Veranos más largos, olas de calor y sequías intensas están poniendo en jaque al arbolado urbano tradicional
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Por efecto del cambio climático, en Argentina estamos viviendo veranos más largos y calurosos, olas de calor que rompen récords, períodos de sequía más intensos y tormentas cada vez más violentas que ponen a prueba a los árboles urbanos.
Lo que está ocurriendo deja una lección clara: el arbolado que diseñamos en el siglo XX no siempre sirve para el clima del siglo XXI.
Durante décadas se eligieron especies por su sombra, su velocidad de crecimiento o simplemente por costumbre

Plátanos, fresnos, tilos, olmos y paraísos poblaron las veredas de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Santa Fe o Mendoza. Pero muchas de estas especies fueron seleccionadas para un clima más templado, con veranos más suaves y sin la frecuencia actual de fenómenos extremos.
El escenario ha cambiado rápidamente. La última década fue la más cálida jamás registrada en la Argentina, con eventos extremos cada vez más frecuentes. Y eso se siente en los árboles.
Estrés hídrico y calor extremo
Un ejemplo claro es el estrés hídrico. En veranos como los de 2018, 2022 o 2023, con temperaturas sostenidas por encima de 35° C, muchos ejemplares urbanos mostraron marchitez, pérdida temprana de hojas o ramas secas.
En ciudades como Córdoba o Mendoza, la combinación de calor extremo y sequía prolongada afectó a especies tradicionales que requieren más agua de la disponible en suelos compactados y en veredas angostas. También se registraron aumentos en caídas de ramas tras olas de calor o tormentas repentinas.
El calor extremo no solo estresa la fisiología del árbol: también altera su fenología. En Buenos Aires y otros centros urbanos, vecinos y especialistas han observado floraciones adelantadas, prolongadas o irregulares en especies muy difundidas.
Algunos árboles florecen antes de tiempo; otros no lo hacen en absoluto. En ambos casos, se rompe un ciclo ecológico que afecta a insectos, aves y polinizadores urbanos.

La última década fue la más cálida jamás registrada en la Argentina, con eventos extremos cada vez más frecuentes
¿Qué árboles pueden resistir?
El panorama obliga a una pregunta: ¿Qué árboles son capaces de sobrevivir y ofrecer beneficios ecosistémicos en un clima que ya no se parece al del pasado?
Ahí es donde entran las especies nativas. Adaptadas por miles de años a los climas y suelos argentinos, muchas muestran mayor tolerancia al calor, a la variabilidad hídrica y a las plagas locales.
En regiones cálidas y secas, el Schinus molle y el Senna corymbosa soportan mejor el estrés hídrico que fresnos o tilos.

En la región pampeana, especies como el Celtis tala o el Jodina rhombifolia tienen gran resiliencia. En zonas húmedas o ribereñas, los arrayanes y los curupíes se vinculan mejor con las dinámicas del agua local.
Además, los árboles nativos ofrecen un beneficio crucial que pocas veces forma parte de las decisiones municipales: sostienen biodiversidad urbana. Dan refugio y alimento a aves, abejas nativas, mariposas y otros insectos cuya presencia disminuyó en muchas ciudades argentinas.
Diversificar para habitar mejor
Esto no significa que haya que eliminar especies tradicionales, sino diversificar y repensar. Más especies nativas, menos monocultivos urbanos. Más veredas amplias y suelos vivos, menos cemento. Manejos que prioricen la salud del árbol frente al cableado o la estética. Y, sobre todo, planificación climática: elegir un árbol no para el clima que tuvimos, sino para el que ya está aquí.
En un país donde el calor extremo será cada vez más parte del paisaje urbano, el arbolado no es un detalle. Repensarlo con enfoque climático y ecológico puede marcar la diferencia entre una ciudad vulnerable y una ciudad más habitable.
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