
Marcos Panelo creció en Lobos, en un ambiente de criadores de caballos, y aprendió los secretos de un deporte que le abrió las puertas al mundo. Se dedicó a organizar clubes y hoy enseña en Martindale
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Nació en Azul y, como su familia, tiene un especial afecto por los caballos y es un apasionado del polo. Marcos Panelo recuerda su infancia en un campo en Lobos, donde creció en un ambiente de criadores de caballos de polo argentinos. Un tema que lo llevó a dar la vuelta al mundo jugando torneos y ganando premios con su yegua La Motito. En estos días mantiene vigente la misma temática con variantes, ya que se dedica en Martindale CC, desde 1992, en Pilar a organizar, desarrollar y enseñar las diversas particularidades de esta especialidad en un club que cuenta con cinco canchas, diez famosos polistas profesionales y diez torneos por año.
"Todo surgió porque mi padre, Adolfo Lucio Panelo, aunque todos lo conocen como Topín, fue jugador y amante de los caballos de polo junto con Héctor Laplace, que fue su petisero durante 40 años y referente de nuestra vida."
Panelo dio los primeros pasos en el polo a los 13 años, en La Espadaña, en Lobos, donde se inició toda la camada de los Pieres, entre otros. Cuando terminé el colegio no podía pensar en otra cosa que no fuera la actividad polística; intenté estudiar una carrera, pero finalmente decidí abocarme a este deporte que siempre me fascinó", cuenta Marcos Panelo, mate en mano, rodeado de tacos y bochas en su refugio de Martindale. Allí hay 500 boxes particulares y, aproximadamente, cincuenta polistas.
El club de campo está afiliado a la Asociación Argentina de Polo (AAP) y organiza un torneo interno por mes entre socios, para lo cual Panelo está junto a Tomás Fernández Llorente, que es el presidente de la subcomisión de polo del club. "Este deporte me dio la oportunidad de vivir una gran experiencia personal; viajé y conocí personajes prestigiosos en todas partes." Dice que en los comienzos organizó ad honórem torneos y después lo convocaron del club Los Indios para que organizara la actividad. "Enseguida me contrató Gonzalo Tanoira para armar Pilar Chico cuando se iniciaba; allí estuve tres años hasta que comencé a viajar y jugar al polo en Estados Unidos, en 1986, para el equipo Rólex", recuerda. Panelo está casado con Luli Llames Massini, perteneciente a una familia de polistas como los Perkins; allí enseña a Marcos, de 12, y Bautista, de 9.
Sin urgencias, analiza la disciplina y explica: "En esta época el polo convoca cada vez más gente, incluso aquellos que ahora descubren las cualidades de este deporte. Aun así, creo que la mayoría que se dedica al polo es porque hereda una tradición, un estilo de vida diferente". Los residentes del Martindale cuentan en este country con una escuelita para chicos y chicas de entre 8 y 14 años, que descubren el polo sin que sus padres lo hayan experimentado. "Como cualquier deporte, cuanto más tiempo le dedican más rápido progresan; eso sí, exige dedicación, además de depender en gran medida de los caprichos del clima."
Acerca de los riesgos del polo, explica: "Algunas veces terminé en el hospital; lo más peligroso es el choque entre caballos. A mis alumnos siempre se los digo. Muy importante para jugar al polo es el vínculo que surge con el caballo, más allá de la habilidad para pegarle a la bocha".
En el final, sintetiza: "El polo y la cría de caballos como forma de vida me dio muchos amigos; tuve vivencias increíbles que no voy a olvidar".






