. Por Verónica Dema
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17 de mayo de 2010  • 20:52
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Por Verónica Dema

De la Redacción de lanacion.com

vdema@lanacion.com.ar

Su pasión por la historia la coloca en una posición especial para analizar al ser nacional. Crítica de la realidad que atraviesa el país a meses de llegar al Bicentenario, María Sáenz Quesada describe los males que colocaron a la Argentina en una situación delicada y dirige las culpas en una dirección: los políticos. "La clase política argentina está en franca decadencia, no responde a las necesidades de este siglo", cuestiona. Y propone: "La dirigencia necesita más formación y más modestia".

La historiadora está segura de que la Argentina malgastó su capital y eso se debe no sólo a falencias de las autoridades, sino también a una ciudadanía descomprometida. Habla de la deuda social, de los riesgos de perder la libertad de expresión y de la decadencia de la educación. Sin embargo, conserva la esperanza de construir un país más equitativo, donde se pueda progresar, donde habite la honestidad y la esperanza.

Con el ejercicio intelectual de toda una vida estudiando la historia, la heredera de Félix Luna en la dirección de la revista Todo es Historia, viaja en el tiempo, compara momentos del pasado y aporta anécdotas esclarecedoras que sobreviven en los años. "Me conmueve pensar en esa Argentina de 1810 que todavía no sabía todo lo que le esperaba hacer, aquellas ilusiones revolucionarias de la independencia", dice la escritora a lanacion.com, que escribe un ensayo sobre esa época.

-¿Cuáles cree que son las grandes deudas de estos 200 años?

-Completar aquel ideario de la noble igualdad, libertad, responsabilidad y construcción de un país. Muchas cosas quedaron pendientes, en parte, por las reacciones antirrevolucionarias que se produjeron casi de inmediato, luego por la lucha entre los caudillos por definir dónde estaba la autoridad y hasta dónde alcanzaban las autonomías. Después porque quedó un saldo social importante: la igualdad estaba más en los papeles que en los hechos. En 2010 nos encontramos con una Argentina que tiene todavía muchas falencias y que, aquella construcción institucional que parecía haberse completado hace un siglo, está todavía por verse. Es decir, tenemos una constitución adaptada a los tiempos, pero no hay un cumplimiento de lo institucional, un respeto por la legalidad, que es lo que debería acompañar y hacer posible lo escrito. En eso estamos siempre renovando el esfuerzo, volviendo a empezar.

-Respecto de lo institucional: ¿qué cosas fallan?

-En este ir y venir uno siempre recuerda aquello que se decía de la época de la colonia: la ley se acata, pero no se cumple. Era, de alguna manera, comprensible, porque la autoridad estaba lejos, era la corona española o sus representantes que, incluso en América, estaban lejos de los pueblos y ciudades. Había algunas razones. Y, además, desde luego, era una autoridad que venía de los tiempos, que era legítima por gracia de Dios.

Hoy vemos que está pasando lo mismo: la ley se publica pero, ¿cumplirse?, muchas veces ni las autoridades la cumplen. De modo que queda ese viejo resabio, pero no hay excusas, porque a la ley la hacemos los ciudadanos a través de nuestros representantes. Es decir, el no cumplimiento es un rasgo que viene del pasado y que hoy no tiene justificación.

-¿Cree que la institucionalidad hace a la construcción democrática?

-Hace al interés general de una república democrática. El ciudadano que ejerce los poderes de la república está cumpliendo con la ley y ésta hace que no solamente tenga que respetar pasos, atenerse a lo que se dice, sino también tener una actitud modesta. Hoy se ve gente que, como antiguos déspotas, está llena de orgullo de tener el poder y que no se acomoda a ser mandatario de un pueblo. Pero creo que ésta no es una responsabilidad sólo de los funcionarios, sino que también la sociedad debería involucrarse en el seguimiento de sus autoridades. Acá, una vez que se elige, esperamos que mejore todo rápido y, si no mejora así, nos enojamos mucho y pasamos a la otra parte. Esta es una actitud de no ciudadano; en 1810, el pueblo se sentía dueño de su propio destino.

-Habló, también, de una falencia en lo social: ¿Cuáles son las materias pendientes?

-La Argentina desde hace décadas que retrocede en su calidad de su vida social. La masa de población tiene cada vez menos posibilidades de educarse bien y, por otra parte, no hay una búsqueda de la excelencia. Tenemos centenares de miles de jóvenes que no trabajan, que no estudian y que tienen más de 16 años. Eso, que ya era algo problemático a fines de la década del 90, hoy se incrementó. Además, en los informes de educación, vemos cómo perdemos posiciones.

-Mencionó la falta de libertad: ¿En qué está pensando?

