Excursión al reino del felino más poderoso de América, donde se mueve a sus anchas y se deja ver por turistas con espíritu explorador
Intuyo que son parte de mi grupo porque hablan en castellano. Pienso que no debe haber tantos argentinos que vuelen a Cuiabá. Develo el misterio después de algunos minutos, cuando les pregunto si viajan con quienes serán nuestros anfitriones, Emilio White y Tomás Thibaud. Se llaman Victoria y Delfina, son hermanas, entrerrianas y aventureras. Estamos en el preembarque del vuelo que nos llevará de San Pablo hasta Cuiabá, la capital del estado de Mato Grosso, en el corazón de Brasil. Iremos al Pantanal, el área inundable de mayor superficie del planeta y refugio de cientos de yaguaretés.
Aterrizamos pasada la medianoche. Enseguida conocemos al chofer y al resto del grupo: Juan y Cecilia, una pareja simpática que habla de viajes exóticos. También están Rodrigo y su mujer, Sheila (que por WhatsApp había aclarado que se pronuncia “Shila”). Se sumaron porque Rodrigo es amigo y estudió agronomía con Alfonso, el único del grupo que ya viajó al Pantanal. Esta es su tercera vez y suena muy entusiasta. Carga una cámara de fotos con un lente enorme.
Con Emilio y Tomás, los artífices de este viaje, nos encontramos en el lobby del hotel, en Cuiabá. A Emilio, naturalista y fotógrafo, lo conozco desde hace tres años porque lo entrevisté en La Lorenza, su reserva y hogar en Misiones. Sé de su compromiso conservacionista, de sus ganas inalterables de viajar y comunicar. En cambio, de Tomás –abogado reconvertido en diseñador de viajes y fotógrafo de naturaleza–, solo he visto su perfil de Instagram. También leí notas que dicen que dejó el mundo corporativo para abrazar su pasión. Y, de movida, descubro que tiene muchos más matices y aristas que los que dejan ver las redes.
Aproximación al territorio
Son las 8 de la mañana y abro la puerta del cuarto para ir a tomar el desayuno. Una primera bocanada de aire caliente y tropical me recuerda que estoy en el Mato Grosso, el tercer estado más grande de Brasil.
A la combi llego con unos minutos de demora, cuando ya todos están sentados. Me disculpo y termino en el fondo. Gran error porque al mediodía estaré revuelta por el traqueteo. La parada para almorzar es en Poconé, municipio que, según Emilio, es como Mercedes para los Esteros del Iberá. Es decir, la ciudad más próxima a el Pantanal y su puerta de acceso. Está a 150 kilómetros de Cuiabá y a otros 150 de Porto Jofre, donde haremos base para recorrer el humedal.
Por la tarde, tomamos la Transpantaneira, una ruta de tierra muy escénica que traviesa 120 puentes que se complica en temporada de lluvias. El Pantanal se visita entre mayo y octubre. Después llueve mucho, crecen los ríos, el calor se vuelve insoportable y los mosquitos, también.
La Transpantaneira me encuentra en el asiento de adelante porque Emilio me cedió su lugar para que no me maree. Ya no vemos bueyes nelore; aparecen los jacintos de agua, algunos yacarés y las primeras aves: garza mora, jabirús, garza real, espátula rosada, jacanas y charatas. La tormenta que nos venía corriendo de atrás tiñe todo de negro y las últimas dos horas son bajo un chubasco que se adelanta a la temporada. No vemos mucho por la ventana y aprovechamos para charlar de lo que se viene.
“Pensar que hasta hace 200 años el yaguareté pescaba lobos marinos en Mar del Plata. Y que el partido de Tigre se llama así porque había yaguaretés”, apunta Emilio sobre este felino, el más grande de América y el tercero a nivel mundial. Por momentos le dice jaguar. A mí me gusta decirle yaguareté, que –me entero– en lengua tupí guaraní significa “el que mata de un zarpazo”.
Cuando observo que Emilio tiene tatuado en el brazo “panthera onca”, su nombre científico, le pregunto qué lo conmueve como para llevarlo en la piel. “La primera vez que lo vi fue en Formosa, en 2006. Desde entonces me marcó el camino y se convirtió en un personaje protagónico en mi vida. Me gusta porque no necesita demasiada explicación… Que sea una especie amenazada también lo hace interesante”, sintetiza.
Entonces nos cuenta sobre Jaguar Identification Project, una organización que los estudia y protege en el Pantanal, donde está la mayor concentración de individuos. Se calcula que hay alrededor de 4000, muchos de los cuales se identificaron en Porto Jofre y figuran –con nombre y fotos– en una guía que será nuestra biblia mientras nos movamos por los ríos.
