
Desde que el mundo es mundo existen los que ven la botella medio llena, mientras otros la ven medio vacía ; los que siempre descubren un rayo de sol en la tormenta y los especialistas en encontrar una roca hasta en el camino más despejado.
Este tipo de cualidades parecía nuestra marca personal, una manifestación mágica e inasible de nuestra individualidad... hasta que los neurocientíficos ensayaron su puntería con instrumentos como la resonancia magnética y la tomografía por emisión de positrones (PET), dos de las tecnologías con que examinan los laberintos del cerebro.
Lo que vieron no podría haber sido menos poético, pero tampoco más asombroso: según diversos estudios, las emociones positivas y negativas tendrían su domicilio en los costados opuestos del córtex cerebral prefrontal, y las personas debemos nuestra predisposición a la tristeza o al optimismo no a un soplo de los hados, sino simplemente a nuestro equipo mental. En otras palabras: que nuestro temperamento natural y nuestra visión de la vida dependen de qué parte del cerebro es naturalmente más dada a la actividad.
Según afirman en Discover los doctores Ned Kalin y Richard Davidson, de la Universidad de Winsconsin, las personas que siempre ven el lado oscuro de las cosas son aquellas en las que el sector derecho de la corteza cerebral es hiperactivo, y cuyo córtex izquierdo no sólo parece insensible a los estímulos externos, sino incapaz de controlar los sentimientos negativos generados por la amígdala , un área profunda del cerebro cuyo función es enviar señales de temor cuando percibe situaciones de peligro o amenaza.
Claro que, dado que esa intrincadísima masa de neuronas que conforma nuestra central de inteligencia es extremadamente plástica y sensible a su entorno, cabe preguntarse si la predisposición a ver la cara positiva -o negativa- de la vida es un rasgo innato o la consecuencia de experiencias tempranas. De hecho, se sabe que el stress severo afecta el tamaño de las estructuras cerebrales, causa la muerte neuronal y afecta el número de conexiones sinápticas. Estudios realizados en animales de laboratorio indican que en esos momentos la hormona cortisol inunda el cerebro y que, cuando aquél es expuesto tempranamente a ella, sufre daños en el hipocampo , una región que regula el estado de ánimo y la memoria.
Desde este punto de vista, las emociones no serían más que un subproducto del parloteo neuroquímico que surge de esa masa gris y algo anodina que nos gobierna. Por eso no resulta extraño que, tal como asegura la sabiduría popular, frecuentemente "con la felicidad ocurre como con los relojes: los menos complicados son los que menos se estropean".






