Otra apuesta, otro partido

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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21 de noviembre de 2013  

A lo largo de la "década ganada", el Gobierno ha demostrado que la adversidad le sienta bien. Para Néstor Kirchner y, sobre todo, para su viuda, la escasez de poder siempre fue un estimulante intelectual. El exceso, en cambio, les nubló el juicio. Como en otras oportunidades en las que se vio jaqueada, esta semana la Presidenta recolocó las piezas y orientó de otro modo la partida.

Su innovación más importante fue designar a Jorge Capitanich jefe de Gabinete. Falta mucho para conocer el resultado de esa apuesta. Pero el ingreso de Capitanich a la Casa Rosada tiene, en potencia, la capacidad de reconfigurar toda la política.

Hasta ahora, el Gobierno caminaba detrás de un objetivo: replegarse sobre su propia base electoral para enfrentar a la próxima administración con las banderas del "proyecto nacional y popular". Ya que no podía retener el poder, reforzaría su identidad frente a la previsible "reposición conservadora".

Más que mirar al año 2015, tenía la vista puesta en 2017. La incorporación de Capitanich contradice esa lógica. El gobernador del Chaco se subió a la plataforma de la administración central para participar desde allí en la disputa sucesoria. Como para los gobernadores e intendentes del peronismo, el horizonte político de Capitanich está en las elecciones presidenciales. A ellos les interesa más el poder que la identidad. Y pretenden que también esta expectativa modele la vida del Gobierno.

Un ejemplo ajeno a la Argentina permite pensar mejor la nueva escena. Impedido de acceder a otra reelección, Lula da Silva convirtió a Dilma Rousseff en su jefa de Gabinete en 2005. ¿Será Capitanich el "Dilma" de la señora de Kirchner?

Como en toda comparación, el verdadero servicio de ésta es ayudar a entender las diferencias, no las semejanzas. Lula escogió a una heredera sin peso político, un cuadro técnico, una gerenta. Rousseff ni siquiera pertenecía al PT. Además, su padrino estaba en la cima del prestigio. En el oficialismo brasileño nadie necesitaba diferenciarse de él para ganar una elección.

Entre Cristina Kirchner y Capitanich el trato es otro. El jefe de Gabinete/candidato requiere que su madrina admita correcciones, de tal modo que su experiencia sea heredable. Las patologías son conocidas: inflación, inseguridad, déficit energético, entredichos internacionales. Y la más urgente: falta de dólares.

A propósito de la sucesión de Silvio Berlusconi, Beppe Servegnini describió el dilema en Il Corriere della Sera: "Personalidad, encanto, amor propio [?] son las cualidades que el electorado moderno reclama. Pero esos mismos elementos vuelven difícil la sucesión: el líder carismático ve al heredero como la prueba de la propia mortalidad política y termina por detestarlo".

Ayer la Presidenta habló con pragmatismo: reconoció la crisis de financiamiento y dijo que está dispuesta a "escuchar todas las propuestas, si no son meros esbozos". En cambio, si se obstinara en permanecer igual a sí misma, la carrera de Capitanich podría arruinarse. Sin embargo, si él amenazara con dejar la administración, ella quedaría al borde del naufragio. ¿Quién devorará a quién? ¿O lograrán la cuadratura del círculo, el cambio en la continuidad?

Capitanich ha sido el gobernador que más riesgos tomó en defensa del Gobierno en disputas muy costosas, como el conflicto con el campo o la guerra contra el periodismo crítico. Pero no es un cruzado de la "batalla cultural". Trata con el sector agropecuario; conoce el mundo financiero; cultiva amistades en el gobierno de los Estados Unidos; es capaz de defender las posturas de la Iglesia ignorando el laicismo más elemental. Además, en el año 2001, cuando fue jefe de Gabinete de Eduardo Duhalde, navegó por el ojo del huracán junto con Jorge Remes Lenicov.

El director del Cippec, Fernando Straface, propuso en un estudio dos modelos de jefe de Gabinete: el de un primus inter pares autónomo, casi un primer ministro, o el mero gestor que hace las veces de vocero y comisionado del presidente. ¿Qué estilo adoptará Capitanich? ¿Llamará a reuniones de gabinete? ¿Urdirá una liga federal de sostén a su gestión? ¿Dialogará con la prensa? ¿Negociará con el empresariado? De cómo despeje estas incógnitas dependerá su papel en 2015. Si conseguirá dar continuidad al actual gobierno o si sólo será el instrumento de un experimento de fragmentación en el que termine embarcándose la Presidenta.

