Mezcla de bar y boliche, las izakaya son reductos informales donde los japoneses van a beber y picar algo a la salida del trabajo.
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Olores a chancho grillado, nubes de humo de cigarrillo, litros de sake anónimo que se escancian en vasos grandes puestos a su vez dentro de una especie de platito hondo y cuadrado para que el alcohol de arroz se derrame en él a voluntad, risas, voces en libertad. Relax tokiota.


A partir de las siete de la tarde, una tracamundana de empleados se varea por una rúa breve y muy estrecha escondida entre otras también sin nombre. La callecita es una grieta de la gran urbe con un rosario de reductos, todos pegados.
La zona se llama Omoide Yokocho, y es contraseña a la hora de rastrear izakayas, bolichitos en los que los hombres se aflojan la corbata y hasta se permiten socializar con el vecino. Los hay también en Ginza. Están justo debajo del viaducto de tren Yurakucho; éstos pintan ser de ambiente menos canalla, pero “igual de populares”.

Lo cierto es que, acá o allá, en cualquier izakaya la misión de sus responsables es reparar cuerpo y alma de los que se arriman al final de un día agitado.
De este lado del mostrador, cunde la demanda por esos raptos fugaces de libertad. Del otro lado, no paran. Parvas de pinchos van de los fuegos al plato, litros de cerveza y sake se vuelcan en los vasos. Son hombres los que sirven y la transpiran, con toallas alrededor del cuello o en la cabeza, a modo de turbante.


Por lo general, abren a la tarde para el after work y cierran un poco antes de la medianoche, aproximadamente a la hora de salida de los últimos trenes desde el centro de Tokio hacia otras zonas suburbanas.
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