Vivió entre 1878 y 1965. Más de 60 años después de su muerte, un descendiente directo da a conocer una valiosa colección con centenares de negativos de vidrio y otros formatos que nunca fueron divulgados y muestran interesantísimos aspectos de la vida cotidiana de la época.
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Lo llamaba “El General”. Dorotea Gallardo tiene 80 años y siempre escuchó a su abuelo Jorge Drago Mitre referirse así a Bartolomé Mitre quien fue, a su vez, su abuelo. Esta tataranieta del ex presidente y fundador del diario La Nación conserva un grueso álbum de fotografías dedicado a exaltar su figura.

Por la cantidad de tomas de su sepelio incluidas se ve que fue hecho después de que murió, el 19 de enero de 1906: incluye imágenes en el lecho de muerte, la catedral enfundada en un gran crespón negro, los desfiles, la capilla ardiente. Pero ese álbum es conocido y ha ocupado un lugar más o menos visible a lo largo de los años.
Los cientos de cajas de negativos de vidrio, tomas estereoscópicas, lanter slides y placas autocromas “Lumière” –las primeras fotografías en colores–, en cambio, eran algo sabido, pero olvidado. Un tesoro guardado en un recoveco de la memoria familiar, como quien sabe que aquel viejo pariente escribía, pero nadie nunca leyó sus textos. Felizmente, todo el material se ha conservado en su estado original.

No están las cámaras de Jorge Drago Mitre, pero sí varios de los visores para fotografías estereoscópicas –por la que tenía especial predilección, a la vista de la cantidad de tomas– y las cajas de los vidrios que JDM compraba en Lutz & Schulz o la Casa Enrique Lepage y Cía, ubicada en Bolívar 375 a partir del año 1891. También hay cajas de material sensible adquiridas en viajes al exterior.

Se trata de un caso único de fotografía amateur de alguien que se codeó con figuras singulares de la sociedad de su época y registró aspectos cotidianos y hogareños que eran infrecuentes en una época en que las tomas se hacían en estudio, posando durante largos segundos, quietos y atendiendo muchos requisitos de etiqueta: decorado, vestimenta, ubicación, etc.

JDM era profesor de geografía, tuvo su escritorio en el diario La Nación y es probable que allí se haya interesado por las cámaras y el quehacer fotográfico. Nació en 1878, hijo de Agustín Drago Álvarez y Delfina Josefa Mitre y Vedia. En 1906, mientras era de rigor guardar luto por la muerte de Bartolomé Mitre, JDM se casó con Sara Florencia Cané Belaustegui, hija de Miguel Cané, el autor de Juvenilia.
Su afición por la fotografía nació antes del matrimonio y lo acompañó más de 50 años: hay retratos del General en 1904 hasta fotos de Dorotea Gallardo de 6 años en Mar del Plata.

JDM practicaba esgrima en el Jockey Club, donde llevó su cámara y sacó fotos con famosos profesores.
Son casi nulos sus registros fotográficos de la década de 1960. Falleció el 16 de agosto de 1965, cuando Dorotea tenía 20 años.
La colección de unas 200 cajas originales estuvo en casa de su hija Sara Delfina Drago Mitre Cané –la mamá de Dorotea– hasta que falleció en 2004; pasó a manos de su hijo Guillermo (Gui), conocido cantante que vivió aquí y en París y no tuvo descendencia. Gui puso pequeños papelitos identificando quiénes aparecían en las tomas, y, al morir, el archivo quedó en manos de los hijos de su hermana, la escritora Sara Gallardo, Sebastián Álvarez Murena, primero, y Agustín Pico Estrada después. Este último fue quien contactó a Fernando Gálvez Gallardo, hijo de Dorotea, para entregarle el material, y es Fernando quien ha resuelto dar a conocer este acervo, junto a sus cinco hermanos (Ángeles, Dorotea, Dolores, Agustina y Gabriel) y primos.

Desempolvar la historia
Una de las primeras cosas que hizo fue contactar al historiador Abel Alexander, presidente de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía, quien enseguida se mostró interesado por conocer el material y está orientando a Fernando y familia acerca de cómo preservarlo y difundirlo.

“En estos tiempos que todo el mundo porta encima un celular con cámara, es común que queden registradas todo tipo de situaciones, pero antaño tener una cámara fotográfica era algo que sucedía normalmente en casas especializadas para tal fin. Por lo tanto, lo común era que las fotos llevaran firma de los pocos estudios fotográficos que existían y que solían salir a sacar fotos en eventos o en temporada de verano en la costa, ya que en Buenos Aires no quedaban clientes. Las personas concurrían a un estudio a sacarse retratos y allí permanecían un buen tiempo inmóviles hasta quedar plasmados. Lo que es novedoso en este caso es encontrar fotografías en la playa (en placa de vidrio, estereoscópicas) sin sello de ninguna casa específica, es decir las de este joven aficionado amateur, Jorge Emilio”, señala Alexander.
“Se sabe que con el General mantenían una estrecha relación nieto-abuelo y por ende suponemos que Mitre le pudo haber abierto las puertas a este hobby, como dueño y fundador del diario La Nación y creemos que allí (y gracias a su visible fascinación por la fotografía) tuvo acceso al conocimiento de las cámaras, que por ese entonces eran un material difícil de conseguir. Más aún sabiendo del importantísimo archivo fotográfico que ostenta el museo Mitre, en el que con seguridad fue colaborador”, continúa.