“El Pantanal es el único lugar del planeta donde el yaguareté se ve tanto y tan de cerca. Es tan inundable, que se mantuvo ajeno al avance de la frontera agrícola y, por eso, aquí el jaguar es todavía el depredador tope”, asegura Emilio mientras nuestra ansiedad crece.
Me entero también de que la región abarca 200.000 km2, la mayoría en Brasil, pero que hay un sector en Bolivia y otro en Paraguay. Riquísimo en biodiversidad, está clasificado por la Unesco como Patrimonio Natural de la Humanidad y Reserva de la Biosfera. Se preserva desde la década del 70. Engloba, entre otras reservas, el Parque Nacional do Pantanal Matogrossense y el Parque Estadual Encontro das Águas, que es por donde andaremos en lancha. “El Pantanal es muy parecido a lo que era Formosa hace 200 años”, desliza Emilio.
Todo suena tan grandilocuente, que enseguida hacemos el chiste con el que los argentinos “chicaneamos” a los brasileños siempre: “o mais grande do mundo”, siempre a mano y para todo. En cuestión de humedales y fútbol, yo no les discutiría.
Al hotel en Porto Jofre llegamos mientras cae el sol. Varios estamos empapados porque paramos para ir al baño y la cortina de agua nos cayó encima. Nadie se queja. No vaya a ser cosa que nuestro espíritu aventurero se ponga en duda. Sí expreso mi sorpresa cuando Emilio anuncia que el desayuno del día siguiente será a las 5.30. Y la salida en lancha, a las 6.
Primeras impresiones
A pesar de mi poca simpatía por el madrugón, me ubico primera en la lancha con la firme intención de reparar la falta de haber llegado última a la combi. Eurico se llama el piloteiro que la maneja. Salimos por el río São Lourenço en dirección al norte y, sin mucho preámbulo, un grupo de nutrias gigantes nos enseña lo impredecible que puede ser el Pantanal. Tomy dice “esto es único” mientras dispara la cámara.
Las nutrias son alrededor de siete, entre ejemplares adultos y cachorros. Sé que la nutria gigante se extinguió en nuestro país –y que Rewilding Argentina hace esfuerzos por reintroducirla– y por eso entiendo el valor de la escena. No es una especie de una belleza particularmente hegemónica, como el yaguareté… Pero es simpática y, ¿tal vez eso nos conmueva? ¿Qué nos conmueve de los animales para que nos quedemos un buen rato mirándolos?
La vemos nadar, saltar, aullar, hundirse y comerse una tararira con voracidad, mientras agarra la pieza con las memabranas de sus manos y sus uñas bien puntudas. “En el agua son las número uno. Ni el yaguareté las agarra”, asegura Emilio. “Esto es excepcional”, vuelve a expresar Tomy y lo repite en distintos momentos del avistaje.
Después de un rato, dejamos atrás a las nutrias gigantes para ir en busca del yaguareté. Me gusta comprobar que es la estrella del Pantanal, pero que hay mucho más en este ecosistema descomunal. Muchas más interacciones y pulsiones vitales en este nudo de selvas en galería, pastizales y ríos cargados de ímpetu.
Tras el cruce del río São Lourenço con el Piquirí, entramos al Parque Estadual Encontro das Águas. Una garza mora pesca. Sobrevuela un martín pescador grande. Y Victoria, una de las hermanas entrerrianas, dice: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. La tormenta de anoche hizo de las suyas y es apenas un preludio de lo que ocurrirá entre noviembre y abril.
Unos metros más adelante, en la intersección del mismo río con el Três Irmãos, ocurre eso que todos queremos que ocurra. No sé si le avisaron a Eurico o si vio las lanchas agrupadas, pero...¡yaguaretés a la vista! Patricia, la hembra emblema del Pantanal, está cruzando el río unos metros más adelante que Makala, su cachorro de un año y medio.
Me gusta que mi primer encuentro con un yaguareté sea de repente, mientras nada. Después suben a tierra firme, se ubican en un lugar elevado, se sacuden, se lamen y se dejan ver. El largavistas es un gran aliado.
Unos días más tarde (ya de vuelta en Buenos Aires), Tomy me contará que captó los segundos previos a lo que vimos todos. Mientras la lancha avanzaba a toda velocidad, los fotografió jugando en el agua, apenas antes de cruzar el río. El año pasado captó la misma escena y está impresionado con cómo creció el cachorro. “Por estas cosas, el Pantanal nunca me aburre”, dice.
Y como el Pantanal no es solo el yaguareté, seguimos explorando arroyos, que aquí se llaman corixos. Un grupo de garzas cucharonas se esconde entre ramas y lianas; una anhinga (pato aguja) nada y la confundimos con una serpiente; un biguá se entretiene con un pez armado; los jabirús sobresalen de su nido, y un grupo de murciélagos duermen camuflados en el tronco de un pimentón. Si no fuera porque los marca Emilio, no los veríamos. Me envuelve la calma del corixo (arroyo) da Ilha y pienso en todo lo que no vemos. Vinimos en plan de avistaje, pero solo se nos presenta un porcentaje minúsculo de todo lo que ocurre. Ver el yaguareté, ver la nutria gigante, ver un tapir, ver tal o cual ave es solo una pequeña porción de este sistema tan rico, diverso y profundo.
