Una expedición de 600 kilómetros por las alturas de San Guillermo en San Juan, Laguna Brava en La Rioja y los Seismiles en Catamarca
Unos meses atrás, cuando estuve en San Juan, escuché hablar de esta travesía: una aventura en 4x4 por caminos apenas dibujados sobre la tierra. Días y días de absoluta soledad, paisajes soñados, reservados a pocos. Nada podía ser más tentador.
Nicolás Meglioli, guía experto en la puna, me contó el plan con todos los detalles y decidimos organizarlo hacia finales de la primavera. Consistía en enlazar la puna de San Juan, La Rioja y Catamarca por una ruta de huellas bien al oeste, próximas al límite con Chile. Caminos que alcanzan los 5.500 metros de altura y que sólo aparecen en mapas satelitales o en esos sitios web reservados a los amantes del off road, dedicados a trackear las regiones más inaccesibles del planeta.
Nico los conocía a todos; además, había estado allí varias veces. La idea, que me atraía aún más, era no bajar de la puna durante toda la travesía: cuatro jornadas a pura altura y soledad.
Los preparativos
Una semana antes de partir, Nico nos dio su último consejo: tomar mucha agua, dos litros obligatorios por día. En Buenos Aires, donde la temperatura agobia, es muy fácil cumplir el objetivo.
Unos días más tarde, a mediados de diciembre, llegamos a Rodeo (1.557 m), una localidad del noroeste sanjuanino, a dos horas en auto de la capital provincial. La idea era pasar allí la noche, aclimatarnos, conseguir las provisiones necesarias y partir por la mañana.
Dormimos en las cabañas Experiencia Caracol, donde nos reciben Fanny Pernas y Roberto, su marido. Están emplazadas en el barrio de Cerro Negro, al final del pueblo: una zona alejada, pero cerca del lago. Agradables y de tono rústico, cuentan con todo lo necesario para vivir, casi como en la casa propia. Nos dormimos emocionados, pensando en la mañana siguiente.
Salir en plan de expedición no es sinónimo de lanzarse al peligro, “sino de evaluar todos los riesgos y partir con los resguardos necesarios”, nos dice Nico.
Este es un viaje para hacer con guía experto. Incluso si uno es fan de su 4x4 y quiere probarla en terrenos complicados como los de este sector de la puna, la compañía de un conocedor sigue siendo indispensable: alguien con experiencia que enseñe los trucos para manejar en territorios extremos y que, en situaciones difíciles, pueda resolver los inconvenientes.
“La montaña no es joda”, repetirá Nico una y otra vez a lo largo de nuestra expedición.
La propuesta está reservada para viajeros dispuestos a experimentar algunas incomodidades. Pero, créanme, la recompensa es grande. A veces los sitios más bellos están lejos y hay que animarse a ir.
La camioneta está cargada con todo lo necesario para pasar cuatro días: víveres, combustible, teléfono satelital y oxígeno.
Día 1. Parque Nacional San Guillermo
El plan es ascender de a poco para que el organismo se aclimate y así poder llegar al punto más alto del trayecto sin malestar. Por eso, desde Rodeo nos dirigimos hacia el norte para pasar la noche en el refugio del Parque Nacional San Guillermo, situado alrededor de los 3.400 metros sobre el nivel del mar. De este modo, dejamos atrás el Valle de Iglesia y vamos en busca de nuestro primer llano de altura: el llano de San Guillermo, en la parte más austral de la puna argentina.
Cruzamos varios vados sobre el río Blanco, uno de los principales impedimentos para acceder a la zona. Cuando las nieves se derriten, el caudal aumenta considerablemente y obliga a maniobras de cuidado para no quedarse varados, incluso el acceso puede cerrarse.
Parte de la ruta coincide con los caminos que conducen al yacimiento de Josemaría, que en unos pocos años comenzará a explotarse. En algunos tramos se están construyendo puentes para facilitar el tránsito, especialmente en períodos de deshielo.
La ruta de acceso al Parque y las actividades extractivas conviven en la región, aunque dentro de la zona núcleo de esta área protegida la actividad minera está prohibida por la legislación.
La minería en este entorno es un tema controversial: trae oportunidades económicas para las comunidades, pero también genera inquietudes por su posible impacto sobre el frágil ecosistema de altura.
