En el corazón de un barrio histórico, un templo de comida casera y abundante que convoca a un público heterogéneo y seduce con precios razonables
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“Tirifilo” es una palabra tanguera y lunfarda; quiere decir “petimetre”, es decir, niño bien, engreído, presumido. El bodegón más tradicional del barrio de Adrogué adoptó ese nombre, no por su sentido literal, sino más como una picardía y una marca para una de sus esquinas icónicas. Tirifilo es ideal para hacerse una escapada a una zona elegante del sur del gran Buenos Aires que conserva el aire pacífico de antaño, cuando el paisaje estaba poblado de chacras, quintas y confortables casas de profesionales con porches abiertos a sus jardines.

A escasos 20 km de Capital, cada vez más porteños se acercan a esta fonda amable y hospitalaria para saborear pastas inolvidables, una tortilla jugosa de papa a la española -puede repartirse entre cinco comensales- o un lomo gruyere provenzal: la carta tiene más de 150 opciones, todas abundantes y a precios pagables.
Ubicado en la esquina de Almirante Cordero y Spiro, en el corazón del Adrogué histórico donde se cruzan diagonales amparadas por cúpulas de plátanos centenarios y casas en tonos pastel con sus jardincitos al frente, resulta imposible ignorar la ochava azul y verde de Tirifilo, con sus mesas en la vereda –las más codiciadas– prolijamente cubiertas por manteles.


Con una estética típica vintage que recuerda las antiguas cantinas y almacenes del Gran Buenos Aires, se distinguen cuadros de personajes históricos y locales en las paredes de ladrillo junto a repisas que exhiben objetos antiguos, como botellas de licores, balanzas de pesas, relojes, cafeteras y elementos de cocina de época. Las lámparas colgantes de múltiples brazos y su decoración intencionalmente pretérita le ponen un toque de historia. Pero el recurso es sutil: a diferencia de otros bodegones que acumulan desordenadamente sus souvenirs, en Tirifilo se observa un criterio y un orden.

En cualquier caso, el lugar no es muy viejo, aunque –cuenta Carlos Bravo, su gerente general– hace más de 15 años que, sobre todo los fines de semana y algunas noches, está prácticamente lleno (son 90 cubiertos entre el salón y el exterior) con la presencia de vecinos a los que se suma cada vez más un público extramuros. Los mediodías, de lunes a viernes, cuando despachan un muy variado menú ejecutivo, se puebla de médicos de institutos cercanos, técnicos de laboratorios, trabajadores de los alrededores y algunos turistas.
Los clientes de Tirifilo aprecian no sólo sus platos abundantes y finamente elaborados, sino la sensación de estar “como en casa” por el trato familiar de su personal, en especial del decano de los mozos, Ricardo Cáceres, o “el gran Richard”, como lo llama todo el mundo. Richard ama su oficio y ama el barrio, solo trabajó en Adrogué y lo ha hecho más de cuatro décadas. Empezó en un boliche histórico, El Trote, que evolucionó de bar a restaurante. “Muchos clientes vienen buscando a Richard”, revela Bravo.

El propio Richard cuenta: “Lo hice toda mi vida, desde que tenía 14 años. Muchos profesionales actuales eran pibes de la secundaria que se hacían la rabona en El Trote: los conozco desde esa época y ahora con muchos somos amigos. Ahora estoy por jubilarme. Siempre trabajé en Adrogué, en gran medida porque no me gusta viajar. A todas partes voy caminando. En Tirifilo estoy ya hace más de 10 años”.
Richard tiene un trato cordial que le sale naturalmente, explica los platos con detalles y está siempre a disposición de los clientes. La gente espera su consejo acerca de cuál es la mejor opción del día, y el gran Richard no se hace rogar. “Qué se va a hacer –dice, orgulloso–, me quieren…”


La buena fama de Tirifilo, que ha traspasado el límite geográfico, se debe a la cualidad de sus platos y la atención personalizada. Como se llena, especialmente los sábados y domingos, se aconseja reservar con anticipación para evitar largas esperas.
Hay famosos que cruzan la General Paz para comer en este bodegón. Algunos incluso tienen su mesa propia, como la conductora y actriz Lizy Tagliani, nacida en la zona a la que regresa siempre que puede. “Adrogué es un lugar sanador”, dijo una vez. En Tirifilo, Richard la saluda con un beso, como hace con la mayoría de sus antiguos clientes. Otros conocidos que van a este bodegón son el Mono Navarro Montoya, el futbolista Gabriel Hauche, ahora estrella del Club Atlético Temperley y el arquero de la Xeneize, el “pibe” Leandro Brey, nacido en Lomas de Zamora. Siempre que puede, Brey se da una vuelta para comer los agnolottis a la tinta de calamar rellenos con salmón.

El actor Joaquín Furriel, también con un lazo con el barrio (se educó en el histórico colegio Nacional de Adrogué, ubicado a pocas cuadras del bodegón) es otro de los habitués; aunque el actor disfruta de cocinar, suele vérselo seguido los mediodías para comer el plato ejecutivo que le recomienda el joven chef, Fernando Oviedo, a cargo desde hace unos años de armar la carta, “ La idea es variar las propuestas para no aburrir siempre con lo mismo”, dice.
Oviedo, que ha cocinado en otros bodegones, confiesa que se siente muy a gusto en este bodegón. “Somos un equipo muy unido, elaboramos la comida sin presión, muy tranquilos, algo poco común en los restaurantes. Creo que el ambiente distendido se trasmite, para cocinar bien es imprescindible respetar los tiempos.”

El menú podría definirse como cocina casera argentina con un toque de autor. Oviedo recomienda el lomo Eduardo VII, medallón a la plancha en salsa demiglace con hongos, espárragos y jamón glaseado, el risotto ai Funghi con osobuco braseado y el solomillo de cerdo a las tres mostazas.
Además de comer en Tirifilo, hay otros motivos para visitar Adrogué y recorrer sus calles tranquilas. A pocas cuadras del bodegón, en la propiedad que hizo construir la madre de Jorge Luis Borges en los años 40 y donde él vivió hasta la década siguiente, se encuentra la Casa Borges, un museo dedicado al escritor que eternizó a Adrogué en páginas inolvidables.
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