Estos acertijos son vitales para Sergio Massa y Daniel Scioli. Massa diagrama su carrera con la hipótesis de que el kirchnerismo ha secado su fuente de poder. Capitanich intentará demostrar que se puede sobrevivir aun sin reelección. Para Scioli el cuadro es deprimente: no se unió a Massa para ser el delfín de la Presidenta y ahora descubre que ella prefiere a otro.

La designación de Axel Kicillof en el Palacio de Hacienda es otro cambio significativo. Los mercados se alarmaron con la promoción de un estatista, formado en el marxismo, admirador de lord Keynes en la versión de revisionistas como Hyman Minsky.

Pero la expansión de Kicillof puede ser engañosa. Lo apuntó anteayer Javier González Fraga: por primera vez este funcionario reportará a alguien que, como Capitanich, sabe también de Economía y está entrenado en el manejo del Estado. ¿Arriesgará Capitanich su carrera por las veleidades ideológicas de alguien a quien también él llama "el soviético"? ¿O tomará para sí la conducción del área económica?

Kicillof es dogmático, pero no tanto. Con tal de estar en el Gobierno dejó de criticar las adulteraciones del Indec. En sus diatribas contra la YPF "de Repsol" se mordió la lengua antes de mencionar a los Eskenazi, que, como él sabe, eran los verdaderos gerentes de la empresa. Y no tuvo reparos en firmar el acuerdo secreto con Chevron, a pesar de su catilinaria contra las multinacionales petroleras.

¿Cuál será la próxima flexión de Kicillof? Tal vez renuncie al desdoblamiento cambiario. La Presidenta no termina de aceptarle la idea. Además, ahora habrá que convencer también a Capitanich y a Juan Carlos Fábrega, que, como anticipó LA NACION, entregó la política monetaria y cambiaria a la burocracia del Banco Central: nombró gerente general a Juan Carlos Isi, un experto en regulaciones financieras que tal vez no sigue a Minski. El debut: anteayer se registró una devaluación del dólar oficial de 0,6%, el mayor escalón diario de los últimos cuatro años.

Fábrega fue decisivo para la otra gran novedad: el ostracismo romano de Moreno. El secretario de Comercio renunció cuando Fábrega entró al Central. El principal resorte de poder de Moreno era, en los últimos tiempos, el control de las operaciones del banco. Todos los días recibía una lista con los requerimientos de dólares de las empresas, que devolvía marcada con resaltador verde o colorado.

Fábrega, que conocía esa rutina, pidió la cabeza de Moreno. Le sorprendió que Cristina Kirchner se la concediera sin resistencia. No era el único verdugo: desde hacía meses Kicillof atormentaba a la Presidenta con quejas contra el secretario. Tuvo éxito: antes de que La Cámpora capturara esa oficina, la cubrió con Augusto Costa, su álter ego. Kicillof desdeña a los amigos de Máximo Kirchner por cierta inconsistencia intelectual.

La partida de Moreno tiene un significado de primera magnitud. Los feligreses oficiales no aprecian a ese excéntrico ferretero por el resultado de sus políticas. Para ellos su mérito ha sido encarnar, con la extravagancia de un personaje de Titanes en el Ring , la lucha contra "los enemigos del pueblo". A la cabeza de ellos, los medios críticos. Para un grupo que sólo tiene conciencia de sí mismo cuando entra en conflicto con el otro, las procacidades y pantomimas de Moreno eran un signo del curso correcto de la historia. ¿Quién cumplirá ahora ese papel? ¿O la terapia cognitiva lo habrá vuelto prescindible?

El relevamiento de Moreno fue inevitable después del resultado electoral. La presión cuerpo a cuerpo necesita, como método de política económica, el respaldo de los votos. Desvanecida en las urnas la ilusión de eternidad, los telefonazos de Moreno a las empresas corrían el riesgo de envejecer en los contestadores automáticos.

El exilio del secretario pone a Cristina Kirchner ante un desafío: tal vez deba resignarse a administrar la economía fijando reglas generales. Una opción angustiante para alguien que, en vez de atribuir los desajustes a una impersonal mano invisible, tiende a creer en maquinaciones conspirativas. ¿Habrá que esperar más sorpresas? Anoche en el mercado petrolero circulaba la versión de que se crearía un Ministerio de Energía para Miguel Galuccio, quien dejaría al frente de YPF a Fernando Giliberti.

Con una reestructuración tan ambiciosa, hasta podría cubrirse la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico, vacante desde marzo. Para semejante ola reformista, sería apenas un detalle.

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