Una familia, un oasis
Antes de llegar al Parque, hacemos un alto en El Chinguillo para conocer a Iván Solar. Su finca, de 15 hectáreas, siempre estuvo aislada. Cuando se inauguren los puentes, la historia quizá sea otra. Algo parecido podría suceder con el Parque, al que se podrá acceder durante gran parte del año.
Allí vive con sus dos hijos, Reinaldo y Jesús, y su mujer, Lorena. El sitio es un vergel: huerta, vides –con sus primeros vinos ya elaborados– y frutales. Además, hay animales: vacas, corderos, cabritos y gallinas. Los Solar son autosustentables: casi todo lo que precisan lo producen.
Iván y su mujer se ocupan de todo. “De tanto en tanto, contrato un changarín, pero aquí laburamos todo el año”, cuenta con orgullo.
La historia del lugar se remonta a la década de los 40, cuando su abuela, Leónides Antonia Solar, se mudó con su familia y su compañero, Juan Poblete. Juntos crearon este oasis que, con el tiempo, creció y se convirtió en una suerte de pueblo familiar. Además de varias casas –una de ellas hoy adaptada al turismo–, cuentan con una capilla, una escuela y hasta un cementerio. La escuela no está funcionando, aunque en su momento albergó a Iván y a sus 10 hermanos en las aulas.
El pequeño Reinaldo me presenta a Lucía, su cabra, y cuenta que tuvo otra, Angélica, que “pasó a mejor vida”. Él y su hermano hacen la escuela a distancia y, semana por medio, asisten a clases presenciales en Rodeo. “Así se hacen amiguitos. Al contrario de lo que uno pensaría, son muy sociables”, asegura su papá.
“Ahora seguimos lejos, pero estamos conectados gracias a internet”, se entusiasma Iván. “Muy diferente fue mi infancia –recuerda–: a veces nos quedábamos hasta seis meses incomunicados. Cuando teníamos un invierno muy nevador, sabíamos que la crecida del río iba a ser brava”. Entonces compraban los víveres necesarios para pasar varios meses de aislamiento. En aquellos años, incluso, llegaron a enviarles un médico en helicóptero, porque no podían ir al pueblo.
Antes de partir, Iván me cuenta que su abuela fue muy conocida en la zona: superó los 100 años y cuidó la huerta hasta una edad avanzada. También menciona que un folclorista sanjuanino la inmortalizó en una canción. De regreso en Buenos Aires, la encuentro; se Llama “La del Chinguillo” y dice así: “Vengan noches, vengan días / llega el zonda, pasa el frío, / la nevada con su brillo / y mi zamba en las entrañas, / a doña Antonia Solar / Reina de la Montaña”.
El reino perdido de la vicuña
Un poco antes de entrar al PN San Guillermo encontramos la casa abandonada de Carlos Sánchez, el hombre que un día llegó de la nada y vivió ahí ocho años, rezando a Dios como ermitaño. Nico lo conoció y asegura que era un sabio.
Unos kilómetros más y estamos en el Parque. Increíble. Tras años sin visitarlo no lo habíamos hecho en una década–, ahora volvemos a los seis meses.
El altiplano aparece dorado de coirones. De un lado, la cordillera de Colangüil; al frente, el cerro Imán (5.200 m). Detrás, las cimas andinas y sus glaciares completan el horizonte.
Nico nos explica que en la zona de la Quebrada de Alcaparrosa hay restos arqueológicos, vestigios de estructuras que funcionaban como puntos de control. Había muchas vicuñas, pumas y otras especies. “El lugar era una suerte de coto de caza. Esas construcciones hacen suponer que aquí no podía entrar cualquiera, eran una suerte de garitas de vigilancia”, asegura.
Antes de llegar al refugio Agua del Godo, recorremos Los Caserones, uno de los dos circuitos habilitados para el turismo.
En el refugio nos esperan Lara Colleselli y Marian Mirabelli, las guardaparques del área. Nos dan una buena noticia: el último censo de vicuñas fue positivo. El número se mantiene estable y no vieron ni un solo ejemplar con sarna.
Vale recordar que el PN San Guillermo fue el reino de la vicuña, ya que albergaba un número de ejemplares impresionante. A partir de 2014 una epidemia de sarna diezmó su población de manera drástica.