-Me parece que la libertad de 1810, la que entendía [Manuel] Belgrano, es la libertad de la responsabilidad, es hacernos cargo de nuestros actos. En este momento está muy candente el tema de la libertad de información y de la libre expresión. Este anhelo que aparece en los primeros documentos de todos nuestros países, porque justamente se venía de un control del pensamiento, de un control del libro, fue considerado la gran adquisición de la década de 1810. Hubo muchos retrocesos, dictaduras, pero en este momento, después de más de 20 años de democracia, en la Argentina vemos que aparecen nuevas propuestas de control, como que el gobierno de turno sabe mejor qué se debe decir y que no. Es decir, se empieza a tratar de controlar desde el gobierno al ciudadano para orientarle el pensamiento.

-¿Cómo ve lo ocurrido en torno de la ley de medios?

-Lo veo como algo para controlar, no para permitir que haya mayor cantidad de información, mayor variedad, sino para dejar empresas muy débiles que necesiten del apoyo estatal para subsistir.

-¿Que período de la historia la seduce más?

-El período de 1810 es fundamental y, también, la época de la construcción de las instituciones entorno de 1850; esas primeras presidencias fundadoras son muy importantes, son las más interesantes porque hubo gente que insertó a la Argentina en el mundo, que tuvo esa idea de libertad, de igualdad, de apertura a los países del continente.

-¿Qué personajes de la historia rescata?

-Me gusta mucho Manuel Belgrano, creo que es la figura clave. En lo femenino, siento una especial admiración por Mariquita Sánchez de Thomson. También me gusta [Domingo Faustino] Sarmiento. Son las figuras que tendieron a construir, a dejar algo.

-¿Cree que nuestros políticos aprendieron algo de estos hombres y mujeres?

-La clase política argentina está en franca decadencia, la dirigencia en general no responde a las necesidades de este siglo XXI. Desde ya me parece que no hay mucha preparación ni conocimiento del pasado. Creo que hasta 1950 ó 60, la historia interesaba a los políticos: pienso en un [Arturo] Frondizi, que era lector de estos temas, [Juan Domingo] Perón también leía historia; pero esto se ha ido diluyendo. Cuando se lo escucha al Gobierno citar la historia da pena.

-¿Sería otra nuestra realidad si se mirara más el pasado?

-Sería otra. Sería bueno que tuviéramos dirigentes con formación histórica y que fueran, además, un poco modestos, es decir, que pensaran que no son grandes salvadores sino que son personas que están en este momento para cumplir con el deber e imaginar el futuro.

-¿Cómo ve la estructura de partidos políticos?

-Está completamente desencajada, porque no ha podido adaptarse a determinadas situaciones. La militancia política hoy exige recursos económicos: eso se consigue teniendo caja, algún vínculo con el poder. Eso deja a la oposición muy débil, muy en manos del oficialismo y desde hace muchos años viene produciéndose este fenómeno. De modo que ya no pueden sorprendernos mucho estos pases extraordinarios de un partido a otro: nadie está demasiado firme, todo está temblequeando y no hay lealtades políticas.

-¿El kirchnerismo representa los ideales de justicia social?

-Creo que los Kirchner tienen ese caballito de batalla: que son la justicia social, que son más peronistas que nadie, pero son formas de utilizar slogans, de apelar a la memoria en la que se recuerda a un Perón de los años 50, que repartía beneficios, y a aquella Argentina próspera. Todo eso tiene poco que ver con lo actual.

-¿Qué rol tiene hoy la oposición y cuál debería tener?

-La oposición debería dar la pelea en el Congreso. No en todo, porque eso tampoco es constructivo, sino tomar algunos temas centrales, exigir que se le responda, detener la mano del Ejecutivo cuando exagera y tratar de establecer puentes entre los distintos opositores, porque de ellos va a salir el recambio. Lo importante es que ese recambio sea algo nuevo, que no sea gatopardismo o un disfraz para volver a lo anterior, sino un espacio donde la clientela política tenga menos peso. Espero que la oposición lo cumpla. El tema sería que el partidismo tonto, vano no se imponga.

-¿Qué futuro imagina para la Argentina?

-Me gustaría una Argentina modesta en sus pretensiones, porque siempre hemos tenido delirios de grandeza y al final no se han cumplido. Una Argentina más equitativa, con un mejor trato entre su gente, un mejor trato hacia otros países, también; donde se pueda progresar, aunque sea moderadamente, pero que haya esperanza. Una Argentina con esperanza, con más seriedad y con más honestidad.

El poder de tacos altos. ¿Cristina, por ser mujer, tiene más dificultades para gobernar? Creo que se dan dos cosas. Por una parte, Cristina Kirchner tuvo una gran facilidad para acceder a la presidencia siendo la mujer del presidente que se iba; eso le dio una ventaja extraordinaria y todo el peso de la propaganda, del poder, etcétera. Después, también ocurre que sí está sujeta a la crítica, que siempre se ensaña con la figura femenina y es más tolerante con los varones. En eso a ella se le hace más difícil la gestión por ser mujer.

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