Un éxito, dos realidades

Por Fernando Rodríguez De la Redacción de LA NACION
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23 de abril de 2004  

La sociedad argentina continúa movilizada, pero no unida. A contramano de los pronósticos escépticos, principalmente por la presunción de que la presencia de las organizaciones piqueteras restaría en lugar de sumar, otra multitud acompañó a Juan Carlos Blumberg en la cruzada que este ingeniero textil comenzó hace un mes, cuando perdió a su único hijo a manos de la cruel banda que lo tenía secuestrado.

No es un dato anecdótico que anoche, frente al Palacio de los Tribunales, la convivencia de sectores sociales que hasta ahora no han coincidido en sus reclamos haya sido pacífica. Pero no es menos cierto que, claramente, hubo un clima distinto al del 1° de este mes, cuando Blumberg convocó a la primera manifestación. Anoche, aunque se reunió una multitud, hubo menos de la mitad de los que aquella vez inundaron las adyacencias del Congreso.

No importó que, a grandes rasgos, hubiera coincidencia de consignas: lo que se advirtió anoche es que aúnresta mucho porque unos se acerquen a otros desde posiciones que, hoy parecen irreconciliables, tanto en las formas como en los discursos.

Confluyeron en el mismo escenario, pero quedó claramente marcado el lugar que cada uno ocupó en él, casi sin lugar a las mezclas. Y las actitudes de unos y otros antes y después del acto, y a la hora de las palabras del orador central, también fueron claramente diferenciadas. Ninguna coincidencia, aun cuando todos esperaran, en espíritu, lo mismo: de las instituciones, cambios que provean al bienestar general de todos los habitantes de la Nación.

Más allá de las diferencias entre los distintos sectores sociales, es precisamente esa exigencia de cambios radicales en la respuesta que los políticos, jueces y autoridades dan ante las necesidades básicas de la gente la que mantiene alerta a la sociedad.

Una certeza comenzó a hacerse carne en el grueso de la ciudadanía: la movilización constante, el "ganar la calle" para reclamar en forma pacífica, pero firme, lo que se juzga justo y necesario, se ha vuelto una herramienta efectiva para lograr del Estado respuestas inmediatas.

***

Un bochornoso episodio a la hora de la desconcentración fue un síntoma de las posiciones irreconciliables. Un hombre que comenzó a repartir volantes de un partido de izquierda fue insultado y agredido por unos treinta hombres y mujeres. No importó que en la papeleta se exigiera, con exactamente las mismas palabras, lo mismo que poco antes había pedido Blumberg. Al panfletero lo echaron con gritos deshonrosos y despectivos.

Debe destacarse que las llamadas organizaciones piqueteras respetaron el pacto previo de no politizar su presencia en el acto. Anoche no hubo capuchas ni palos, tampoco cánticos agraviantes ni intolerancia de su parte.

Raúl Castells, líder del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, cambió su habitual verba desafiante por un discurso sentido y componedor. Dio por hecho que disiente más de lo que acuerda con el petitorio de Blumberg, ése que hoy representa al grueso de la clase media argentina. Pero no por eso dejó bien en claro que ayer no había lugar para las consignas políticas, sino para el apoyo. Con razón sostuvo que nadie podía desafiar el más tremendo de los dolores: la pérdida de un hijo.

No se produjeron las temidas "provocaciones" que algunos auguraban. Pero tampoco hubo, en los gestos, coincidencias masivas entre los que portaban velas y los que sostenían en sus manos las gorras y pecheras partidarias para cumplir el pacto de despolitización del acto.

Ninguna de las propuestas anunciadas desde el escenario montado frente al Palacio de Justicia fue aplaudida por las columnas de izquierda. El único momento en el que todas las manos golpearon al unísono fue cuando el principal orador agradeció a todos por igual el que hayan hecho del de anoche un acto "civilizado, con honor, con orgullo y con la presencia de argentinos decentes".

Muchos se preguntaban por qué habían ido a la plaza los piqueteros si, ante los reclamos de Blumberg, su respuesta era sólo la indiferencia.

Los piqueteros esbozaron su respuesta a la hora de la partida: gritaron por "sus" muertos. Así quedó al descubierto, implícitamente, la percepción de que, en la visión de unos y otros, hay una suerte de "calidad" de muertos en forma violenta.

Hay todavía un cisma en la visión de las causas de esas muertes. Para los piqueteros, las suyas son víctimas de un sistema represivo que ahora se pretende endurecer. Para la clase media, pese a que no deja de lado la necesidad de echar a los corruptos y a los criminales de las fuerzas de seguridad, las suyas son víctimas de la delincuencia, y la protección sólo llegará de la mano de sistemas de persecución penal más duros.

Blumberg intentó, en su discurso, igualar posiciones. Habló en nombre de "todos los muertos" y proclamó que no hay lugar para "izquierdas" o "derechas", sino sólo para la unidad. Ese, precisamente, es el camino por andar para limar las diferencias que anoche quedaron expuestas.

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