
Aunque se desarrolló en épocas victorianas, las radiografías continúan siendo aliadas fundamentales para el odontólogo
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Lo esencial es invisible a los ojos del dentista que está examinando a un paciente. La odontología íntegra se transformó el día en que pudo ver lo invisible, cuando captó en imágenes expresivas lo que no puede apreciar ni el más clínico de los ojos.
Las primeras radiografías dentarias fueron tomadas en Alemania, en 1896, apenas un año después de las experiencias de Wilhelm Roentgen en la Universidad de Würzburg, y su descubrimiento de los rayos misteriosos ( x = incógnita ).
Serendipidad y amor
Podría decirse que todo comenzó con un acto de amor y con serendipidad (neologismo: feliz facultad de descubrir algo valioso que no es lo que se estaba buscando).
Por feliz azar, Roentgen descubrió los rayos X y la primera imagen interior que obtuvo, por amor, fue la de los huesos de la mano de su esposa, rodeado uno de los dedos por el círculo flotante del anillo de bodas. Un año después, el odontólogo norteamericano doctor Edmund Kells aplicó estos rayos para saber si era posible salvar un diente enfermo en vez de extraerlo sistemáticamente, como se venía haciendo desde siempre. Así lo cuenta Anthony Burgess en Para nada como el sol , su biografía novelada: "WS era tutor de unos niños nobles, de los que uno de un par de gemelos sufrió un tremendo dolor de muelas y la inmediata pregunta del bardo fue: ¿Y qué pasa con el sacamuelas del pueblo? Al día siguiente, el diente le fue extraído a Ralph".
Dolor y remedio iguales pasó el propio dramaturgo, según Burgess, e igual la mismísima reina, famosa también por sus golosinas y caries. Y así se siguió haciendo hasta que las radiografías concedieron acceso a una imaginería que, si no poética ni pictórica, sí muy práctica y conservadora.
Boca cortada en fetas
Valiéndose aun de los rayos X, la tecnología de las hoy populares tomografías se inició en 1914, cuando el médico polaco Carl Mayer pudo obtener una imagen del corazón (¿sería el de su amada?) libre de las entremetidas costillas.
Hacia 1974, otro dentista norteamericano, el doctor Robert Ledley, revolucionó la técnica con la ayuda de la computación y fue el primero en lograr una tomografía computada (TC) del cuerpo entero. La TC permite cortar tajadas de los maxilares y verlos en planos distintos al habitual. Además, se pueden volver a armar todas las fetas de mandíbulas y dientes, y obtener una imagen tridimensional de los huesos maxilares de una persona, peladitos, como los de Yorick en manos de Hamlet, pero con mejores condiciones de salud. Esta imaginería se ha tornado fundamental para la colocación de implantes dentarios y, de paso, sirvió a los antropólogos para lograr imágenes interiores de las momias sin tocarles un pelo o para reconstruir homínidos de un millón de años (Slavkin, 1998).
Con resonancia magnética, en cambio, se obtienen imágenes interiores muy similares a las de la TC, sin apelar a los rayos X. En odontología no tiene más utilidad que la de captar tumores de las partes blandas de la boca.
Con una forma rápida de la resonancia, se está estudiando el dolor de origen dentario. En 1995, Pratik Ghosh obtuvo imágenes tridimensionales de un molar y de sus capas, con resolución microscópica. Se espera lograr imágenes en movimiento de la mandíbula y de su articulación con el cráneo, sin apelar a los rayos X.
A través de los tejidos
Las muchísimas funciones de las radiografías de los dientes y maxilares responden a la pregunta de por qué el dentista pide series de ellas y hasta una radiografía panorámica. Por razones de sencillez, accesibilidad y costos, mantienen su lozanía y utilidad frente a las novedades, con un 68 por ciento de los exámenes. Increíble que hayan aparecido hacia fines de la época victoriana, cuando hasta la simple mención del cuerpo desnudo y de sus funciones era escandalosa. Como dice el doctor Harold Slavkin (1998), "la imaginería radiográfica pasó a constituir una metáfora de la visión del interior de la condición humana". En una breve enumeración parcial la utilidad estaría en: Descubrir focos infecciosos, posibles causantes de problemas de salud general.
Descubrir dientes y tumores dentarios o restos de raíces ocultos en los maxilares.
Descubrir las características ocultas del hueso (esponjoso, denso, escaso) y de las raíces dentarias (largas, cortas, torcidas, soldadas), sobre todo antes de una extracción. Y si, en medio de ella, se fracturara una raíz, los rayos X la descubrirían en el momento para que el dentista no ande al tanteo.
Descubrir enfermedades de las raíces dentarias (reabsorciones, quistes, cementomas).
Descubrir la naturaleza, cantidad y accesibilidad de los conductos donde se aloja el nervio, antes de proceder al tratamiento. Durante la endodoncia, permiten conocer cómo marcha.
Descubrir cuánto hueso se perdió en el caso de enfermedades de las encías o enfermedades periodontales (o piorrea ), porque, cuando los dientes comienzan a moverse y hasta un lego diagnostica el problema, a veces resulta imposible evitar la extracción.
Descubrir el estado de dientes golpeados en un accidente, sobre todo si se produjo una fractura de la raíz, no captable por el ojo desnudo.
Descubrir informaciones similares y muchas más en los niños. Por ejemplo, si se formaron los dientes permanentes, cómo están ubicados, si están formadas las raíces de los dientes nuevos, y más.
Descubrir la posible proximidad de referencias anatómicas importantes, como la cercanía del seno maxilar, las fosas nasales, el nervio dentario inferior y otras.
Descubrir la identidad de cadáveres, útil en odontología forense.
Este decálogo no alcanza a reflejar todo lo muy técnico e interesante que puede hallar un odontólogo en las radiografías. (Las mujeres de la afluente sociedad neoyorquina -según Tom Wolfe, Hoguera de vanidades - eran tan delgadas que parecían radiografías ambulantes, pero ni con ellas funciona el sistema del fósforo por detrás para verlas por transparencia.) Sin duda, hay razones más que sobradas para iniciar un tratamiento con una serie radiográfica y para repetirla cada dos o tres años, según el estado de cada boca, o cuando el médico pida una investigación de focos infecciosos ocultos.
Capaz así de ver lo oculto, el dentista, como el ciego y adivino Tiresias, "sólo sería capaz de ver merced a una cierta ceguera" (Pedro Laín Entralgo), pero no justo allí donde necesita las imágenes para bien de sus pacientes.