Acción en el humedal
El segundo día de avistaje es más caluroso que el anterior y me mojo la cabeza varias veces con agua de río. “Hay una onça en el corixo Negro”, dice Eurico y acelera. Le avisaron por handy sus colegas piloteiros. Una especie de “¡alerta onça!” que activa múltiples emociones. La adrenalina de llegar para verla me recuerda a mis épocas de periodista de espectáculos, junto a los paparazzi, pero esta estrella de la naturaleza tiene un encanto diferente.
Cuando llegamos, Medrosa está sentada en la rama de un timbó blanco. La vemos mucho más cerca de lo vimos a Patricia y a Makala. Con las mamas todavía hinchadas porque amamanta un cachorro que dejó escondido entre los pastizales, no le hace honor al nombre. Medrosa ya no tiene miedo, ni es escurridiza. Desde el árbol pesca y caza.
El acto de pescar y cazar es mucho más que el momento en que captura un yacaré o un bagre. Es cómo lo busca, le clava la mirada y lo sigue hasta dar el zarpazo mortal. Nosotros la observamos en esta previa y parece ajena a nuestra presencia. La vemos desplazarse a sus anchas sobre una rama bien gruesa, bajar a unos pastizales secos e internarse de vuelta entre la maleza. Al rato aparece y desaparece por otro sector de juncos altos, que se mueven al compás de su avance. De pronto baja al río, nada unos metros y se vuelve a esconder. La caza resultó infructuosa. Pero su andar es majestuoso.
Nuestro avistaje es paciente. Lo hacemos siempre desde la lancha, a un mínimo de 25 metros de distancia del yaguareté y en silencio (un silencio que no es absoluto, pero que prevalece). Contemplamos e intentamos adivinar sus próximos movimientos.
Por la tarde vamos hasta el arroyo da Ilha y sobre la raíz de un pimentón, que cuelga por la erosión, está Saseka, otra hembra. Descansa, bosteza y se lame. Y descansa, bosteza y se lame, otra vez. El sol radiante que al mediodía fue pesado, ahora es luz dorada que va muy bien con la piel de los yaguaretés. Una vez más, nos dedicamos a contemplarla. Ahora con una cerveza bien fría. Pequeños lujos de viajar con Emilio y Tomás, que además de saber mucho, hacen fotos geniales y las muestran in situ para que podamos apreciar los detalles que no se ven a simple vista.
Siempre atento, a la vuelta, Tomy marca unos monos carayá que divisa entre las ramas de un higuerón. El macho es negruzco, y la hembra, ocre amarillento. Hay también una cría, que son el gran plus de todo avistaje. Cuelgan de una rama para pasar a la otra, aúllan y los perdemos de vista. Dejar de verlos también es mágico.
Mucho más que yaguaretés
Gran conocedor del fascinante mundo de las aves, Emilio nos marca varias que me resultan encantadoras. Habla fluido en portugués y le pide a Eurico que frene cada vez queremos ver alguna. Como con los rayadores y su vuelo al ras del agua. De los pasajeros, Alfonso es el más entendido y tiene devoción por el martín pescador en todas sus formas. El chiste es que cada vez que pasa un martín pescador grande, se lo marcamos. Y aunque vemos varios, no se puede resistir y les hace fotos. Una y otra vez, como si lo viera por primera vez. Tiene todo –las fotos, las anécdotas y los conocimientos– para dedicarles un libro.
De pasada vemos una nueva hembra de yaguareté, Polyana, pero seguimos porque queremos hacer una vuelta bien grande. Iremos hasta el arroyo Caxiri que une el río São Lourenço con el Três Irmãos. Entonces Eurico y Emilio detectan un grupo de jotes y un sector de juncos aplastados, por donde pudo haber bajado un yaguareté, atacado un yacaré y dejado su carcasa a unos metros. Esperamos un rato, pero nada. Levantamos campamento y tomamos velocidad cuando, unos metros más adelante, un “¡ahí!” ¿de Delfina o de Victoria? –tal vez fue al unísono– nos marca un nuevo yaguareté. Está recostado entre los juncos secos, a la vera del río. No está en actitud de caza. Debe haber comido hace un rato.