Esperamos el atardecer para ir a conocer el cerro Potosí, una pirámide demasiado perfecta que hace dudar sobre su origen natural.
La cena viene en bolsitas termoestabilizadas. En pocos minutos disfrutamos de una comida deliciosa: arroz con calamares, ternera a la crema, paella de mariscos. Son opciones para montañistas que no precisan cadena de frío y nos regalan un plato gourmet.
Al día siguiente, bordeamos el río San Guillermo hacia el Llano de los Leones. Nos detenemos en un mirador cercano a los 3.700 metros para quedarnos pasmados con la inmensidad que aparece a nuestros pies. Es uno de los sitios más bellos del Parque. En tiempos pasados, como su nombre lo indica, fue el domicilio de numerosos pumas. En lo alto, un cóndor hembra sobrevuela el lugar y se pierde en el cielo.
Un poco más adelante, nos detenemos para buscar chinchillones, esos simpáticos roedores de cola larga que aparecen curiosos en los huecos de las piedras.
Día 2. La Brea
Ponemos rumbo hacia el límite norte del Parque. Un churi, como llaman aquí al ñandú, corre en paralelo a la camioneta a toda velocidad, empeñado en ganarnos el paso. Lo logra un poco más adelante, atraviesa la ruta y desaparece como un rayo hacia el otro lado del llano.
Los guanacos se observan en grupos pequeños, entretenidos con su desayuno: el coirón salvaje. Esta planta le otorga a su lana calidad, fineza, suavidad y resistencia. Lo mismo sucede con las vicuñas.
De tanto en tanto se cruza una liebre europea, especie introducida, que tiene una presencia considerable en la zona.
Es mediodía cuando atravesamos el vado sobre el río Santa Rosa. A partir de allí dejamos el Parque Nacional y seguimos por caminos de la reserva provincial hasta el campamento de La Brea.
Emplazado en un sitio de naturaleza extrema, cerca del límite con La Rioja, el campamento se levantó sobre un antiguo yacimiento minero. Hoy brinda servicios a la empresa que traza la ruta hacia la mina Josemaría, un megaproyecto que comenzará a explotarse cuando la infraestructura esté completamente concluida.
En los últimos meses de 2025, La Brea habilitó un sector dedicado al turismo. El emprendimiento pertenece a la empresa Nielsen Logística y Expediciones y es una suerte de joyita en la altura.
Pablo Nielsen, su propietario, nos recibe y, mientras almorzamos, nos cuenta la historia del lugar. “Mi abuelo fue el primero en llegar cuando todo esto estaba abandonado: la empresa que lo trabajaba se declaró en quiebra en la década de los 70. Mi abuelo, y después mi papá, Santiago, reconstruyeron el sitio para dar servicios a las empresas mineras. Vamos tres generaciones en esto”.
A La Brea se accede sólo en 4x4. También es posible llegar desde Guandacol, en La Rioja.
Nos instalamos en el nuevo sector: una casa con cocina comedor y tres habitaciones. Hay dos módulos más, similares a este. Luego de un descanso reparador, salgo a dar una vuelta, a paso lento, hasta la fuente termal, donde proyectan construir algunas instalaciones para disfrutar mejor el lugar. A mi regreso, un grupo enorme de guanacos pasta en las orillas del campamento. Son más de 30 y me dejan espiarlos desde una distancia prudente.
Por la noche, en el gran comedor, nos encontramos con los trabajadores que están terminando de cenar. Reina un clima de camaradería. Casi todos son hombres; mujeres no se ven, salvo dos chicas en la cocina y yo.
Afuera hay tres ambulancias dispuestas para emergencias y un kiosco para los que se tientan con algo dulce antes de ir a dormir. Aunque los postres que sirve la cocina son riquísimos, siempre hay quien se tienta con una golosina al final del día.
Xavi, el fotógrafo, tiene dolor de cabeza. El médico le da una dosis de oxígeno y el malestar desaparece. En los días que siguieron ya no volvió a sentirlo.
