
Frecuentemente se argumenta que la creatividad aparece en mayor grado cuando los individuos no pueden insertarse en su medio. El escritor y periodista científico norteamericano Gary Taubes, por ejemplo, sostiene que las personas que se adaptan armoniosamente a su comunidad carecen de la motivación que los impulse a crear algo realmente nuevo. En cambio, quienes no lo logran sienten una constante necesidad de probar su valía, tienen menos que perder y más que ganar.
Un recuento (poco riguroso, es cierto) parece confirmarlo: si se examinan de cerca las vidas de todo tipo de creadores, desde inventores hasta filósofos, abundan los individuos que alternan talentos desmesurados con manías inesperadas y conductas extrañísimas. Clifford Pickover estudia a un puñado de ellos en Mentes extrañas y genios, las vidas secretas de científicos excéntricos y locos (Plenum Publishing Corporation, 1998), una obra para el asombro.
Según Pickover, Nikola Tesla, el inventor austro-húngaro que desarrolló el motor de inducción y la corriente alterna, era un fanático de los múltiplos de tres: exigía a su camarera que todos los días le trajera 18 toallas, tomaba 18 servilletas cada vez que se sentaba a comer, contaba los pasos hasta su pieza y -mientras se hospedaba en varios hoteles de Nueva York- durante su vejez solía elegir piezas como la 207, que era divisible por tres. También sentía repulsión por los aros femeninos y por el contacto corporal.
Samuel Johnson, el escritor y lexicógrafo británico del siglo XVIII, que había deslumbrado a sus profesores de Oxford, y de quien se dijo que no hubo ningún estudiante de su genio y brillo intelectual, no podía pasar por una puerta sin efectuar extraños rituales; tenía terror de ciertas calles y pasajes, que evitaba puntillosamente, aunque tuviera que hacer un gran camino adicional, y era un hipocondríaco incurable.
El físico y químico Henry Cavendish, que determinó la composición del agua y del aire, y midió la densidad y masa de la Tierra, es considerado uno de los científicos más grandes de la historia. Raramente aparecía y hablaba en púbico, y se sentía aterrorizado por las relaciones sociales. Sólo se dirigía a su casera mediante notas escritas y la mayor parte del tiempo parecía un alienígena que no formaba parte de la raza humana.
Theodore Kaczynski, el Unabomber, considerado un genio de las matemáticas, publicó -siendo aún alumno, en Harvard- una serie de trabajos sorprendentes que sólo podían ser comprendidos por 10 o 12 personas de su país. Repentinamente, sin embargo, se recluyó en los bosques durante décadas. Fue acusado de haber asesinado a tres personas y herido a muchas otras.
¿Será, como decía Edgar Allan Poe, que la gloria de la inteligencia surge a expensas de -y no gracias a- la capacidad del pensamiento o, como afirmaba Aristóteles, que ningún gran genio es posible sin una pizca de locura?






