Declarada Reserva Nacional de Surf es un destino en alza que convoca a quienes quieren aprender o practicar este deporte en un entorno natural y poco concurrido.
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Pronunciar su nombre no es sencillo. Llegar, tampoco. Pero basta atravesar la ruta sinuosa que cruza la Serra do Mar, dejar atrás las curvas cerradas y el verde espeso del litoral norte de San Pablo, para entender por qué Itamambuca dejó de ser un secreto. Al llegar, el ruido se apaga. Frente a una bahía amplia, de arena clara y olas constantes, aparece un pueblo prolijo, de calles paralelas, casas bajas y una armonía difícil de encontrar en otros puntos de la costa brasileña.

A pocos kilómetros de Ubatuba, y casi equidistante entre San Pablo y Río de Janeiro, Itamambuca se consolidó en los últimos años como uno de los destinos más atractivos para quienes buscan naturaleza, tranquilidad y surf. Durante mucho tiempo fue apenas una playa frecuentada por paulistas y cariocas que escapaban del vértigo urbano. Hoy, cada verano, suma visitantes de todo el mundo, entre ellos un número creciente de argentinos que llegan atraídos por la promesa de olas amigables, la posibilidad de aprender a surfear, y un estilo de vida más simple.
El crecimiento, sin embargo, no fue casual ni desordenado. Hubo intentos de pavimentar sus calles, de acelerar un desarrollo turístico más agresivo. Pero la resistencia organizada de los vecinos logró frenar esos avances. Y esa defensa constante del equilibrio es, quizá, el verdadero corazón de Itamambuca.

El surf es parte esencial de esa identidad. Las olas, de tamaño medio y formación pareja, permiten aprender y progresar a cualquier edad. Uno de los grandes impulsores de esta cultura es Maicol Santos, de 39 años, surfista desde los cinco y profesor desde hace más de dos décadas. Nacido en Ubatuba, con familia mitad brasileña y mitad argentina, Maicol es una figura respetada dentro y fuera del agua.
“El surf es una herramienta de autoconocimiento”, explica. “Para mí es un arte, un estilo de vida. Uno surfea como es en la vida”. En Itamambuca, no hay boliches ni música alta en la playa. No hay fiestas electrónicas, djs ni gente famosa. “No es un lugar para salir, sino para disfrutar y conectar. Con la naturaleza y con uno mismo”.

“Con el tiempo entendimos que ese era el camino: transmitir el surf no solo como un deporte, sino como una forma de vida. A partir de esa mirada, muchas personas fueron adoptando una forma de vivir más sana, más simple y más conectada con la naturaleza. En Itamambuca el día empieza temprano y también termina temprano: no hay boliches ni vida nocturna intensa. Es un lugar rodeado de naturaleza, donde la propuesta es desacelerar y volver a conectarse con uno mismo”, señala desde su espacio en la playa.
Esa filosofía se refleja también en las reglas que rigen el lugar. No se permiten parlantes en la arena ni animales en la playa. No hay bares abiertos hasta la madrugada ni grandes estructuras turísticas. De las casi 900 casas construidas, unas 300 están habitadas todo el año. El resto se activa en temporada, sin alterar del todo el pulso cotidiano.
Detrás de esta convivencia ordenada está la Asociación Amigos de Itamambuca (SAI), una entidad privada sin fines de lucro que cumple un rol clave en la preservación del área. “Defendemos siempre el equilibrio entre desarrollo y preservación”, explica su presidenta, Ana Cristina Cury Camargo. La SAI representa a la comunidad local ante organismos públicos, participa en consejos municipales y actúa como un freno activo frente a proyectos que amenacen la identidad del lugar.

Ese compromiso fue reconocido oficialmente: Itamambuca es hoy Reserva Nacional de Surf, un título que distingue a playas que combinan calidad de olas, riqueza ambiental y organización comunitaria. Aquí, el surf no es solo un deporte: es una forma de ordenar la vida, el territorio y el futuro.
El pueblo nació hace unos 40 años como un condominio loteado, rodeado de pasturas y con apenas unas pocas casas. La pandemia aceleró los cambios: llegaron nuevos residentes, muchas viviendas se reformaron, los precios subieron. Aun así, persiste una inercia clara por mantener la calma, aun sabiendo que el crecimiento será inevitable en los próximos años.

El crecimiento es inevitable, admiten los propios vecinos. Los valores inmobiliarios subieron y la visibilidad aumentó. Pero la comunidad insiste en marcar límites claros. No hay accesos fáciles para grandes desarrollos, ni infraestructura pensada para el turismo masivo. La tranquilidad –esa rareza– es el verdadero capital del lugar.
Itamambuca no promete lujo ni infraestructura abundante. Ofrece algo más difícil de encontrar: una sensación de pertenencia, de naturaleza viva, de tiempo bien usado. Un equilibrio frágil, cuidado día a día, donde el mar marca el ritmo y la comunidad se encarga de que no se pierda.
Datos útiles
Dónde dormir
- Guest House da Lui. Casa rodeada de verde, con habitaciones privadas y excelente ubicación. T: (12) 9922-04958.

- Pousada Todas as Luas. A 600 metros de la playa, cómoda y silenciosa, con balcones en algunas habitaciones. T: (12) 9810-34466.
- Itamambuca Eco Resort. Frente al mar, ideal para quienes buscan mayor confort sin perder contacto con la naturaleza. T: (12) 3834- 3000.
- Casas Itamambuca Assessoria Imobiliária. T: +55 (12) 99715-1915. IG: @casasitamambuca36

Dónde comer
- Padang Restaurante e Pizzaria. Un clásico del lugar con ambiente relajado, ideal para una pizza artesanal o platos contundentes después del mar; muy bien puntuado por viajeros. T: (12) 3845-1160.
- Warung. Restaurante y sushi bar. T: (12) 9965-03592.
- Posada Todas as Luas. Restaurante posada que se destaca por los frutos de mar. T: (12) 9810-34466.
- Quintal do Marinho. Muy buen pescado y platos bien presentados. IG: @quintalldomarinho.
- Pizzaria Na Mata. Artesanal y a horno a leña. T: (12) 99109-6556.
- Padaría Itamambuca. Muy buena opción para picar algo cualquier momento del día. T: (12) 99729-3873.
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