De movida, ni Eurico, ni Emilio ni Tomás lo identifican, como sí ocurrió con todos los ejemplares anteriores. Entonces Tomy se pasa un buen rato analizándole las manchas para ver de quién se trata. Compara las fotos de la guía con las fotos que le saca. Hace zoom en su cámara y se debate entre dos candidatos. Pero ninguno le cuadra. Recién cuando el yaguareté se levanta para irse, confirmamos que es un macho. Pero seguimos sin saber el nombre hasta la tarde, de vuelta en el hotel, cuando recobramos señal. Se llama Oriel y fue visto por primera vez el año pasado. No está en la guía, por eso Tomy no lo identificó antes, pero le mandó la foto a la fundadora de Jaguar Identification Proyect y ella se lo dijo. Misterio resuelto.
Yo me voy a dormir con la sensación de que fue un avistaje especial. Fue nuestro primer macho (sin contar a Makala que es cachorro); lo detectó espontáneamente alguien del grupo y no los guías, y lo contemplamos solos, sin otras lanchas alrededor. Eso me fascina.
Lo que no se ve
“Miralo un poco sin la cámara. ¡Disfrutalo!”, le sugiere Emilio a Alfonso, que está en pleno frenesí haciéndole fotos a un martín pescador enano. Minúsculo, es una belleza que posa –imperturbable– en una rama perfecta. Lo encontramos en el mismo sector donde Alfonso lo vio por primera vez el año pasado. Era prácticamente un imposible, pero ya no.
Corre la última mañana de nuestra travesía y Eurico recibe un nuevo “¡alerta onca!”. Vamos por Saseka, que está en el mismo árbol que ayer. La contemplamos un rato y nos vamos. Sé internamente que puede haber sido mi último yaguareté. ¿Fue el último? Porque a la vuelta vemos varias lanchas frenadas y nos anclamos. Parece que hace un rato aparecieron unos yaguaretés, pero se escondieron. A la espera de que vuelvan a salir, desplegamos las sombrillas, porque hace calor, y ejercitamos la paciencia charlando en voz baja. Tal vez yo no lo haga en voz tan baja, porque me pierdo un rugido que oyen varios. Sí escucho el “¡guauuuuu!” de los muchos que lo oyeron. Entonces Emilio dice que es posible que estén copulando. Pienso en todo lo que no vemos, en todo lo que lo que el humedal se reserva para sí y no muestra.
En el camino de vuelta a Cuiabá, la Transpantaneira luce exuberante. Cruzan la ruta un grupo de monitos tití de cola negra, un ciervo de los pantanos se alimenta impávido en otro costado y cientos de yacarés se reúnen en un sector con algo de agua. El Pantanal nos da una nueva lección de abundancia.
Cuando llegamos a un sector con señal, Tomy nos manda su listado –bien detallado– con todos los yaguaretés que vimos: nombre, día, hora y lugar. Al final dice “rugidos”, porque no los vimos, pero ocurrieron. Y el Pantanal es mucho más que lo que vemos.
Para saber más
- Identikit felino El yaguareté vive alrededor de quince años, tiene entre una y cuatro crías por parición, pesa entre 40 y 140 kilos y mide entre 1,10 y 1,85 metros. Depredador tope de la cadena en el ecosistema del que forma parte, los yaguaretés trepan, nadan, acechan y emboscan. Son el único gran felino que mata a su presa perforándole el cráneo o el cuello con los colmillos. Tienen la segunda mordida más fuerte entre todos los mamíferos terrestres. Comen desde yacarés a carpinchos y peces. No suelen atacar humanos, a no ser que no se respete la distancia mínima y se sientan amenazados. No hay registros de ataques a turistas en Pantanal.
- Jaguar Identification Project Es una organización sin fines de lucro que se creó en 2000 y trabaja en los alrededores de Porto Jofre, en Pantanal Norte, donde se concentra la mayor cantidad de yaguaretés del mundo. Gracias a un trabajo conjunto con turistas que aportan sus fotografías, se basan en las manchas –únicas como nuestras huellas dactilares– para catalogar ejemplares. Con cámaras trampa y científicos comprometidos, trabajan sin perturbar a los animales, en su hábitat natural. Publicaron y actualizan una guía completísima con los nombres, comportamientos, linajes, relaciones y áreas de distribución. Al cierre de esta edición tienen registrados 458.
Datos útiles
- Emilio White y Tomás Thibaud Coordinan viajes para amantes de la naturaleza, familias aventureras y fotógrafos. Hacen salidas entre mayo y junio, y entre octubre y noviembre (al principio y al final de la temporada, para evitar multitudes). Seis noches con todo incluido (transfers, hoteles, comidas, lanchas, asistencia al viajero y propinas) desde u$s 3.200.
- Hotel Fazenda Mato Grosso. En Cuiabá, sirve para el día de llegada y de partida hacia Pantanal.
- Santa Rosa Pantanal Hotel. En Porto Jofre, ideal para hacer base y salir a recorrer el humedal. Tiene habitaciones cómodas, muy buena gastronomía y está sobre el río, con muelle propio.






























