
Las célebres termas de Karlovy Vary, en la República Checa, atraen a miles de turistas
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KARLOVY VARY (República Checa).- No cuesta imaginar a Bernardo Bertolucci o a Claudia Cardinale caminando por estas calles, bebiendo agua mineral o bañándose en los manantiales. Esta ciudad tiene magia. Y una tradición de visitantes ilustres que -como todos los turistas desconocidos que hoy llegan desde distintos rincones del mundo- vinieron aquí buscando mejorar su salud. Kafka lo hizo en 1916 y el científico ruso I.P.Pavlov, en 1927. Se dice que Beethoven, Chopin, Bach y Paganini encontraron en las fuentes termales motivos de inspiración y que los más fanáticos fueron el escritor alemán Johan W. Goethe -que estuvo aquí 13 veces- Pedro el Grande y Carlos Marx.
Pero la ciudad es más antigua que todos ellos: fundada por el rey Carlos IV en 1370, adquirió fama mundial gracias a las propiedades curativas de sus aguas termominerales.
Bañeras y bebidas
Desde la Edad Media hasta finales del siglo XVI, la terapia se centraba únicamente en los baños, llamados Hautfresser (algo así como comedores de piel ), que duraban hasta 10 horas diarias y sólo conseguían lastimar la piel. Se creía que el agua eliminaba los organismos patógenos del cuerpo si la dermis del paciente adquiría ese grado extremo de irritación.
La cura de la bebida comenzó a usarse en el siglo XVII, cuando algunos visitantes llegaron a tomar hasta 70 copas por día, mientras otros pasaban largas jornadas en los puestos para gargarizar. Por suerte, la cordura llegó en el siglo XVIII, de la mano del doctor David Becher, que propuso una combinación de baños, agua bebida y actividad física.
En realidad, ése fue el siglo del auge de la hidroterapia. En Estados Unidos, el balneario Saratoga Springs recibía orgulloso a George Washington y Alexander Hamilton, mientras en Inglaterra, Jane Austen escribía: "¡Pero, cómo podría alguien cansarse de las aguas de Bath!" Desde la piorrea hasta la diabetes o los trastornos digestivos, las distintas afecciones fueron ganando protagonismo en los diferentes períodos de la historia de la ciudad. Alrededor de 1860, por ejemplo, Karlovy Vary se conocía como el sanatorio de los diabéticos .
Agua y magia
El Hervidero abastece actualmente todas las piscinas termales de la ciudad. Es el manantial más importante y su agua alcanza los 76ºC. Los 11 manantiales restantes sólo se utilizan para beber y tienen temperaturas de entre 38 y 63ºC. Aunque la estructura de todos ellos es similar, varía la cantidad de CO2 y el pH de sus aguas, lo que implica que los médicos de hoy en día deben analizar las indicaciones concretas de cada fuente, según el estado de salud de cada paciente en particular. En lujosos hoteles balnearios, se pueden realizar baños de agua mineral, de carbono, de azufre, de yodo, masajes y terapias en las que se utilizan desde el oxígeno hasta la parafina.
Pero lo más llamativo de esta ciudad es caminar por sus calles y toparse -a cada paso- con alguna fuente de la que todos beben, utilizando unas originales copas, cuyas asas tienen forma de sifón y están decoradas con motivos científicos. El perfil de los visitantes ha ido cambiando: antes, había quienes buscaban curar la piorrea; hoy, muchos anhelan combatir el stress.
De todos modos, Karlovy Vary conserva la magia de otros tiempos, y uno podría imaginarse el día en que Giacomo Casanova realizaba una consulta médica junto al Manantial del Molino.
O la tarde en que Leon Tolstoi contemplaba el pacífico paisaje desde la Colina de la Amistad.
Cartas de bañistas
Goethe visitó Karlovy Vary por primera vez en 1795 y escribió entonces a un amigo: "Volveré siempre que pueda. Este lugar cambió mi existencia". En su homenaje se ha construido un busto y también hay un sendero que lleva su nombre.
Fascinado por la ciudad y sus aguas, regresó otras doce veces y, según parece, le fue mucho mejor que a Thomas Jefferson en un balneario de Virginia. Como consta en Historia de la medicina (Sutclife-Duin) el principal redactor de la Declaración de la independencia norteamericana "después de haber permanecido en las aguas durante dos horas, en lugar de los quince minutos que le habían recomendado, escribió a un amigo suyo que había salido tan perjudicado que nunca más volvería a recuperarse del todo".