“En términos de descubrimientos, y salvando las distancias en tiempo y espacio, esto es como el hallazgo de la tumba de Tutankamón: un archivo que se conservó intacto y desconocido durante más de cien años”, parangona. Lo juzga valioso por los centenares de registros fotográficos realizados durante varias décadas sobre las principales familias de Buenos Aires, pero además por la cantidad de placas “autochrome”.

Esta técnica propia de los hermanos Lumière fue patentada en Francia hacia fines del año 1903 y comercializadas a partir de 1907; fue el primer proceso color en el mundo y utilizado mayoritariamente por los fotógrafos aficionados. “La cantidad apreciable de estas obras que se encuentran en este presente archivo le otorgan entonces una importancia artística destacada. Son obras escasas en nuestro patrimonio fotográfico y muy apreciadas”.
Redes sociales en el siglo XIX
La fotografía estereoscópica fue una novedad tecnológica para su época porque permitía crear sensación de tridimensionalidad a partir de dos imágenes bidimensionales tomadas desde ángulos ligeramente diferentes. Al usar un visor o gafas especiales el cerebro las fusiona para percibir volumen.Dorotea conserva una caja de placas secas –dry platte boxes– y un mueble que funciona como visor y archivo de esas tomas marca Griensu. Las demás cámaras se han perdido. Pero es tanto el material de imágenes y tan profusa la variedad de tomas, que para su hijo Fernando descifrar quiénes son los que están en los registros, dónde fueron hechos, se ha convertido en un pasatiempo formidable.

También ha encontrado un desafío en otro tesoro familiar: el álbum de cartes de visite que Mita (como le decían a Sara Florencia) llevaba muy prolijamente. Más allá de su antigüedad (muchas tomas son del siglo XIX), lo más valioso es que todos los retratos están identificados: son personajes de la sociedad de la época con nombre y apellido.

Las imágenes –de 64 mm de ancho por 100 mm de alto– se intercambiaban en ocasión de una visita, y como el formato era estándar, era relativamente simple llevar un grueso álbum: hay que tener en cuenta que la imagen se imprimía en un papel albuminado muy delgado, que tendía a enrollarse, por lo que era indispensable pegarla en un cartón o soporte rígido que tenía impreso, casi siempre, la firma del fotógrafo en el dorso y/o el anverso.

El álbum de Mita tiene, por ejemplo, dos rarísimos retratos de Misia Justa Cané Andrade, la esposa de Florencio Varela que tuvo 15 hijos y fue tía del escritor mencionado.
Quién es quién
Dorotea recuerda bien cómo su abuelo Palomo –ella lo bautizó así cariñosamente porque imitaba muy bien a esa ave– venía a su casa cada mañana, de punta en blanco, a compartir con su hija Sara unas horas, sin intervenir en nada, con su sola presencia.
“Llegaba a eso de las 10 y se sentaba en un sillón mientras su hija hablaba por teléfono o hacía sus cosas. Cuando se hacía la hora de almorzar se despedía, aludiendo que no quería molestar”, evoca Dorotea. El particular comportamiento tenía una razón. Su esposa fue afectada al final de su vida por la demencia senil y él se sentía un poco solo, pero, sobre todo, JDM sentía mucho apego por su hija Sara. Sus otros hijos, Delfina y Jorge, habían desarrollado de niños una muy rara enfermedad degenerativa hereditaria llamada ataxia de Friedrich, perdieron poco a poco la movilidad, y murieron a los 18 y 24 años, respectivamente, sin descendencia.

Para Palomo, los hijos de Sara fueron sus únicos nietos, y la posibilidad de que algo pudiera pasarle a ella le daba un miedo atroz. ¿Quizás por eso también tomó tantas fotos? Hay muchas muy caseras –y raras para la época– de su esposa en la cama jugando con uno de los hijos pequeños, de carnavales, salto en alto, varias tomas de paseos espontáneos en Mar del Plata, de su madre Delfina Mitre y Vedia, de varias figuras de la alcurnia porteña observando hacia arriba cómo se levanta en el cielo un globo... También un registro muy simpático de cómo los nietos iban creciendo, fotografiándolos siempre en la misma puerta usando el picaporte como referencia.


En definitiva, un testimonio de una vida cotidiana que rara vez se dejaba fotografiar por entonces y que asoma, un siglo después, para dejarnos espiar cómo era esa realidad de puertas adentro.
Agradecemos a Abel Alexander la colaboración prestada para esta nota. Para contactar a Fernando Gálvez: fernadando@gmail.com
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