Día 3. Laguna Brava
Partimos temprano en compañía de Pablo y de Emiliano Lucero, su copiloto, que nos acompañan en esta nueva etapa para registrar la travesía con el dron. Llevan conexión con Starlink, de modo que tendremos internet durante el resto del recorrido, además de un equipamiento supermoderno en su camioneta.
Ponemos rumbo al río Blanco y, al cruzarlo, entramos en territorio riojano. A lo lejos se distingue la polvareda que levantan los camiones de las mineras. Estamos a varios kilómetros, pero su presencia me resulta ligeramente perturbadora.
En los llanos de altura, a partir de los 3.000 metros, las quebradas comienzan a desaparecer. Las llanuras se topan contra la cordillera y conforman una cuenca endorreica, cerrada, sin salida al mar.
“El agua que proviene de las nieves en las altas cumbres no tiene por dónde salir. Así se forman las lagunas de altura y también los salares, como consecuencia de la evaporación por la intensa radiación solar: el agua desaparece y quedan las sales”, explica Nico.
La Laguna Brava nos espera. Dejamos atrás el salar del Leoncito y cruzamos un portezuelo por encima de los 4.500 metros. En el horizonte aparecen el Bonete Chico y el Veladero, dos cumbres significativas en el paisaje andino.
Bajamos hasta la orilla de la laguna. Algunos flamencos juveniles y otros, de plumaje más rosado –en pleno período reproductivo–, se dedican a la paciente tarea de filtrar el agua en busca de alimento. En otro sector vemos el ala de un antiguo avión que aterrizó de emergencia hace unas seis décadas.
Venía desde Perú con seis pasajeros y una valiosa carga: ocho yeguas pura sangre inglesas.
Al cruzar la cordillera el segundo motor se averió. Los fuertes vientos empeoraron la situación y el piloto decidió aterrizar en la laguna, que solo conocía desde el cielo.
Según los medios de la época, el primer impacto generó un ruido ensordecedor sobre el salar. La parte delantera se levantó en el aire y cayó definitivamente. Dos yeguas murieron, pero los viajeros salieron ilesos.
Tardaron más de 24 horas en rescatarlos. En el interín les arrojaron víveres y mantas que no amortiguaron el miedo y el frío de -30 grados por la noche. Una patrulla logró llegar y los devolvió a la civilización. Algunas yeguas se ahogaron, otras se perdieron en el altiplano, otras fueron rescatadas.
Adrenalina en Corona del Inca
Ahora nos toca avanzar por un arenal. El camino es difícil de leer y hay que extremar el cuidado: enterrarse es una cuestión de milímetros. Finalmente, quedamos atrapados. El primer sol de la tarde brilla inclemente a esta altura.
La solución llega rápido. Los guías deciden bajar la presión de las ruedas para no forzar el motor. Palean para despejar los neumáticos, colocan unas planchas especiales debajo, encienden el vehículo, le dan marcha y estamos fuera de riesgo. Un susto pasajero.
El próximo tramo nos regala un campo de penitentes, un paisaje raro, que sólo aparece en condiciones y alturas muy especiales. Pináculos de hielo, una suerte de cuchillas irregulares, que pueden alcanzar cerca de un metro. Son los restos que el sol todavía no logró derretir. Nos detenemos a tocarlos y a recorrer los laberintos que se forman entre ellos. Fotos y más fotos.
Por fin llegamos al objetivo del día: Corona del Inca. Es un cráter volcánico de alta montaña a 5.282 metros, que aloja un lago de un azul profundo, rodeado por los Andes. Sólo se accede en 4x4 y su visita es posible entre diciembre y abril.
Casi de noche alcanzamos el paso internacional Pircas Negras. Dormimos en el campamento de Vialidad de Barrancas Blancas. Hay una pequeña cuadrilla de guardia, pero el resto de las casas están deshabitadas. Nos prestan una que hace tiempo no se usa: hay colchones para estirar la bolsa de dormir, luz y agua caliente. Hiper sencillo, pero con todo lo necesario para seguir adelante.
Día 4. Volcancito y Laguna Verde
Cruzamos el río Salado y ponemos rumbo a Volcancito, que no es un volcán, sino un géiser de unos 15 metros de altura, una rareza en medio de la puna.
