Volver al jardín. Entre la emoción y las dudas

Primer día de la nueva normalidad en un jardín de Belgrano
Primer día de la nueva normalidad en un jardín de Belgrano Fuente: LA NACION - Crédito: Gentileza
Laura Reina
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6 de noviembre de 2020  

El jogging le quedaba cuatro centímetros corto, exactamente lo que había crecido desde marzo hasta ahora, cuando volvió a probarse el uniforme que había quedado perdido en el fondo del placard. "¿Qué hago, lo mando así, con pescadores?" preguntó una madre en el chat de la sala de 5 mientras hacía catarsis e ilustraba el problema con la foto de Julián su hijo, con el pantalón más corto de lo que hubiera querido tolerar. Al chat pronto se sumaron las fotos de varios compañeritos en idéntica situación: joggings demasiado cortos y remeras ajustadas, al igual que las zapatillas que quedaron sin uso y que parecían que se habían achicado de forma caprichosa, justo cuando había que volver a calzarlas y no había ni tiempo ni voluntad alguna de comprar un nuevo par. "Yo lo mando con Crocs", sentenció una madre. Muchas anticiparon que priorizarían un calzado alternativo que les quedara cómodo al blanco reglamentario. "¡No importa cómo vayan vestidos, lo importante es que vuelven, qué emoción tengo!", señaló otra integrante del chat, de las más movilizadas ante el regreso al jardín de su hija Emilia.

Volver. Con la frente fría para pasar la prueba del termómetro infrarrojo y el corazón caliente, lleno emociones encontradas, parecidas a las que se experimentan en sala de 2, cuando el desapego produce sensaciones de todo tipo y color y la adaptación a la institucionalidad es un aprendizaje conjunto. De la alegría por ver que ellos podrán cerrar de manera presencial un ciclo crucial de sus vidas, luego de meses de soportar las clases por Zoom, a la preocupación por un posible contagio. "Mi mamá se mudó con nosotros y tengo un poco de miedo", confesó Lorena, que está al cuidado de su madre de 80.

En la puerta de un tradicional colegio de Belgrano, sobrevolaba una mezcla de emoción y nerviosismo. De ansiedad y felicidad. En burbujas de 7 niños cada una, la entrada se realizaba con intervalos de 5 minutos por grupo para espaciar el ingreso. Con un barbijo puesto y otro de repuesto en la mochila, los niños empezaron a entrar de a uno. En la mano, todos tenían la autorización firmada y la declaración jurada que aseguraba no haber tenido síntomas compatibles con el Covid-19 ni haber estado en contacto con un caso positivo en los últimos 10 días. Después, tocará verificar la temperatura y ponerse alcohol en gel.

"Tienen todo el colegio para ellos, no están ni los de séptimo", habían aclarado en la reunión informativa virtual previa, en la que también habían destacado el estricto protocolo sanitario, que impide a los docentes acercarse a los chicos a menos de un metro y medio de distancia, la prohibición de compartir útiles y juguetes, la necesidad de que cada uno lleve una botellita con agua, además de que tengan todos los elementos en su cartuchera y a mano para que puedan sacarlos sin ayuda de ninguna maestra. "¿Y si un chico se lastima, qué pasa?", preguntó un padre atinadamente. "Esperemos que no pase. Pero si llegara a pasar por supuesto lo vamos a asistir. Va a primar el sentido común", tranquilizó la titular de la sala, acaso la más afectada por el impedimento de contacto físico con los niños. "Va a ser muy difícil verlos y no poder abrazarlos o darles un beso. Pero hay que mostrarles lo positivo, poner énfasis en todo lo que van a poder hacer y no en lo que no se puede", subrayaron en la reunión.

A la salida, la expectativa por ver cómo había resultado ese primer día de la nueva normalidad era enorme. "Yo me quedé un rato y los vi corriendo por el parque, felices", contó una madre en modo espía. Otra compartió fotos desde adentro, haciendo gala de su contacto estrecho con una de las docentes. Mientras los niños salían, todas los abrazaron como si hubiera pasado un mes y no dos horas desde la separación. La sonrisa dibujada en sus caritas hacía inútil la pregunta de rigor: cómo la habían pasado. "Jugamos a la mancha sin tocarnos porque éramos súper héroes", contó uno. "También bailamos, cantamos, dibujamos y corrimos por todo el colegio porque no había nadie", detalló otra, feliz por haber podido ver a sus amigas sin que mediara una pantalla.

Volver. Con dudas, con emoción. Pero con la certeza de que, a pesar de todo, pisar la escuela otra vez es lo mejor para ellos. Para todos.

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