Aparece rodeado de cerros rojizos y marrones, en algunas zonas casi rosados, como si alguien hubiese esparcido chocolate a las apuradas. Sus paredes son blancas, cubiertas de sal, y en su interior guarda un ojo de agua azul verdoso que apenas burbujea. Subimos despacio, para no agitarnos. Más allá se extiende una vega verdísima que desaparece en el salar. Estamos a unos 4.200 metros de altura, dentro de la Reserva Provincial Laguna Brava.
Enfilamos luego hacia el paso San Francisco, en Catamarca. El próximo tramo avanza varios kilómetros por una zona inhóspita, cercana a los 5.000 metros, donde no crece nada. De un lado, las montañas muestran el típico color andino, ese negro azulado tan característico; del otro, una formación de piedra rojiza flanquea el camino.
Más adelante, en los alrededores de la primera laguna que aparece, vemos guanacos y vicuñas. Ahí nomás, un zorro colorado se deja fotografiar con su paso lento. Va de un lado a otro, indeciso. Sospechamos que tiene hambre, pero no le damos nada: no es bueno alimentarlos.
Rodeamos el monte Pissis, una vuelta que nos lleva varias horas, y entramos por el Valle Ancho hacia la Laguna Verde, ya en territorio catamarqueño.
Es uno de los momentos más oníricos del viaje. Una mancha turquesa, casi caribeña, aparece en el horizonte. Sobre esas aguas flota un velo blanco que se disipa a medida que nos acercamos. No son nubes bajas ni niebla, sino un efecto óptico provocado por el reflejo del salar Tres Quebradas que la rodea.
Una vez en la laguna, el color se vuelve verde claro. Alrededor, los depósitos de sal dibujan formas extrañas, talladas por el viento. Permanecemos un buen rato. Bromeamos con la idea de quedarnos para siempre: un libro en la mano, música en los auriculares o simplemente mirando, asombrados, el paisaje. Pero tenemos que partir; pronto atardecerá.
Con el último rayito de sol llegamos al famoso Balcón del Pissis. Desde allí se ven la Laguna Verde, el salar y la Laguna Negra. Alrededor, todos son picos que superan los 6.000 metros: los Seismiles, que atraen a montañistas de todo el mundo.
Anochece cuando llegamos a Cortaderas, una hostería de altura que nos espera con todas las comodidades. Es el sitio preferido por los amantes de la escalada, ideal para aclimatarse antes de los intentos de cumbre.
Los cuartos son enormes y están ambientados con espíritu norteño. Hay varios livings, salas de juego, un vivero de altura y un comedor capaz de recibir a muchos comensales. Alrededor de la mesa compartimos la cena. Es tardísimo, pero necesitamos volver a contarnos, una vez más, las experiencias de estos cuatro días que acabamos de vivir.
El final: termas & nuevo hotel boutique
Como cierre de la travesía, Nico nos propone un termazo. La idea es bajar por la RN 60 hasta Fiambalá y pasar un rato en las termas de esa localidad, devolverle al cuerpo la flexibilidad perdida después de tantas horas de camioneta. Allí vamos. Mágicamente, el lugar está vacío y pasamos la próxima hora sumergidos en el agua termal, con la mente suspendida en la montaña que nos rodea.
Decidimos alojarnos en Tinogasta, a unos 50 kilómetros. Allí, Agustina Mazzeo acaba de inaugurar un nuevo hotel y estamos invitados a conocerlo. Agustina es amante de la montaña, y ascender cerros de 6.000 metros o más en la región es el proyecto que organiza sus días. Empezó en 2018, casi al mismo tiempo que se hizo cargo de la Hostería Cortaderas.
“Comencé con el montañismo como una forma de entrenamiento deportivo, era una de las pocas actividades posibles en mi entorno”, cuenta. “Con el tiempo, la montaña se transformó en una necesidad vital”.
Su primer “seismil” fue el volcán San Francisco. Hoy, a los 33 años, suma 44 seismiles ascendidos. “Me quedan 12 para completar todos los de la Argentina y una sola cumbre en Perú para alcanzar otro récord: el de las 10 montañas más altas de América”.
La Casona de Agus se encuentra muy cerca de la plaza principal de Tinogasta. Fue la vivienda de Nicolás Canachi y su familia. Luego albergó el almacén de ramos generales Casa La Perla, famoso por la variedad de su mercadería y por cobrar los productos al mismo precio que en Buenos Aires. Canachi fue un inmigrante griego que llegó al país en la década de los 20. Vino con varios amigos; uno de ellos se haría famoso con el tiempo: Aristóteles Onassis.
El hotel boutique ocupa hoy esa antigua propiedad. Cuenta con nueve habitaciones que dan al clásico patio central, embaldosado y con aljibe en el centro. Hay flores por todos lados, al estilo andaluz. Las altas puertas de vidrio repartido conducen al comedor, donde se sirve el desayuno a diario en una loza muy bonita. Tapices de inspiración norteña completan la ambientación. Todo tiene un toque personal y local, y fue pensado con un criterio a puro confort.
Después están la piscina, un quincho galería con reposeras y un pequeño jardín. Allí, la estadía se convierte en un mimo necesario para el final de la travesía. Volvemos a casa con el corazón lleno de puna.
Datos útiles
Cómo llegar
Aerolineas Argentinas Opera en marzo con 15 vuelos semanales entre Buenos Aires y San Juan, pasando a 16 frecuencias a partir del mes de abril hasta diciembre. Para pasajeros que viajen en Premium Economy o que sean miembros de Arplus con categoría oro en adelante, cuentan con SkyPriority (prioridad para el check-in, trámites y embarque).
Cómo moverse
- Nicolás Meglioli (264) 436-4822. Lamoradaaventura.com.ar @lamoradaventura. Meglioli es de los primeros guías autorizados para trabajar en el PN San Guillermo. Además, es guía de senderismo, excursiones en 4x4 en toda la puna y asistencia de moto para viajeros. En el agua, está certificado para guiar rafting, kayak y pesca de pejerrey en el dique Cuesta del Viento. La expedición a la puna se cotiza de manera personalizada según los grupos: cantidad de días y número de pasajeros, factores que determinan el valor final. Se puede armar con el vehículo del guía o bien contratarlo a él para que asista y/o conduzca con la camioneta del pasajero. Si contrata con vehículo y guía, el costo aproximado del programa de 5 días es de $1.400.000 por persona. El valor incluye comidas, 4 noches de alojamiento y la tramitación de los permisos en áreas protegidas.
- Pablo Nielsen (264) 422-2528/ 512-7884. www.nielsenexpediciones.tur.ar. Desde La Brea organizan expediciones de hasta 4 días que incluyen al PN San Guillermo. Además, planean una salida para el 24 de marzo, orientada a conductores de 4x4 certificados. Informes en https://expedicion-4x4-toyota.vercel.app. u$s 2000 conductor y $300.000 cada acompañante. 3 días, 2 noches, alojamiento y comidas en la puna.
Rodeo
Dónde dormir
- Experiencia Caracol Cerro Negro a 800 m del lago. (3413) 71-7641 @experienciacaracol. Cabaña para 2 personas $60.000 y cabaña 4 $80.000.
San Guillermo
Dónde dormir
- Refugio Agua del Godo (264) 740-6307. @parquenacionalsanguillermo usopublicosanguillermo@apn.gob.ar. Es de uso compartido y gratuito. Reserve con antelación. Indispensable el certificado médico.
- Refugio La Brea A 80 km del PN San Guillermo.(264) 422-2528. www.nielsenexpediciones.tur.ar . El módulo para 3 con pensión completa u$s 79. Solo alojamiento $130.000. El sitio tiene cocina completa. Solo accesible en 4x4.
- Casa de Ivan Solar El Chinguillo. (264) 589-3186. Casa de cinco habitaciones. Reciben a almorzar con reserva previa.
Cortaderas
Dónde dormir
- Hotel Cortaderas RN 60 Km 1465. (381) 662-1487. @hosteriacortaderas. Ubicada a medio camino entre el Paso San Francisco y Fiambalá. El restaurante abre para las cuatro comidas. Desde $120.000 la doble con desayuno hasta fin de marzo.
Tinogasta
Dónde dormir
- La Casona de Agus Dr. Antonio del Pino 575. (3837) 51-4314@casonadeagus. $100.000 la habitación doble con desayuno. A partir de mediados de marzo $120.000.

































